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-=Descubrimientos Casuales=-

Un corte muy explosivo

Una tarde de 1875, Alfred Nobel, descubridor de la dinamita, se hizo un corte en el dedo con un trozo de cristal. Para frenar la hemorragia, se aplicó en la herida colodión, una solución viscosa de nitrato de celulosa en éter y alcohol. Incapaz de dormir esa noche por el dolor, Nobel empezó a meditar un problema que desde hacía tiempo le rondaba por la cabeza: cómo combinar nitrocelulosa y nitroglicerina para producir un explosivo más potente que ambos por separado pero tan seguro como la dinamita. El sueco había experimentado con algodón de pólvora –celulosa altamente nitrada- y hasta entonces había sido incapaz de combinarlo con la nitroglicerina. La solución estaba en su dedo dolorido, concretamente en el colodión. El padre de los premios pensó en que un menor grado de nitratación, como el que llevaba el apósito, permitiría mezclar la nitroglicerina con la nitrocelulosa. A la mañana siguiente, fabricó el nuevo explosivo.

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Sacando colorcillo a la ropa

Durante unas vacaciones de Semana Santa, el estudiante de 18 años William Henry Perkin (1838-1907) decidió fabricar en su laboratorio casero quinina –el único fármaco efectivo contra la malaria- de forma artificial. En un primer intento utilizó como material de partida toluidina, un derivado del alquitrán. En lugar del producto esperado obtuvo un lodo pardorrojizo que tiró por le fregadero. Pero no se dio por vencido y decidió intentarlo con un material más simple, la anilina. Al final del experimento tampoco apareció la quinina, sino un decepcionante sólido de color negro. Pero al examinarlo antes de tirarlo, Perkin notó que el agua o el alcohol usado para lavar el frasco se volvía púrpura. Sin quererlo, el joven había elaborado el primer tinte sintético, que llamó malva.

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Un viaje alucinante

La dietilamida del ácido lisergénico o LSD es una sustancia alucinógena descubierta por casualidad por Albert Hofmann, en 1938. Este químico suizo estaba estudiando el ácido lisergénico, sustancia producida por un hongo llamado cornezuelo del centeno, y otros compuestos relacionados con él, con la intención de encontrar un fármaco contra la migraña. En el laboratorio, acopló sintéticamente el grupo de la dietilamida al ácido lisergénico. Al nuevo compuesto lo bautizó como LSD 25. El 16 de abril, se vio obligado a dejar el trabajo debido a que experimentó unas sensaciones extrañas; al volver a casa se acostó y empezó a sentir alucinaciones extraordinarias. Al día siguiente despertó con sensación de fatiga, aunque, por lo demás, normal. Cuando volvió al laboratorio, consideró las sustancias que había sintetizado y llegó a la conclusión de que había absorbido a través de la piel una pequeña cantidad de LSD 25. Para confirmar su sospecha, tomó por vía bucal la que supuso dosis mínima, pues ignoraba que era mil veces más potente que el mescal; es decir, que ingirió una cantidad varias veces mayor que la máxima. Al poco tiempo, Hofmann experimentó intensas sensaciones de inquietud y desesperación, pérdida del sentido del tiempo y otras alteraciones que le aterraron.

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Para morirse de risa.

Poco después de que Joseph Priestley descubriera el óxido nitroso, los científicos se percataron de que este gas no era tóxico, pero producía unos efectos insólitos cuando era inhalado: las personas se alteraban y se ponían a cantar, pelear y, sobre todo, reír. De ahí que fuera bautizado como gas hilarante. Éste se puso de moda en las fiestas a uno y otro lado del Atlántico. El azar tomó cartas en este asunto gaseoso en 1844, durante un espectáculo con óxido nitroso que organizaba el profesor Gardner Colton, en Hardford (Conneticut). Casualmente, en la atracción se hallaba un joven llamado Samuel Cooley y su amigo Horacio Wells, un dentista. Colton pidió voluntarios para inhalar el gas. Cooley no se lo pensó dos veces. Después de aspirarlo, el joven se puso violento, provocó una pelea y cayó accidentalmente. El golpe lo calmó y se sentó tranquilamente junto a Wells. Al cabo de un rato, éste noto un charco de sangre bajo la silla de su amigo. Al seguir su rastro, se encontró con que venía de un corte profundo en la pierna de Cooley. El dentista pronto se percató del significado del suceso; poco después, llamó a un colega de profesión y le pidió que le extrajera una muela picada bajo los efectos del gas de la risa. La carrera hacia los anestésicos había dado el pistoletazo de salida.

