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++Miedo al miedo++



Supongo que siempre he sido una chica miedosa y con mucha imaginación, tal vez demasiada.

El día que llegué aquí era el último de la semana santa del dos mil ocho, de eso hace casi once años pero lo recuerdo como si se tratase de ayer, bueno, quizás fuese ayer, he acabado por perder la noción del tiempo.
Tenía unos planes geniales para esos días, era posible que mis padres se fueran de viaje dejándonos solas a mi hermana mayor y a mí en nuestro piso, había organizado una maratón de cine de terror, cenas y meriendas con mis amigas… Iba a ser el mejor fin de semana de mi vida.

Pero como todo lo que me hacía ilusión se desvanecía dejándome sola con mi depresión.

Aún echo de menos el ciclo de películas de terror, mi madre decía, dice… no sé, he perdido la noción del tiempo. Mi madre me decía que las películas de terror, la estética que llevaba, toda oscura y carmesí; la música… acabaría por volverme loca. La verdad es que creo que tenía o tiene razón, pero ahora da lo mismo, sólo visto de blanco y no veo ni cine ni escucho apenas música.

El motivo por el que mis planes se vieron truncados fue que mi tía abuela tenía un fallo respiratorio, la tenían que ingresar en planta en el hospital de san Jorge. Mi madre tendría que hacer guardia por la noche y por eso no podían irse de viaje.
Los primeros días me los pasé tirada en el sofá, viendo películas, como no de terror, la mayoría no eran muy buenas, pero me entretenían que era lo que buscaba, entretenimiento para no pensar en lo que podría estar haciendo en esos momentos. Había momentos que si estaba sola viendo una película de miedo podía oír cosas, supongo que sería fruto de mi excesiva imaginación que me gastaba bromas. Pero hubo un día en especial de esa semana santa en la que mi imaginación me puso la zancadilla y no pude evitar caer en el miedo profundo.

Ese día estaba sola, ¿cómo no?, estaba sentada en el suelo de mi salón, a espaldas del sofá y dibujando sobre la mesa de cristal, en la televisión ponían un especial de Entre fantasmas, una serie a la que estaba enganchada, su protagonista era una chica que podía ver espíritus que se habían quedado entre la frontera del mundo de los vivos y el más allá. Yo estaba convencida de que eso era real, quiero decir, que había un más allá y un punto en el que los muertos podían quedarse en medio, me parecía tan real como la vida misma.

Mientras yo dibujaba un trol para un juego que hacía con una de mis mejores amigas, la protagonista de la serie hablaba con un hombre que no quería marcharse y cruzar la luz, me acuerdo que pensé que sería interesante ver muertos y poder ayudarlos. En ese momento oí como algo se arrastraba hacia mí, decidí apagar la televisión unos segundos para ver de donde procedía el ruido, la apagué, el ruido permaneció dos segundos y se paró bruscamente, si, estaba segura de que lo había oído aún con la tele apagada, por si acaso la volví a encender, el ruido comenzó a sonar de nuevo, volví a apagarla y el ruido cesó dos segundos después, lo hice varias veces y pasó exactamente lo mismo. Quise dejar de pensar en ello y me concentre en el trol, no me estaba quedando nada mal, supongo que dibujo bien o dibujaba, son de esas pocas cosas buenas que la genética había querido darme de mi abuelo. Por desgracia otra cosa que me había dejado al morir era un miedo profundo a los hospitales.

Hacía ya casi dos años por aquel entonces de que había muerto mi abuelo, supongo que ni lo había asimilado, el día que murió tuvimos que ir al hospital, no quise verlo antes de morir porque no estaba ni consciente, ese fue el día que le cogí miedo a los hospitales, porque había vivido la muerte de cerca, me di cuenta de la gente que había muerto en los hospitales, de los que podrían seguir allí.
Estaba acabando el trol cuando llegaron mis padres, me sentí un poco más segura al no estar sola, que tontería.

Como siempre que se tiene a alguien en el hospital hay que ir a visitarlo, yo fui a ver a mi tía, había conseguido aplazar la visita todo lo posible, pero ya era hora de cumplir con las obligaciones familiares y afrontar mi miedo.

Llegué con mi hermana, tarde como siempre, conforme me acercaba se me iba erizando el pelo de los brazos, conseguí entrar en el hospital, que ya era más de lo que había esperado de mi misma. Subimos en el ascensor las dos solas y al abrirse la puerta, lentamente, pude ver que… no, allí no había nadie. Recorrí el pasillo que llevaba a la habitación de mi tía con miedo a ver cualquier cosa poco común.

