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++Los Poderes Perdidos ++




La oscuridad se deslizaba por las ruinas del castillo ennegrecido en parte por el tiempo y en parte por la noche. Era un largo despertar de sombras, un desperezarse mágico. En el gran salón del castillo entre las largas filas de columnas se paseaba la figura de Serena, una hija de la noche, siempre anhelando la compañía de otros pero temiéndola al mismo tiempo. Habían pasado tantos años desde que Iván se había ido... Nunca volvió a ver a nadie más, nunca volvió a salir de las ruinas; sólo paseaba por los alrededores del castillo, recorría el arroyuelo que fluía cerca, mojaba sus pies en el reflejo de la luna o las estrellas, el sonido vibrante del agua y su frescura hacían que Serena recordara momentos del pasado.

Antiguos restos de lo que había sido su vida, descansaban por aquí y por allá: libros, joyas… todos esparcidos sobre el polvoso suelo, no había tocado nada desde la noche en que Iván decidió irse de su lado, un adiós anunciado desde el primer momento en que se conocieron. El rostro azulado y nocturno de Serena de vez en cuando ostentaba una lágrima solitaria y brillante, furiosa y triste, todas las noches, desde aquella última, no había sido más que un eco de ésta, vagar por las ruinas esperando el regreso de Iván… cuando ya la áurea tiara del amanecer se cernía sobre las lejanas montañas, Serena se retiraba a su refugio resguardado de la luz diurna, no sin antes pasear su melancólica mirada a su alrededor, escudriñando las sombras en busca de la de Iván.

No quedaba nada más de los anhelos ardientes de Serena, no quedaban fuerzas, ni sentimientos que soportar, todos se los había llevado él. La luna apenas se alzaba en el horizonte, grande y dorada como ninguna otra luna antes, le daba un tinte menos frío a su piel. Unos pasos en la oscuridad, entre la maleza se adivinaban y se sentían extraños, no procedía de ellos ningún sonido, sólo la variación de la brisa nocturna y el renovado olor de la tierra andada. Serena se refugió detrás de una alta columna… Era Iván, podía ver sus brazos colgando como pesos muertos a sus costados el paso decidido y la cabeza erguida, con su mirada clavada en ella, sólo en ella, como antes. Una luz plateada pero tenue lo rodeaba y hacía que sus pupilas de un gris terriblemente oscuro parecieran menos profundos. Estaba finalmente tan cerca de ella que con sólo extender un brazo podría tocarlo, pero fue él quien extendió el suyo, tocó su cabello enmarañado y al momento éste se transformó en una cortina de seda negra con reflejos azules, justo como antes, la piel largo tiempo enfriada recobró su resplandor de juventud y el rostro de facciones casi divinas rescató su antigua lozanía. Los ojos enormes y expectantes seguían a Iván en cada movimiento, por más imperceptible que éste fuera. Serena no se atrevía a decir una palabra, talvez se trataba de un sueño como tantas otras veces. Pero la magia trabajaba con el encanto único de Iván, no podía ser un sueño.

Serena levantó su mano hacia el rostro de Iván, lo detuvo a medio arco; sus dedos desprendían pequeños destellos dorados, una música se escuchaba en el viento cada vez que ella se movía. Sí, era cierto: Iván estaba con ella, podía decirlo por el intenso fulgor que la piel de ambos despedía cada vez que lo tocaba, así era antes. La música y la luz dorada danzaban alrededor de ellos como si no hubiera pasado ni un segundo.

- Ven conmigo.- le dijo él al oído tomando su mano.

Dejando atrás las ruinas del castillo en las cuales por tanto tiempo había penado, conoció ciudades y lugares que nunca pensó que existieran, llenos de luces, de gente, de aromas... llenos de vida. Había otros como ellos, pero Iván no los dejaba acercarse y evitaba cualquier contacto cercano. Nuevos libros que leer y nuevas joyas que usar, ahora no sólo para Iván o para el espejo. Su hogar era ahora una gran casa de paredes blanquísimas y habitaciones abiertas al mar y a la noche… amplios balcones por cuyas lozas los pies desnudos de Serena caminaban seguros y juguetones. Su cabello se mecía al viento, tenía tanta vida como cuando Iván lo había tocado. La arena húmeda abajo la llamaba, era un nuevo compás que el cuerpo musical de Serena no podía crear. Flotó en polvo dorado hasta la frontera acuosa de la arena; sintiendo los granos mojados de arena bajo su piel resplandeciente y las piernas el agua de enérgicos movimientos, el aire atravesando las líneas de su cuerpo y su cabello, danzó con el mar y con la arena hasta que su propio cuerpo pudo capturar la música de los dos elementos.

Iván caminaba ligero hacia ella, más su rostro no era pasivo y lleno de confianza, sino que su expresión se había vuelto iracunda y miedosa. Con su propia mano tomó el brazo de Serena y la obligó a volver hacia la gran casa. Iván alargó la mano intentando recuperar la sedosidad del cabello, la lozanía del rostro y el resplandor de su piel; pero una música única, única y poderosa se lo impidió. La fuerza del mar, del viento y de la arena. Serena había descubierto que Iván no era el único que podía darle magia; e Iván incrédulo vio como Serena descubría sus nuevos poderes.




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