peperonity.net
Welcome, guest. You are not logged in.
Log in or join for free!
 
Stay logged in
Forgot login details?

Login
Stay logged in

For free!
Get started!

Text page


el miedo - Newest pictures
leyendas.urbanas.peperonity.net

Pastora, el enigma de Monte Albornoz



En el verano de 1972 una niña desapareció misteriosamente en la costanera del río Marumerio, en Monte Albornoz. A pesar de la intensa búsqueda que se prolongó por meses, jamás se pudo hallar a la pequeña, dando origen así a una serie de leyendas.

PASTORA

Con el descenso de la pareja de jóvenes novios, o esposos, pasó a ser el último pasajero del autobús. La helada brisa le dio de lleno al cerrarse la puerta y limpió el vidrio empañado de su ventanilla para ver qué hacían sus ex compañeros de viaje en medio de la nada. Una camioneta los estaba aguardando y seguramente los llevaría a la estancia frente a la cual se detuvo el vehículo del aeropuerto. Hermosa postal, pensó entonces, mirando aquellas praderas iluminándose paulatinamente ante el nacimiento de un nuevo día. Así descubrió que al sol le restaba un tercio de su esfera para separarse del horizonte y que, aunque algo oculto por grises nubes, lo bañaba con una hermosa luz anaranjada.
- En la capital no ven muy seguido este espectáculo, ¿no, señor? -dijo el conductor, al retomar la marcha por la vacía carretera.
El pasajero asintió vagamente, sin dejar de mirar el paisaje.
- No crea, donde vivo hay una azotea desde la cual pueden verse perfectamente el alba y el atardecer, aunque no es lo mismo.
El conductor lo observó por el retrovisor y consideró que era más delgado en persona que por televisión; incluso parecía ser mayor, de unos cincuenta años, calculó, o quizá se debía a la incipiente calvicie, el bigote entrecano y las arrugas del rostro, que sin embargo contrastaban con rasgos que mantenían un aire juvenil.
- ¿Ha venido por el caso Lerou, señor Picasso? -preguntó tras su breve análisis.
- ¡Ah!, sabe quién soy -dijo sorprendido.
- ¡Claro que sí! Me interesan bastante esos temas raros que usted investiga. A veces veo su programa y también he leído algunos de sus libros. Me gusta mucho lo que hace.
- Es muy amable, gracias.
- ¿Y bien… está por la desaparición de la niña? -repitió, más bien afirmando que preguntando.
- Digamos que vine a echar un vistazo a esa cuestión, tengo mucha información periodística sobre el tema, pero lo mejor es corroborarla personalmente, ¿me entiende? A veces se exagera un poco en el tratamiento de las noticias.
- Pero sobre ese tema no es necesario exagerar mucho, lo que pasó es un misterio total.
- Tengo entendido que la pequeña desapareció hace diecisiete años sin dejar ningún rastro y que hasta el día de hoy se desconoce su paradero.
- ¡Más raro que eso! Desapareció rodeada de personas, todas conocidas entre sí, pero nadie supo cómo.
- Es lo que sé, aunque me extraña que el caso no trascendiera demasiado, siendo tan particular y asombroso. Es decir… hechos menos complejos han acaparado una tremenda atención, especialmente en el lugar de origen.
- Se suman muchas cosas, en realidad. Para comenzar, cuando ocurrió el hecho Monte Albornoz era la mitad de lo que es hoy, y eso que continúa siendo un pueblo pequeño; además se debe agregar que no se contaba con muchos medios periodísticos en la provincia, aunque mucha gente vino para tratar de descubrir el enigma, obviamente sin lograrlo. Considere también que ésta es una región poco poblada y no muy próspera, más bien postergada. Con esto último quiero decir que la instalación de algunas fábricas en la zona, a muy poco de ocurrida la tragedia, hizo que la gente se centrara en el incremento de las fuentes laborales y lo que ello acarreaba, olvidando paulatinamente el asunto, ¿me entiende? De todos modos, cada tanto vienen algunos periodistas para recordar los sucesos, aunque se limitan a eso, no a investigarlos.
- ¿Y usted tiene alguna teoría?
- Ninguna. Se habló de muchas posibilidades, ya debe estar enterado, por ejemplo, de los ovnis, de la piedra india, del ermitaño que la secuestró, pero personalmente no tengo ni idea. Conozco el lugar donde desapareció y se me ocurre que se cayó en algún pozo o algo así, y que con el tiempo se cubrió de tierra, pero dicen que eso es imposible, así que estoy igual de desconcertado que el resto de la gente. No vivo en Monte Albornoz, sino en Javier del Valle, que está al otro lado del Cerro Amarillo, no muy lejos, sin embargo cuando todo pasó, habré tenido yo unos veinte años, recuerdo perfectamente que fue como una revolución, hasta participé en la búsqueda junto a mi familia, pero nada encontramos.
- Interesante, quizá lo moleste en unos días para que me cuente algunos detalles.
- Cuando guste, señor Picasso, estoy a su disposición, aunque lo que dije es todo y no creo poder agregar datos más importantes. Paso por Monte Albornoz los miércoles, jueves y sábados, a la mañana para llevar gente del aeropuerto y por la tarde a buscar pasajeros, de todos modos en la hostería saben a qué teléfonos puede llamarme.