Cuando llegué a la habitación aliviada en cierto sentido por estar más acompañada que sólo por mi hermana, pero tampoco me sentía a gusto… bueno, sentirse a gusto en un hospital rozaría la morbosidad. Mi tía estaba tumbada en la cama, quejándose de todo como siempre. Era una habitación pequeña, pero daba igual, me hubiese agobiado igual una de treinta metros cuadrados.

Aguanté como pude y cuando llegó la hora de marchar las lágrimas luchaban por salir y casi no podía contenerlas, llegué a casa sola otra vez y rompí a llorar intentando hacer el menor ruido para no alarmar a los vecinos. En ese momento me acordé de que tenía que hacer un trabajo de educación para la ciudadanía, quería terminarlo ese día para poder descansar el último día de vacaciones.

Me puse en el ordenador en ese momento, puse la música a todo volumen y la bajé sólo cuando legaron mis padres. Les conté una escusa de que estaba hablando con una amiga que tenía problemas por el Messenger, sobra decir que la única de mis amigas que tenía problemas era yo, pero ellos se lo creyeron. Cené solo un yogurt y volví enseguida al trabajo. Tenía la música muy baja para no despertar a nadie así que oía como mis padres hablaban y se echaban en su cama. Sus conversaciones eran siempre las mismas, sobre que me estaba pasando, por qué estaba siempre triste y de mal humor y esas cosas. Oí como mi padre le decía a mi madre que ya se me pasaría, estuve a punto de preguntar a voz en grito que cuándo sería eso, pero como muchas otras veces me contuve y callé.
También oí como mi padre se acercaba a ver cuando terminaba, sabía que en cualquier momento abriría la puerta que en ese momento estaba cerrada, y tal como creía la puerta se abrió. Pero había algo que no me cuadraba, la puerta se había abierto muy bruscamente, me pregunté por qué estaría tan enfadado, lo miré esperando una bronca pero no había nadie, si, estaba segura, no había absolutamente nadie, grité papá y cerré inmediatamente la puerta que estaba abierta de par en par y volví a gritar papá. Poco después la puerta se volvió a abrir, pero esta vez suavemente, para no hacer ruido, si, esta vez era él. Me alegré, pero para no alarmarlo sólo le pregunté si había venido antes, obviamente me dijo que no.
Tenía el corazón totalmente encogido, no quería ni moverme. Ni siquiera esperé a terminar el trabajo, me levanté y fui corriendo a mi habitación, ni me lavé los dientes, solo me tumbé en mi cama e intenté dormir.

A la mañana siguiente estaba más tranquila, pero aún así veía cosas, sombras y oía cosas, sabía que era sólo mi propia paranoia pero aún así no podía evitar estar aterrada.
Esa mañana tenía que volver al hospital, era lo que me faltaba, por suerte las visitas ya no se alargarían mucho, le iban a dar de alta en poco tiempo.

Esta vez fui con menos miedo, pero aún así atenta. Volví a subir en ese claustrofóbico ascensor y al abrirse mire y… tampoco, esta vez tampoco había nada, miré a un lado del pasillo, miré al otro, nada, no había nada ni nadie.

Entre en la habitación de mi tía, estaba mucho mejor, estaba sentada y comiendo. Hablé un rato con ella, le darían el alta el día siguiente. Me disponía a irme cuando cogí el abrigo y me dirigí a la puerta, allí había un niño apoyado en el marco, su pelo era moreno, un poco largo, llevaba un pijama del hospital. Me acuerdo que me dije que ese niño sería un chico muy guapo en cuanto creciese unos años. Tenía la camisa del pijama abierta y podía verse la cicatriz reciente de una operación de corazón, era larga y le ocupaba todo el pecho, con las marcas de los puntos de sutura a los lados.
Me agaché y le pregunté donde estaban sus padres y por qué estaba solo. El niño me miró con unos grandes ojos que parecían plasmar el dolor profundo y yo miré la cicatriz. Estaba supurando pus y sangre, me quede quieta sin saber muy bien qué hacer, no había ninguna enfermera cerca y el niño no parecía tener la intención de decirme nada, sentí mucha lástima por él.

En ese momento el niño levanto la cabeza y pude ver como los ojos se habían borrado de su cara, ni siquiera tenía las cuencas vacías, simplemente no había ojos. Creo que empecé a gritar y me desmayé.

Así fue como llegué aquí, vine a ver a mi tía y me quedé, llevo once años aquí, o tal vez solo un día. Jamás llegué a irme del hospital, sólo subí a la planta siete, la planta de psiquiatría.

Pero el niño es el único que viene a verme a menudo, bueno, y tú. Se llama Hugo ¿sabes?
¡Eh! espera, no te vayas ya.
¡¡¡¡No estoy loca!!!!
¡¡¡No te vayas!!!
Hugo, ¡¡¡dile que no estoy loca!!!
Espera papá, ¡¡¡no te vayas!!!

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