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++La silueta amiga++



Era un barrio como muchos, aburrido y tranquilo…. típico, igual a todos; excepto por una personita, diferente por sus acciones y llamativo por la falta de ellas.
Era un pibe llamado Martín, pero todos lo llamaban “chicho” debido a los chichones que siempre tenía en su cabeza, producto de los abusos constantes de todos los amigos de su edad.

Sus padres sentían responsabilidad por los maltratos. Pero igual lo obligaban a salir a jugar. Querían que a toda costa se integrara a la sociedad de algún modo, pero esto nunca ocurría.

Su condición oscilaba entre autista y sordo. No sabían cual de las dos era, ya que en ciertas ocasiones lo escuchaban hablar y reír solo, siempre cuando estaba solo. Sordo tampoco podía ser, ya que si le hablaban o le pedían que haga algo, lo hacía sin ningún tipo de retraso ni dificultad en cualquier área, aunque la presencia de alguien bastaba para bloquearlo…solo actuaba en soledad.
Cumplidos los cinco años, sus padres seguían sin darle mayor importancia al asunto. Pero a esa edad comenzaron los verdaderos problemas, ya que fue ahí cuando, a la fuerza, lo introdujeron al mundo exterior.
El chicho volvía a casa luego de unas horas de “juego”, se iba al baño, se lavaba la cara, se quitaba el barro y la sangre que le salía, por lo general, de la nariz y se sentaba frente al televisor.
El “tele” estaba en el living, a la izquierda de una gran ventana que daba a la calle, y a la derecha de la puerta que daba al pasillo que conducía a las habitaciones de la familia. El era hijo único, y por más intentos que sus padres hacían, no podían cambiar esto.
Pasaba horas frente al tele… ansioso… esperando. La madre nunca entendió -¿por que tanta espera?,-¿no podes encender la tele vos solo?- murmuraba malhumorada...
En fin, a veces pasaba largísimo tiempo frente al televisor apagado, hasta que su mami se lo prendía.
Igual nunca prestaba atención a la programación. A veces miraba toda la tarde un canal sin sintonía. Sus malditos vecinos se mofaban y le tiraban piedras gritando toda serie de rimas malvadas al verlo en transe toda la tarde.
Llegaba la noche, el padre cerraba el ventanal y se disponían a dormir.
Esas horas siguientes eran las que estaba esperando todo el día, así que, al ver a su pobre hijo desquiciado llenársele la cara de alegría, no tenía el corazón para obligarlo a ir a dormir. Entonces apagaba todas las luces. Le decía que no se quede mucho tiempo despierto. Cerraba la puerta del pasillo dejando su luz encendida toda la noche, como de costumbre.
Al chicho solo lo iluminada el televisor y la luz que se escurría desde la parte inferior de la puerta del pasillo.
Esas eran las horas que más le gustaban, ya que era ahí cuando ocurría… el haz de luz que se filtraba por debajo de la puerta alumbraba a dos sillones que se encontraban a su izquierda. En uno de ellos se dibujaba lo que pareciese la silueta de una persona, una chica de su misma edad. Él bien sabía que no era más que un efecto que daba la sombra de alguna que otra cosa; pero así y todo, le hablaba y la consideraba como su protectora y confidente. Solo con ella podía hablar, a diferencia de las personas reales, pensaba que le entendía. Era su amiga imaginaria, solo que de a poco se fue olvidando de que no era real.
Le hablaba, le contaba sus cosas, le pedía consejos. Él mismo cuestionaba y contestaba sus preguntas y se reía de sus propios chistes, solo que le gustaba imaginar que tenía alguien al lado.
Su imaginación fue ganando espacio en su cerebro. Cada vez se alejaba más de la realidad. Cada vez se adentraba más en sus trances, no había nada ni nadie que pudiese sacarlo de ahí.
No quería vivir en el mundo real, prefería el que su amiga le describía con sumo detalle.
En fin… pasaron los años y fue creciendo. Gracias a los abusos constantes de sus vecinos, ya adolescentes, se fue fortaleciendo tanto por dentro como por fuera.
En su mente siempre siguió siendo un chico asustadizo, acompañado solo por su amiga, que, por alguna razón, solo podía ver en el living, frente al tele… y cuando estaba oscuro.
Los padres, envejecidos más de lo debido por la carga de semejante hijo, se dieron por vencidos. Trataron con psiquiatras y drogas… todos tiraron la toalla.
Hubo un lapso de tiempo en el que él intento, de verdad intento, ser un pibe normal. Pero no solo sus “amigos” lo asustaban, sino que también empezaron a suceder una serie de desapariciones y diferentes homicidios en el barrio. Cosa que le dio pavor al fuerte, y a la vez frágil… Chicho.
Optó por ignorar el mundo exterior por completo… solo que, a diferencia de antes, si alguien intentaba al menos desenchufarlo de su mundo, se ponía violento, muy violento.
Ya nadie podía entrar al living. Solo estaba el, sumido en risas, charlas y secretos, dentro de la más absoluta oscuridad, siempre con el reflejo que le proyectaba a su amiga.