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Excrementos de paloma en el Bing Bang

En 1964, Robert Wilson y Arno Penzias, científicos de los laboratorios Bell, en Holmed (Nueva Jersey), modificaron una antena de radio que había sido utilizada para recibir señales de los primeros satélites de comunicación con el propósito de estudiar las señales de radio procedentes del espacio exterior. Tras hacer los ajustes pertinentes, se encontraron con que la antena recibía un ruido de radiación residual comparable a la estática de la radio. En un principio creyeron que se debía a los excrementos de las palomas, que definieron como una “sustancia blanquecina dieléctrica”. Pero, tras retirar las caquitas, quedaba aún un ruido que fueron incapaces de eliminar. Comentaron el problema con James Puebles, astrofísico de la Universidad de Princeton, que acababa de publicar un artículo sobre el Bing-Bang, la teoría que explica el origen del universo. Los tres llegaron a una conclusión: el ruido detectado por la antena era la radiación remanente de la explosión primitiva del Big-Bang.

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Para que los huevos no se adhieran a la sartén

A principios de los años 30 del siglo pasado, un investigador de Du Pont, llamado Roy Plunkett, descubría un nuevo refrigerante sintetizado por la reacción del tetrafluroetileno (TFE) con el ácido clorhídrico. Para avanzar en sus experimentos, Plunkett almacenó en unos cilindros a presión 45 kilos de TFE y los sumergió en hielo seco. En la mañana del 6 de abril de 1938, él y su ayudante conectaron uno de los recipientes con TFE al aparato de reacción para seguir su procedimiento estándar de mezcla con ácido clorhídrico, pero en aquella ocasión no salió nada del cilindro. El gas seguía dentro y nada parecía fallar en la válvula. Al abrirlo, Plunkett se encontró con que sus paredes interiores estaban cubiertas con una capa blanca lisa y cerosa. Se trataba del politetrafluoretileno (PTFE), que la compañía Du Pont registró con el nombre de teflón.

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Una mancha que se come bacterias

En 1928, una placa de cultivo donde Alexander Fleming observaba el crecimiento de las bacterias se había contaminado por accidente con esporas del moho Penicillium notatum. Estas quizás llegaron hasta allí flotando por el aire desde el laboratorio existente dos pisos inferiores del hospital Santa María de Londres, donde científicos investigaban alergias realizando experimentos con estos hongos microscópicos. Probablemente, Fleming dejó en la mesa de trabajo un cultivo de bacterias, en una habitación carente de calefacción, mientras pasaba unas vacaciones de tres semanas. La temperatura en el recinto era lo suficientemente fría como para permitir el crecimiento del moho y, a la vez, lo suficientemente calurosa como para hacer crecer la bacteria. A su vuelta, Fleming observó que los agentes bacterianos que se hallaban cerca del moho habían muerto. Evidentemente, una potente sustancia antibiótica, que el llamó penicilina, se había ido extendiendo desde el moho.

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¿Al rayo?, una X

Wilhelm Honrad Roentgen (1845-1923), físico alemán, estaba interesado por los rayos catódicos y la luminiscencia que irradiaba uno de los dos alambres que se hallaba aislado al vacío, dentro de un tubo de vidrio Crookes, y bajo la tensión de un voltaje. Durante la tarde del 8 de noviembre de 1895, mientras estaba trabajando solo en su laboratorio del Instituto de Física de Munich, tas dejarlo a oscuras, protegiendo el tubo Croques con una cartulina negra como pantalla protectora contra la luz que emitía, se sorprendió al descubrir que, cuando conectaba la corriente, se iluminaba simultáneamente un pequeño objeto sobre su mesa de trabajo, muy parecido al efecto de una nube de color verde pálido. Pensó que sería debido a una fisura de su blindaje de cartón, encendió una cerilla y vio que el objeto era una pequeña pantalla de cartulina fluorescente que había recubierto con cianuro platinado de bario. El tubo estaba produciendo algo más que rayos catódicos, pues éstos no viajan por el aire más de tres centímetros. Roentgen dedujo que se trataba de una radiación y, como desconocía su origen, la denominó X.

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Las perrerías que soportó Neptuno

A principios del siglo XX, el doctor Charles Richet, catedrático de fisiología de la Universidad de París, efectuaba investigaciones con el veneno de los tentáculos de la actinia, una anémona marina común en las costas rocosas del litoral europeo. Su propósito era determinar la dosis tóxica necesaria para matar un perro. Un día administró a uno llamado Neptuno una segunda dosis, equivalente a la décima parte de la dosis letal. Con asombro de Richet, el animal cayó patas arriba y murió al cabo de unos minutos. De algún modo, la primera inyección había hecho a Neptuno extraordinariamente sensible al veneno. El médico francés dio al fenómeno el nombre de anafiliaxis, o sea, supresión o pérdida de la protección. Richet había descubierto el principio fundamental de las alergias.

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Arqueología accidental

1709.- Un agricultor descubre las ciudades sepultadas de Pompeya y Herculiano.

1857.- Unos obreros encuentran en una cueva de Neandertal (Alemania) los restos del llamado hombre de Neandertal (Homo neanderthalensis).
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