Un viejo letrero anunciaba la cercanía de Monte Albornoz y pocos metros más adelante el autobús abandonó la autopista para internarse en un camino asfaltado rodeado de enormes árboles.
De la radio se escuchaba un tema folclórico casi olvidado, pero rescatado en la versión de un grupo de moda, cuando el pueblo se abrió al visitante.
Picasso se maravilló, parecía haber entrado en un hueco temporal para retroceder varias décadas. Construcciones antiguas, calles anchas, algunos letreros publicitarios que no había visto desde su mocedad y varios carros tirados por caballos, tal fue la primera impresión del investigador al llegar a Monte Albornoz.
La hostería de marras, “Don Manuel”, se encuentra frente a la plaza Capitán Evaristo Montenegro, la única de la localidad. Un edificio de fachada colonial con refacciones y ampliaciones que en nada se relacionan con su origen arquitectónico, pero que prometen confort. Allí bajó del autobús Fabio Picasso, siendo recibido por un hombre de su misma edad y de estatura casi liliputiense que le arrebató el equipaje en un acto de exagerada cortesía.
- ¡Oh, señor Picasso, qué gusto tenerlo aquí… bienvenido a Monte Albornoz! ¡Sígame, por favor!
El parlanchín gerente de la hostería, que resultó ser don Manuel, no dejó de hablar hasta que su flamante cliente estuvo instalado en “la mejor habitación del establecimiento”, un pulcro y espacioso cuarto ubicado en el primer piso, la parte más nueva del edificio. Antes de cerrar la puerta, don Manuel se puso a la entera disposición del “visitante más ilustre de la localidad, luego del paso del presidente, en 1965, que almorzó aquí, ¿sabía usted?”, dijo pomposo, sin molestarse en disimular su orgullo.
Picasso acomodó sus pertenencias en un abrir y cerrar de ojos. Las costumbres de viajero se habían convertido en parte de su personalidad y siempre llevaba lo indispensable en sus aventuras. Luego miró por el ventanal que daba a un balcón compartido con otro cuarto y estudió el panorama. La plaza Montenegro, poblada con añosos árboles, la centenaria parroquia ubicada al otro lado de ese paseo, las antiguas viviendas alrededor y las anchas calles de tierra; se sintió trasladado hacia atrás en el tiempo y hasta pensó que su abrigo, aunque de diseño clásico, lo hacía quedar como un personaje futurista.
Las campanadas anunciaron las ocho de la mañana cuando guardó en los bolsillos el grabador y su libreta de anotaciones. Desconocía los horarios usuales en Monte Albornoz, pero tenía deseos de comenzar a trabajar de inmediato, y en ese sentido había previsto el inicio con una visita al periódico local...

Fin del Capítulo I



This page:




Help/FAQ | Terms | Imprint
Home People Pictures Videos Sites Blogs Chat
Top
.