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tierra de cadaveres - Newest pictures Comics/Fantasy/Anime
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.++' La Tierra de los Cadaveres.++'



Estar solo siempre fue una opción para mí, fui y soy un solitario, me acostumbré mejor que cualquier otro, si es que hay alguien más. Llevo diecisiete años en la más completa soledad, diecisiete años conversando con mi consciencia, comiendo y durmiendo conmigo mismo, y me gusta. Tuve la suerte que no tuvieron los demás de ser un individuo aislado, muchos otros debieron ocupar sus fuerzas y tiempo en proteger a sus familias y amigos, y en eso se les fue la vida, yo sólo velé por mí mismo y pude salvarme.

Escapé a cientos de kilómetros de la civilización, y lo meritorio es que lo hice a pie y con lo puesto. Mi residencia está internada en el desierto más árido del mundo ¿quién se atrevería a buscarme aquí? Construí mi pequeña guarida aprovechando los desechos de dos casetas de madera abandonadas por la guardia militar fronteriza. En ella me protejo de los cuarenta grados de calor del día y del frío congelante de las noches. Es un cuadrado de tres por tres metros, donde instalé una pequeña despensa y una cama desplegable que habilito sólo cuando descanso. Tengo además una silla, una especie de mesita, algunos libros que he leído treinta veces, un revólver que jamás he usado y, lo más importante, lápices y mucho papel porque la mayor parte del día la paso escribiendo. No necesito nada más.

Mi jornada comienza muy temprano, con la luz del sol, y termina cuando éste se esconde tras el horizonte. Me alimento de carne de lagartos que seco al sol sobre mi casa. Cada mañana después de comer y descansar un rato, debo procurarme alimento para los siguientes días. Los lagartos caen en mis trampas de día y de noche, y no debo alejarme demasiado para colocar las cajas-jaulas. Retiro unos nueve o diez lagartos cada día, a veces más. Es una dieta atrozmente monótona, pero ya estoy acostumbrado y me provee de las vitaminas necesarias para subsistir.

El resto del día lo dedico a escribir y leer en la frescura de mi hogar, y cuando cae la noche, preparo los recipientes para atrapar agua de la niebla y del rocío nocturno, que cada mañana retiro y guardo en dos bidones que cuido como tesoro. También obtengo agua de la lluvia, que cae de vez en cuando… cosa extraña, durante diez años no cayó una sola gota de agua, ahora llueve por lo menos una vez al mes.

Vivo como un monje del siglo XV, pero para mí es como vivir en el paraíso. Sólo mi reloj me conecta con esta época. Aquí saber la hora es completamente irrelevante, pero sin ese aparato no sabría qué edad tengo ni cuánto tiempo llevo en este lugar.

Cada mes me aventuro en una travesía a pie que dura tres días hacia una usina salitrera abandonada quizá hace un siglo. Allí consigo la madera y las herramientas necesarias para subsistir, incluso libros y algunas mantas y ropas tejidas hace más de cien años. Y en el camino también me proveo de sal natural. Para todo eso me construí un trineo que acarreo por la arena tirándolo de un cordel atado a mi cintura. En ese pueblo hay calles, una plaza con árboles muertos (tres empiezan a dar brotes) y casas habitables inmensamente más grandes y acogedoras que la que construí. Todo podría ser mío, pero vivir ahí no sería seguro.

Estos son mis días, los de un ermitaño, y así fui un ser completamente feliz hasta esta noche. He llegado a casa después de tres extenuantes jornadas de viaje; la luna hace de la noche día, lo alumbra absolutamente todo con su plata reluciente, y allí los descubrí. Bajo las estrellas, que flotan en el cielo como arena en el mar, se ve mi pequeño hogar, una diminuta silueta cuadrada y oscura perdida en un mar de formas luminosas, y a su alrededor dos tenebrosas figuras en movimiento. De ellos huí hace diecisiete años, de esa nueva raza endemoniada que todo lo destruye, una casta de seres horribles y violentos; voraces bestias antropófagas.

Esos dos, como cientos de millones de otros, son producto de una guerra estúpida y mortal: un nuevo virus experimental convirtió a personas normales en seres primitivos y violentos, sin ninguna inteligencia, sólo instinto; verdaderos animales salvajes y predadores con una gula insaciable. La bacteria, altamente contagiosa, como una epidemia de gripe se propagó por el mundo entero, fue una reacción en cadena, y en un año no había lugar seguro. Los enfermos crecían en progresión aritméticamente, cada día, consumiendo todos los alimentos disponibles en todos los rincones del planeta, después matando a animales y aves domésticas, y cuando se hubo acabado la comida devoraban vivos a las personas sanas y hasta se comían entre sí, en orgías de sangre ni siquiera concebidas en el mismo infierno. Y lo más irónico es que la guerra continuó como si nada hubiera sucedido, espantosa y total, y la radiación de las miles de detonaciones nucleares, como ese infausto virus, infectó todos los mares y lagos, todo el aire y la tierra, y se expandió por la superficie del mundo, aniquilando hasta al último ser viviente que se encontraba a su paso, a excepción de esas siniestras criaturas que pudieron sobrevivir por su metabolismo alterado.

