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<<Sexo internacional>>

Nunca me había imaginado que compartir piso con dos hijos de puta como mis compañeros pudiera resultar tan placentero. Carlos y José, aquellos dos mexicanos, me traían de cabeza. Acababa de aterrizar en Bruselas cuando les conocí. Iba a pasar el año estudiando en la universidad y me dirigí a la oficina de estudiantes para que me diesen información sobre el alquiler de apartamentos, etc. Al llegar allí me encontré a Carlos y José, y precisamente estaban buscando a un compañero de piso con el que compartir su apartamento.

En seguida entablamos conversación. Me dijeron de ir a un café cercano para charlar mientras tomábamos algo y así decidían si me dejaban quedarme con la habitación que tenían vacía en su apartamento. Estuvimos hablando un poco sobre cómo era su vida en el DF y de cómo era la mía en Madrid. En ningún momento les comenté nada a cerca de mi orientación sexual, pero sin duda debía hacerlo si quería convivir con ellos. No quería que se llevaran sorpresas. Ni yo tampoco, claro está.

La conversación continuaba como si tal cosa. Y así, sin más, lo solté.

—Una cosa. Soy gay. ¿Tenéis algún problema con eso?

Vi como su expresión se volvía tensa. Me miraron con los ojos muy abiertos y después se miraron entre ellos. Un nudo se hizo en mi estómago. Realmente me apetecía irme a vivir con aquellos dos chavales, pero suponía que sus prejuicios no me lo permitirían.

—¿Eres puto? —me dijo Carlos en tono jocoso.

—No. Soy gay —admití con franqueza.

—No mames —continuó—. ¿Y ahora qué quieres que hagamos? Nos dices eso y ya, te quedas tan tranquilo.

—No lo se —me encogí de hombros—. Me apetece compartir piso con vosotros, pero ante todo quería ser sincero. Puede que no os guste compartir piso con un homosexual.

—Mierda —habló José—. ¿Pero por qué? ¿Por qué no te gustan las muchachas? Lo hubiéramos pasado en grande —dijo en pretérito, lo que supuse que sería una negativa por su parte y una enemistad en lo que quedaba de año. Conocía a algunos chicos sudaméricanos y solían ser bastante cerrados con esas cosas.

—Bueno. Entonces no hay nada más que hablar —dije serio. Me levanté de la silla, puse sobre la mesa unos cuantos euros y les extendía la mano—. Encantado de conoceros. —Ambos me estrecharon la mano. Estaban mudos y me estudiaban como a un bicho raro—. Hasta la próxima —me despedí. Me eché la mochila al hombro y salí del local.

Caminaba calle arriba cuando oí que alguien gritaba mi nombre.

—Hey, espérese hombre —decía José—. Aún no le hemos dicho nada. —Me detuve y me di la vuelta. Él llegó hasta mí y sonrió—. Supongo que ustedes los europeos son más abiertos que nosotros con ese tipo de menesteres. Pero creo que podríamos convivir bien siempre y cuando tus gustos por los muchachos no tengan que ver nada con nosotros.

—¿Estáis seguros? —le pregunté una vez más.

—Claro. Nos caíste bien.

—No lo sé —declaré—. No estoy seguro de que esto vaya a funcionar.


Pero, finalmente, aquel fue el principio de mi convivencia con aquellos dos mexicanos de 22 y 23 años. Carlos era menudo y tenía un cuerpo bastante compacto, sin estar muy musculoso, pero me gustaba mucho su cuerpo. En sus vaqueros se marcaba un culo bien redondito. Mientras que José era muy alto y ancho, con un pecho increíblemente grande en el que crecía un profuso vello negro y rizado. Tampoco marcaba sus músculos demasiado, pero el tipo estaba muy bueno. Aún así prefería no mirarles de un modo sexual. Sabía bien que cualquier mirada que ellos malinterpretaran sería suficiente para provocar alguna que otra discusión.

Pero fuera de lo que me esperaba todo parecía ir sobre ruedas. Una noche había salido de fiesta con otra gente mientras que ellos habían quedado con unas muchachas. A mí se me dio la caza mejor que a ellos. Era la primera semana y Bruselas, a pesar de ser una ciudad bastante aburrida, estaba llena de turistas y tíos cachondos con ganas de fiesta. Como botín me había llevado a dos ingleses bastante borrachos a casa, dispuestos a follarme como auténticos bestias.

Los dos eran blanquitos de piel, entre rubios y pelirrojos, con las mejillas coloradas a causa del alcohol. Para mi gusto estaban potentes. No me gustan los chicos con cuerpos de gimnasio. Prefiero los tíos de complexión natural. Si eres delgado eres delgado, si eres gordito, eres gordito y punto. Y si tu complexión es de estar cañón, también me vale. El caso es que ambos eran altos. Rondarían los 26 o 27 años. A ambos se les marcaba una tímida barriguita bajo sus polos de rayas y eso me ponía bastante cerdo. Necesitaba una buena follada con unos tíos corrientes y molientes.

Entre en casa y vi la luz de la habitación de Carlos encendida, con la puerta abierta. Éste estaba apoyado en el marco y miraba a José, que estaba en la cocina, justo en frente. Ambos bebían cerveza y charlaban animadamente.

