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××Un silencio crepuscular××


Desde una loma se descubría un pueblecillo, batido por los vientos y árido, sin el brillo de plata que antes regaba el valle y hoy formaba una charca, encaramándose en el altozano San Gilles, un viejo monasterio que servía de hospital de caridad. Quien quisiera contemplar el camino desde aquel elevado pabellón, podría ver las dos sendas que dirigían al pueblo con el aplomo de los transeúntes y carretas de mercaderes, obligados a detenerse por el paso de un cabrero con sus doscientas cabezas que le acompañaban, arrumbando los senderos de piedra, los arbustos e incluso la charca, que en su día fue un inmenso río, en un estruendo de voces y un estridente balar. Porque de lo demás, mejor ni detenerse. Las viviendas, sumidas en la sombra, se agrupaban entre ellas y un ligero matorral que partía de un pozo y de cuyo brocal, la gente del pueblo miraba más atento al cielo que a los viajeros. Y sin nombres, las calles parecían abrazarles más que de un modo amistoso con una desidia, pobre y miserable, como sus olmos viejos, de los que nadie recordaría su edad, encaramados en el centro de la plaza. La iglesia era el refugio, el mentidero, un lugar de encuentro. Y un testigo mudo, la veleta del campanario, de la que hacía tiempo que perdió su punta de flecha, junto al canto agradable de un mirlo y de otras mil avecillas.

Pero, austera por la mañana, se engalanaba del brillo de faroles y antorchas, por los físicos, frailes mendicantes y hasta de los viejos juglares que deambulaban por sus estrechas callecitas, e incluso por el dorado friso de las leyendas y canciones. Decían que en las crudas noches, bañadas por la plateada luna y el lamento de un búho retozón, podía verse el donaire de una dama, un hada fantasmal, perdida entre los pardos caseríos asentados a los pies del cerro seco y lozano. Un lugar de recreo para los señores, el descanso del guerrero, cuando los calores apretasen en las ciudades más cercanas y las hiciesen insalubres. Más señorial que guerrero, más principesco que cortesano, abades, príncipes y nobles, lo hicieron algún día lujoso y refinado.

El pueblo que se abría de pronto, entre perplejo e indiferente, seguiría entonces sus mismas idas y venidas, su mismo bullicio de las calles, su misma inquietud de las almas. Los mismos saludos, al pasar por delante de cualquiera, en cualquier lugar; comitándole con su apodo, algún gesto amistoso o la ligera inclinación de la cabeza, y lo mismo que hacían entre ellos, sucedía también con el que fuera el más pintoresco de sus vecinos. Más allá del plantel enorme de callejuelas estrechas y tortuosas, en donde la protección de San Giovanni, tuvo que ceder a su nuevo patrón.

Hoy, quizás, sólo San Gilles destacase en esa maraña de torres bajas y caseríos perdidos, aferrándose a la colina que pisaban como queriendo alcanzar la cima. En su día, un centro rudimentario como otros muchos que frecuentaban las rutas de romeraje, para cuyas atenciones se levantó a su vera el pueblecillo que llamaban Landes, fiel a los gustos cinegéticos de los señores florentinos, por aquellos montes que le rodeaban, e incluso de posada para sus príncipes. Pero por sus pasillos corría a placer la propia turba del pueblo, con más guarda que la de un perrazo y más moradores que unos enfermos como si su única suerte fuese la de contemplar a San Roque expandiendo su santidad por esos muros, como a Apolonia con su mal, o a los locos, venerando las fiestas de su patrón.

Abarcaba tanto su alto frente que dejaba helado a quienes dirigiesen la mirada a lo divino. Una sombra se escurría a esas horas, delante de la cancela que rodeaba la capilla, con las puertas de bronce apocadas a las liturgias que de tarde en tarde las descubría. Su mirada aparecía perdida, vaga, en realidad, indiferente a las tareas de mayordomo de la catedral, pero sus pies mancillaban el lugar sacro, como cada mañana, y en su boca, una sonata, le distraía del apego de esos muros. Descorría, al fin, la cortinilla de damasco azul y algo repentino le impedía el saludo, infaliblemente a diario, al fijarse sus vidriosos ojos en la cabeza que caía sobre una amplia casulla Se le quebró la voz con un gesto apocado y temeroso. Corrió, de pronto, colérico, sintiendo el atino que le producía esa visión atroz, quedando abrumado y estupefacto

Mientras esto sucedía, la providencia parecía designarles para que dos frailes, hermanos de la misma orden en lugares lejanos, acudieran al monasterio a una cita. Fessepinte, de oficio cirujano, era un grueso fraile que se había hecho famoso tanto por su buen criterio y habilidad, como su enorme apetito, por lo que siempre se vio obligado a contar con la ayuda de otras personas. En este caso de su joven aprendiz y amigo, Olso, un huérfano a quien se le fue encomendado y con más imaginación y empeño que sentido común. Habían viajado cientos de millas, en compañía de una caravana de mercaderes, que hacía del traqueteo terrible y el viento ululante una amenaza a un sueño, de por sí intranquilo. Mientras que el sudor frío se deslizaba empapando aquel pequeño hueco en que intentaba acomodarse. Una noche estuvieron viajando, sorteando una suerte de puentes y veredas, hasta que con el primer despunte del alba, ya próximas las techumbres y los lindos cielos que dejasen bien brillantes las ásperas lomas del pueblo.