Dudo que hayan sobrevivientes como yo, no obstante tenía la secreta esperanza de que después de tanto tiempo ya no existieran esos monstruos, que se hubieran matado entre sí y que el resto hubiera muerto de hambre y de sed. He vivido dos décadas con el miedo a encontrarme con alguno de ellos. Mi vida no ha sido tranquila, durante muchos años no pude dormir por las noches imaginándome que en cualquier momento echaban abajo mi puerta y se arrojaban sobre mi cama, es la razón por la que huí tan lejos. Yo los vi matando, los vi comiendo, y por eso sufrí de sueños espeluznantes. Había logrado con mucho esfuerzo superar ese terror, pero el temido día de mis antiguas pesadillas se ha hecho realidad.

Después de una hora de observación, tirado en la arena a unos treinta metros de ellos, estoy seguro que son de esos animales, cualquier hombre medianamente inteligente ya hubiera descubierto la pitilla oculta con la que se abre la puerta desde afuera. Estoy muy cansado, pero debo enfrentarlos, no tengo otra salida, si me duermo esos animales me encontrarán. Mi revólver no lo tengo conmigo, así como fueron esas cosas inoportunas en llegar, fui inoportuno yo olvidando el arma dentro de la casa. Sólo tengo un delgado fierro para defenderme, y creo que si los tomo de sorpresa con un buen golpe podría eliminar a uno al instante, y así sólo enfrentar al otro… Pero tiene que ser ahora.

Después de controlar relativamente el tintineo de mis dientes y el temblor en mis rodillas, me arrastro como una serpiente por la fría arena, muy despacio, con cuidado rodeándolos buscando sus espaldas. Ahora más cerca puedo ver que los desgraciados rasguñan la madera como perros hambrientos, se gritan con sonidos guturales, se empujan y golpean. No logro ver sus caras, pero es preferible así. Sus escasas vestimentas son sucias, con manchas oscuras por todas partes —de sangre con seguridad—, ropas demasiado rasgadas y delgadas, están prácticamente desnudos, y hace mucho frío, pero si resistieron la radiación el frío debe ser una nimiedad para sus cuerpos.

Estoy lo bastante cerca y la luz de la luna es muy clara, si alguno diera la vuelta me descubriría al instante. El miedo tiende a paralizarme, pero el instinto de supervivencia es más fuerte. Después de veinte años de lucha no me puedo dejar vencer tan fácilmente, no me lo merezco. Los miro y elijo a quien atacar primero, hay uno más alto y fuerte.

Me sigo acercando, y en cualquier momento me descubren, los nervios no me sueltan, las piernas las siento flotar detrás de mí, y sin poderme contener me orino encima, lenta y cálidamente, es relajante y necesario. Preciso acercarme más aún, me falta poco, y no sé si quiero llegar a eso, los bramidos que dan son tenebrosamente roncos y me erizan los pelos de la piel, pero estoy en un punto sin retorno, ya no hay vuelta atrás. En mi vida sólo he matado lagartos, desconozco si tendré la decisión para golpear hasta asesinar a algo parecido a un hombre.

Ha llegado el momento, me levanto con sigilo y lentitud a sus espaldas, y ya erguido camino despacio, sin hacer ruido, con el corazón en la garganta y la vara de metal en alto. Voy hacia el grande, puedo ver el rabillo de su ojo turbio cuando mira a la otra bestia, no me ve de soslayo, no capta mi casi imperceptible movimiento, el hedor que expele es repugnante, así como el color y la textura de su piel quemada y llena de erupciones amarillentas.

A dos metros salto al ataque, sin atreverme a gritar, y le doy por detrás, en la cabeza, con un golpe tremendo que me queda vibrando en las manos, como también su sordo eco queda resonando en la noche solitaria y alucinante. El animal se va de bruces dando un lastimero alarido. De inmediato levanto mi arma y le pego en la cara al otro tirándolo de espaldas al suelo, creo que el criminal impacto le quebró la quijada como si ésta fuera de porcelana. Alternativamente los golpeo con el fierro en la cabeza, con toda la fuerza que puedo tener, con desesperación, las bestias gritan y se cubren con las manos, pero ni siquiera logro la inconsciencia en ellos.

La sangre salta por doquier, calculo que ya les he fracturado el cráneo y los brazos en varias partes, pero no mueren, se aferran a la vida de una manera sobrenatural que me sobrecoge los sentidos, sus gritos me provocan asco y un intenso horror. Recuerdo el revólver, y sin dudarlo dejo a los repugnantes seres tirados para salir raudo en su búsqueda.

En la negrura de mi hogar no lo encuentro, el nerviosismo traiciona mis movimientos, pierdo la noción del tiempo, no sé cuánto ha transcurrido, sólo siento que es demasiado, segundos interminables que me desesperan, el terror es insoportable y una urticaria del demonio invade todo mi cuerpo. Las lágrimas no dejan de correr por mis mejillas ...


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