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arquero ajenony - Newest pictures Comics/Fantasy/Anime
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++El arquero del bosque++

The archer in the forest



El arquero del bosque
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En lo alto del cerro detuve mi cansado caballo.
Atrás había dejado la rala vegetación agarrada al suelo con gesto desesperado; el oleaje estremecido de las lagunas y los pajonales; la carrera incesante de las nubes por el ancho cielo y de sus sombras por la inmensidad desnuda de la pampa: el desolado paisaje donde reina el huracán. Hacia delante mi mirada tropezaba ahora con las abruptas montañas de las nieves eternas, en medio de cuyos boscosos faldeos se engastaba, como una esmeralda, el lago Winteke. Por entre riscos y calafates descendía la casi borrada senda que terminaba frente a la cabaña, rodeada de helechos y fucsias, donde Kupen cuidaba su fuego y guardaba sus recuerdos.
Yo había pasado muchas tardes de aquel verano escuchándola con recogimiento y adentrándome en el arcano milenario de las tribus que, en su incesante deambular, habían marcado toda la extensión de la Isla Grande con el resplandor de sus fogatas, dando nombre al confín más austral del mundo: ¡Tierra del Fuego!.
Kupen me miró llegar con un brillo complacido en sus ojos obscuros, y como si nunca hubiéramos interrumpido nuestra conversación, comenzó a decir-“No todo era paz en las tierras de Oneisin. Muchas veces los hombres se pintaban de rojo la cara, el pecho y los brazos, y los prudentes cazadores se convertían en fieros guerreros. En los faldeos de la montaña de Hantu acampaba una numerosa toldería cuyos habitantes gozaban de vida tranquila y feliz.
Pero llegó un tiempo en que los niños de la tribu comenzaron a enfermar de extraño mal, y a pesar de los cuidados que se les prodigaron y de que el viejo Johon Koo usó de todas sus artes, no había día en que no muriera alguno. El llanto y el luto reemplazaron la alegría y la felicidad de antes.
Una tarde, Koo, cuya ciencia resultaba impotente para curar a los niños, reunió a los ancianos y a los cazadores para revelarles que ya había descubierto el origen del mal: el hechicero Yoshken, el Johon de la tribu acampaba a orillas del lago Shaipot, movido por la envidia y usando ocultos poderes, era quién les enviaba el maleficio.
El odio y la indignación exaltaron a los hombres de la tribu, que prorrumpieron en horribles gritos, clamando castigo; y esa misma noche, al amparo de la sombra y sin que nadie lo supiese, una partida de jóvenes ardorosos tomó el largo y difícil camino al lago, para poner fin con sus propias manos al maléfico poder que los estaba aniquilando.
Al amanecer del tercer día corrió de boca en boca, en la tribu del lago Shaipot, la noticia de la terrible muerte de Yoshken, el poderoso mago, cuyo cuerpo estaba clavado al suelo de su Kaowe por flechas tan largas como las ramas del calafate blanco que crecía en la montaña de Hantu. Quedaba un solo camino de desquite: ¡la guerra!.
La tribu de Koo, alertada por sus espías de la decisión de los hombres de Yoshken, no conoció descanso. El Johon puso bajo el mando de Rolio, un espigado y fuerte mocetón de mirada inteligente y actitud decidida, a los más jóvenes y osados cazadores, exigiendo de cada uno que regresara cada tarde con un guanaco sobre las espaldas.
La tribu debía quedar bien aprovisionada de carne; las mujeres tendrían que preparar las capas que servirían de escudo y parapeto a los guerreros; los ancianos elegirían los nervios y los tendones con que se armarían las flechas y se torcerían las cuerdas para los arcos; los muchachos recién iniciados atraparían en las vegas y lagunas caiquenes y cisnes, y del bosque cercano, los más experimentados traerían los troncos de hayas y las ramas más rectas y firmes de los calafates para dar a cada hombre un arco nuevo y una nueva provisión de flechas.
Ya no había horas de holganza, ni hombres echados sobre los quillangos, ni años escuchando embelesados viejas historias. Los jóvenes llenaban todo su tiempo adiestrándose en las tácticas del combate. Rolio los conducía en largas marchas por los cerros empinados, veloces carreras por la maraña del bosque, cruces de las aguas profundas y rápidas de los ríos, saltando entre las piedras o tomándose de las manos para resisitir la correntada. Por las tardes ejercitaban su puntería sobre las aisladas parejas de bandurrias que cruzaban el cielo o la zigzagueante carrera del zorro entre las matas. Los más diestros artesanos preparaban los arcos y las flechas, usando con habilidad las toscas herramientas para sacar de bajo la corteza de las hayas la madera resistente y flexible que daría arcos tan largos que llegaban hasta el hombro del guerrero. De las ramas de calafate blanco, rajadas en cuatro y enderezadas al fuego, pulían otras tantas flechas y les aplicaban las agudas puntas de pedernal pacientemente tallado y las dos plumas de ala de cisne o caiquén que darían dirección a la saeta.