Sería por obra y gracia de la providencia o fruto del azar, pero allí se vieron, un sagaz Fessepinte y su joven compañero, a quienes les instalaron en la botica, frente al patio, en cuyo centro se erigía orgulloso un templete, que alcanzaba incluso al goce de un ciego, con los aromas de las florecillas y el correr de las aguas de una fuente, que las regaba, junto a la huerta de toxina, en donde el especiero recogía las plantas para medicinas.

El reducido espacio de la sala aparecía abigarrado con dos paredes recubiertas con estanterías, bañadas en panes de oro, con una hornacina, en la que se guardaba a San Pedro, y dos mostradores de madera y mármol. Retortas, frascos y almireces descansaban en mesas y rincones, junto a trabajos en cerámica, piedra, marfil, madera y bronce, de aquel inventario de morteros, orzas, crisoles, albarelos y tarros con ungüentos, mientras que en un horno encendido ardía una infusión, que recogía una redoma. Botamen del que hacía gala, como escaparate de los doctos entendidos en cirugía, con algunos frascos tan viejos que se remontaban a los años de su fundación.

Fessepinte, entre tanto, no tardó en colocar sobre un alto alambique los estuches con herramientas y agujas para coser llagas, cerca de la parihuela en donde el hermano Ruimigo esperaban ensalmado el momento en que el cirujano iniciara la anatomía. Palpó suavemente el cuerpo, sintiendo como sus dedos gruesos los iba rozando, comprimiendo cada tramo de su piel, con el largo índice incidiendo en la cicatriz del pecho y los bordes rojizos del estómago, que a pesar del buen trabajo del ensalmador, se deshacía al tocarlo. Se le cayó un dedo, se le desprendieron uñas y cabellos, y los brazos y los muslos. Tan atentos estaban que ante tal horrible espectáculo sólo bastó el grito de alguien, para que a Olso le diera un vuelco al corazón y un fuerte espasmo.

Rebusco entre los restos del fraile hecho trizas, tomando un palo en una mano y una telilla, en la otra, para evadirse de los corruptos efluvios. Se volvió atrás y condujo su mirada a lo largo de unos anaqueles que cubrían las estanterías de las paredes. Anduvo unos pasos, hasta revisar cada uno de los frascos y otros trastos que cubrían los estantes, vigilante, ya sin el trapo que pretendía ventilar sus fosas nasales y sin el palo que le servía para acercarse a los cuerpos tendidos. El pesado cuerpo del cirujano vagó por la habitación, temblando los tablones del suelo, hasta que sus manos siguiesen rebuscando entre los estantes y sus gruesos dedos alcanzasen un frasquillo pequeño.

El primero de ellos fue ensartado por arma y muerto por sus heridas, mientras que en el otro, el motivo fue bien distinto. Fíjate bien, en esta experiencia, mi querido Olso.

Sajó los restos de carne que quedaba del cadáver y lo fue introduciendo en vasos vidriados, pero con el contacto de las entrañas ensalmadas, estos reventaron de inmediato.

¿Por qué? Continuó diciendo.
Por la fuerza de esta carne ensalmada encerrada, que los han hecho reventar.
Pero, entonces, ¿a qué se debe esta suerte de corruptela del cadáver?.

Aquí, el joven aprendiz le respondió que la causa no era otra que una mala operación de ensalmado, debido a que la introducción en sal no fue el acto adecuado, sino en cal y en bálsamos, para luego fajársele entero su cuerpo.

La fuerza del ensalmado hizo reventar los vasos, cierto; entonces, el ensalmado era excelente, como se observa en el día que el cadáver ha quedado intacto. Por tanto, la causa de la corrupción es la misma que la de su muerte: fue envenenado. Es más, la misma gangrena que presenta su bajo vientre apoya esta justa conclusión. La dificultad estriba, ahora, en saber qué veneno fue empleado.

Existían dos maneras para justificar un envenenamiento, debido a circunstancias médicas y la que daba fama a los sucesos de bandos y camarillas, que poblaban la historia de los poderosos. Como las muertes colectivas acaecidas por epidemias o guerras nada tenían que ver con las individuales, que incluso, exigían de explicaciones más profundas y complejas; la muerte de un individuo que pertenecía al estamento del clero era muy distinta a la de un pobre, un criado o un hombre de pueblo.

¿Qué conoces del opio?.
Se obtiene de la adormidera, de un corte dado a la cabeza de la planta y tras recogerse el licor que se desprende de ella. Sus aplicaciones son múltiples, detención del flujo intestinal y uterino, inhibición del flujo bronquial, aunque sobre todo es usado como somnífero.
Brillante, mi querido Olso, resulta esperanzador cómo los textos sirven para algo más que engalanar bibliotecas. Pero no es ésta la que buscamos.

A parte de los licores que sofocaban ...


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