Los padres aceptaron la demencia de su hijo. No por gusto, sino porque era muy fuerte y si intentaban entrar y conversar con el, los echaba a golpes y gritos.
Así que, así era su casa: carcajadas y gritos de fiesta en una habitación, llantos y gritos de impotencia en la otra.
Un olor hediendo empezó a aflorar, cada vez peor. Antes solo se sentía dentro de la casa, pero ahora, los que pasaban cerca de la ventana, podían percibir un fuerte y fétido olor a podredumbre inimaginable.
El barrio tenía cada vez menos chicos. Todos aparecían muertos, mutilados y con alguna extremidad faltante. A todos los asesinados les faltaba la cabeza o algún brazo o una pierna…
Era evidente donde estaban los pedazos desaparecidos. Cuando la policía irrumpió en la casa, el Sr. y la Sra. Delgado se encontraban recostados en la mesa de la cocina, durmiendo al lado de una cena de hacía días, con una botella de vino y un gran frasco de tranquilizantes de centro de mesa. Los cuatro oficiales no se molestaron en despertarlos, y prosiguieron a entrar al living. En cuanto atravesaron la puerta, encontraron al chicho conversando con nadie, con una montaña de cuerpos mutilados en un rincón.
Se paró en posición de ataque, con toda su furia dibujada en su cara y manos les dijo: -a mi no me vengan a retar, yo los puse mirando la pared por que no se merecían participar en la conversación-.
-ellos están muertos, vos los mataste - dijo uno de los uniformados mientras contenía el vomito
-¡a mi no me vengan a decir eso, explíquenselo a ella!-dijo gritando mientras reía eufóricamente.
Los agentes se le tiraron encima. Lucharon por un largo rato y debido a que no estaba armado no podían dispararle. Hasta que un golpe certero con uno de sus bastones noquearon al Chicho echándolo a dormir.
Despertó en un calabozo con un chaleco de fuerza. Se las ingenió para quitárselo y asiendo gala de todas sus habilidades de trepador, subió hasta el techo perdiendo más de tres uñas mientras desgarraba la pared acolchonada, hasta alcanzar el foco que lo iluminaba para romperlo.
Se dejó caer, exhausto y adolorido, entre la oscuridad.
-ahora si te voy a poder ver y vamos a poder conversar para olvidarme que estoy acá!-gritó aliviado.
Pero no pasó nada. Se filtraba una luz por la ventana de la celda contigua, pero ese resplandor no proyectaba nada. No había nada en su celda que haga sombra, salvo la suya.
Se colocó rápidamente el chaleco, fingiendo que lo tenía asegurado. Al pasar uno de los guardias, se acercó a la mirilla y lo vio, babeando, en posición fetal en un rincón. Notó también, que por alguna razón, el foco se había quemado. Así que fue a buscar un repuesto. El Chicho supo que ésta era su oportunidad.
Entró el celador con una escalera, acompañado por la enfermera que llevaba una jeringa en su mano.
Como aparentemente estaba atado, no tuvieron la debida precaución, y en cuanto la enfermera se inclinó para inyectarle el tranquilizante, el chicho la sorprendió con un golpe certero en la mandíbula y se lanzó contra el celador que estaba parado en la escalera, apunto de cambiar el foco. No fue difícil eliminarlo a el también. Tomando el garrote que llevaba en su cinturón y la jeringa de la enfermera se dispuso a escapar.
Cambió su chaleco de fuerza por el uniforme azul del celador, y en cuanto los dos estuvieron con sus nuevas vestimentas, lo puso sentado, mirando la pared, dándole la espalda a la rejilla de la puerta. A la enfermera la colocó justo debajo de la puerta, trabándola con su peso muerto, de manera tal que cuando alguien mire, vea solo al “Chicho” de espalda, en trance como siempre…
Varias horas después se acercó a su habitación el conserje, encargado de repartir la desagradable ración diaria de comida a todos los internos. Sacó un gran llavero. Buscando la llave correspondiente, tardó en encontrarla debido a que era un hombre, grande ya, aparentemente enfermo, quizás, por el desgaste de tener un trabajo tan estresante como es tratar con enfermos mentales, psicópatas y homicidas.
Cuando al fin dio con la cerradura, le costó trabajo abrir la puerta, la empujo con fuerza y en cuanto notó el por qué estaba tan pesada, el Chicho ya estaba muy lejos del lugar.
En la pared, arriba del guardia, escrito con sangre de este, había una leyenda que decía: ”manipularán la carne, la imaginación seguirá intacta.”
Fue corriendo hasta su barrio, era un viaje largo, pero como nunca le importó nada relacionado a su salud física, no le costo nada llegar rápidamente descalzo, con todo el torso y los brazos cortajeados por los alambres de púas que tubo que saltar para escapar del hospital.
Al llegar se preguntó por primera vez cuanto tiempo había estado inconsciente, drogado hasta el desmayo en el psiquiátrico, porque el barrio estaba totalmente cambiado.
Se convirtió en un barrio fantasma, las calles totalmente desoladas, miraba los oscuros matorrales donde antes solían abusar de él, y no pasaba nada, nadie lo amenazaba, no había ...


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