Un día Koo dio la orden. Todo estaba pronto. Había llegado el momento decisivo. Se plegaron los toldos y las mujeres cargaron otra vez con sus hogares errantes. Los rayos oblicuos del sol fueguino alargaron una vez más sobre la pampa la silueta de una lenta caravana de sombras encorvadas por atávica servidumbre y agobiadas, ahora, por un incierto destino. Hasta las jovencitas ayudaban a transportar las provisiones y las armas de repuesto de los guerreros. Había que dejar a todos los hombres en libertad para la lucha.
A las pocas jornadas, los vigías de ambas tribus dieron la voz de alarma. Las mujeres buscaron lugares seguros donde, en caso de que la suerte les fuera adversa, podrían esconder a sus hijos, tapándolos con ramas y tierra, alejándose luego a regular distancia para desorientar a los contrarios con grandes gritos y lamentos.
Los guerreros de ambas tribus se situaron sobre unas lomas en campo abierto, semiocultos entre los bajos matorrales. La pampa se extendía entre un tupido bosque de robles y el cauce pedregoso de un río. Con los desnudos cuerpos pintados de rojo; sobre sus cabezas el oscuro cochel, cazador; pendiente del brazo izquierdo la capa de guanaco a manera de escudo, empuñando el arco con la diestra y tomando con los dientes la aljaba repleta de flechas, las dos líneas enemigas fueron acortando distancias hasta que quedaron frente a frente, observándose, sin decidirse a comenzar el combate.
Los del lago Shaipot resolvieron entonces provocar a sus atacantes. Entre todas sus mozas eligieron a la más bella, la desnudaron y la obligaron a ponerse de pie en un promontorio fuera de los parapetos. Uno de los más feroces guerreros incitó a sus enemigos con gestos procaces, mientras les gritaba:” Estas son nuestras mujeres. Si son hombres. ¡vengan por ellas!.”
El reto desencadenó la batalla con furia. Millares de flechas entrecruzaron su diálogo de muerte, incrustándose en escudos y defensas. Los gritos de guerra, las injurias y los alaridos de dolor llenaron el aire.
Los hombres de la montaña de Hantu, excitados por el ánimo de venganza y por la tentación, cuya imagen era la bella adolescente, redoblaron su furor combativo. Sin embargo, el más esforzado de los guerreros se quedó inmóvil, atónito. Rolio había reconocido la figura que sus enemigos exhibían al frente de sus líneas. Allí estaba esa adorable muchacha que él viera apenas una vez en una de sus andanzas, pero que siempre llevaba en su recuerdo como el ideal del amor y la belleza. Allí estaba confundida de vergüenza por el escarnio que hacían de su pudor y expuesta al vejamen y a la muerte.
Rolio salió de su estupor. De un salto se puso frente a las líneas, y en veloz carrera, entre el silbido de las flechas, esquivando con inaudita temeridad los dardos y las piedras, llegó hasta el pedestal donde se alzaba la joven. La súbdita acción de Rolio paralizó a los guerreros. Envolvió en su capa a la muchacha y llevándola en brazos desapareció con ella en el bosque cercano.
Repuestos de la sorpresa, los enemigos, afanados los unos en apresar a la joven e impulsados los otros por el deseo de castigar al audaz raptor, se lanzaron contra los refugiados del bosque. En breve plazo los rodearon y fueron estrechando el cerco para evitar su evasión.
Rolio se defendía con bravura, disparando rápidamente sus flechas, mientras señalaba a la joven un lugar seguro fuera del alcance de los atacantes. Pero ella, prendada del hombre que con su audacia la había salvado del apetito de unos y de la jactancia de los otros, se dispuso a morir a su lado. Rolio esquivaba hábilmente las flechas que iban a clavarse en los añosos troncos o se perdían en la tupida maraña de la selva. Los pájaros habían huido y el bosque milenario quedó silencioso. El cerco de los atacantes se cerraba inexorable. Detrás de cada árbol había ya un enemigo, pronto y despiadado. Rolio afinaba la puntería y a cada disparo suyo respondía un grito de dolor o el ruido de un cuerpo que caía pesadamente al suelo. La joven de la tribu del lago, cada vez más admirada del increíble valor del guerrero, recogía las flechas que caían cerca o arrancaba con gran riesgo de su vida las que se incrustaban en los árboles y con ellas rellenaba la aljaba de Rolio. La ayuda de la joven renovaba las fuerzas del guerrero, que multiplicaba su acción con mayor denuedo. Ya no luchaba por su vida. Luchaba por su recién nacida felicidad.
Largo tiempo se prolongó el inaudito combate; la joven pareja no se rendía, y cada vez eran mayores las bajas debidas a los certeros flechazos de Rolio. Ya los rayos del sol se filtraban oblicuos por entre las altas ramas y no tardarían en llegar las sombras de la noche.
Los atacantes, admirados ante tan denodada resistencia, resolvieron hacer una tregua. Los que fueran amigos antes y eran enemigos ahora, habían llegado a olvidar la verdadera causa de la guerra para unirse en un deseo común de venganza contra una pareja de jóvenes que demostraban estar animada por una fuerza sobrenatural. Y el viejo Johon Koo, aquel que sin calcular las consecuencias había lanzado a las tribus al combate, meditó largamente y dijo: -“Esos dos que contra nosotros luchan en defensa de sus vidas están unidos por ...


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