—Buenas noches —saludé. Ellos se me quedaron mirando con los ojos muy abiertos. No se esperaban que llevara compañía—. ¡Ehms…! —carraspeé—. Espero que no os importe que haya traído compañía.

—No, no. Adelante —dijo en seguida José, dando unos pasos hacia nosotros y animándonos a entrar—. ¡Hi, men! ¡I’m Jose!

Los chicos saludaron a mis compañeros y les indiqué mi habitación. Se despidieron y entraron, dejándome sólo en el pasillo con mis amigos.

—¡Ay, putito! Se te dio mejor la noche que a nosotros —se lamentó Carlos.

—¿De verdad que no os importa? —insistí.

—Y dos por el precio de uno —continuó José—. Te lo montas a lo grande, cabrón —me dio un golpecito en el hombro—. Lástima que no te gusten las muchachas…

—Vamos, apúrale —me empujó Carlos—. Te están esperando.

—Gracias —acerté a decir, algo contrariado por su reacción.

Entré en mi habitación y cerré la puerta detrás de mí. En la cama, semitumbados estaban los dos amigos ingleses. Me miraban expectantes. Me acerqué a ellos, hinqué mis rodillas en la cama y me acerqué al que parecía mayor, pues su barba de varios días le daba un aspecto más rudo y masculino. Comencé a morrearle con intensidad, intercambiando gran cantidad de saliva. Mientras, el otro chico me sobaba el culo con fruición.

Fui intercalando la boca de uno y otro, y pronto empezamos a deshacernos de la ropa. Cuando quise darme cuenta tenía frente a mí a dos fornidos hoolligans con tan sólo unos slips ajustados a su ancha cintura, sobre los que reposaban sus blancas barrigas peludas. Pero lo mejor estaba dentro de esta prenda, pues unas gruesas y suculentas pollas esperaban allí a ser liberadas.

Tardé poco en dejarlas escapar, apareciendo ante mí dos trozos de carne inmensos. Nunca pensé que el clima de la Gran Bretaña diera aquellos miembros de ciencia ficción. El que parecía mayor hacía honor a su aspecto y tenía un cipote que me costaría bastante enterrar en mi culo, a pesar de que yo estaba ya curtido en esos menesteres. Mientras que el otro, algo más normal, no dejaba de marcar una buena talla. El mayor me cogió con brusquedad de la nuca y me obligó a comerme su grueso rabo hasta tocarle los cojones con la lengua. ¡Qué hijo de puta! Me ponía a mil que me tratara así. Mientras, el otro, ni corto ni perezoso, había dejado al descubierto el agujero de mi culo peludo y se entretenía abriéndomelo con dos de sus dedos. Todo ello sin ninguna delicadeza, lo que hacía que mi polla estuviera dura como la piedra. Si seguía así y con lo cachondo que yo estaba, tenía que currárselo muy poco para que acabara con todo su puño dentro de mí. Me ponían los tíos burros y no me había equivocado en lo más mínimo al haberme llevado a aquellos dos a casa.

Mis compañías en el último año habían tenido una muy mala influencia en mí, porque me había convertido en un adicto al sexo duro de los que hacen historia. A esas alturas ya no hacía ascos a casi ninguna práctica sexual y, la verdad, para empezar de una manera suave, follarme a esos dos ingleses no estaba nada mal. Ya tendría tiempo de intensificar mis sesiones. Además, no podía olvidar el no molestar a mis compañeros de piso.

Sin darme apenas cuenta acabé intentando tragarme las dos pollas a la vez. Agarraba al tío mayor de sus tetas gordas y peludas mientras me clavaba una y otra vez su descomunal cipote hasta la campanilla. Tenía el pecho cubierto por una mata de ralo vello pelirrojo y dos pezoncillos rosados que no dudaba en pellizcarle.

Entre ellos ni se tocaban, cosa que no me importaba lo más mínimo. Les quería sólo para mí. Así que le pedí al mayor que me follara a tope y obedeció como un buen chico. Me echó un buen salivazo en el ojete y me metió su trozo de carne sin ninguna piedad, haciéndome gritar de lo lindo, pues mi esfínter tuvo que dilatarse con brusquedad, lo que me provoco un dolor inaudito. De un solo empellón me metió la mitad en el culo, pues, como ya he dicho, tengo bastante experiencia en meterme cosas grandes por detrás. El tío parecía flipar al ver mi facilidad y mis ganas de ser follado. Llevaba ya una semana sin sexo y mis ansias estaban a flor de piel.

El cabrón era un amante de puta madre, porque me estuvo bombeando el culo durante veinte minutos, cambiándome a cada poco de postura, metiéndomela hasta el fondo. Sentía una quemazón indescriptible en mi agujero. Aquel inglés me estaba jodiendo a base de bien. Después llegó el turno de su amigo, que me folló durante otro buen rato. Así hasta tres veces se turnaron, sin correrse en ninguna de ellas.

Finalmente, le pedí al tío mayor que me echara toda su leche en el culo. Por supuesto, me los estaba follando a pelo, que era lo que más morbo me daba de la situación, así que dejaría su semillita en lo más profundo de mí. Así lo hizo. Descargó unos poderosos chorros en mis entrañas y me inundó por completo. A continuación pedí a su amigo que hiciera lo mismo. Me saqué la ...
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