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Miguel el viejo



Hoy he decidido poner fin a mi secreto, hoy tengo que contar lo que
un día, hace mucho tiempo me ocurrió.

Todavía me taladran en los oídos una y otra vez, ese sonido seco de mis pasos y el eco lejano del crujido de esos viejos ventanales del maldito caserón abandonado de la calle del Silencio, haciendo que la rodillas me tiemblen como aquella noche. Aun siento como ese frío atravesó mi pecho, congelando todo mi cuerpo. Y hoy después de tanto tiempo, noto como mis entrañas se encogen formando un nudo que apenas me deja respirar, pero sacaré fuerzas de donde pueda para contaros como ese día en mí vida se hizo un paréntesis para darle a la muerte mas sentido que a la vida misma.

Aquel día a Luis, David y un servidor, se nos hizo tarde en el parque de la Alameda principal, hablando de viejas leyendas que por esta ciudad abundaban, algunas tan disparatadas que nos hacían reír, pero otras parecían tan reales que aquellos que la escuchábamos por primera vez, quedábamos boquiabiertos, inundándonos de temor y de curiosidad. Una de esas que más me impactó fue, la que Miguel el vagabundo nos relató.

Miguel era un viejo bohemio que siempre rondaba los lugares donde los jóvenes se reunían para contarnos sus historias y así tener motivo para romper con su soledad y dicho sea de paso, saciar su deseo de beber, nadie sabia nada de él, solo le llamábamos, Miguel el viejo, era un misterioso hombre de rostro castigado con exageradas arrugas que los años han dejado a lo largo de su vida, de prominente barba blanca, al igual que su larga y lacia cabellera que le hacían aun mas anciano, su ojos eran de color grisáceo y hundidos debajo de unas pobladas cejas, con nariz fina y larga, de donde una maraña de venas rojas le delataban su gran afición al alcohol, pero lo mejor de todo era su voz, quebrada y a la vez pausada, era capaz de transmitir todo el realismo de sus viejas historias, y lo mas curioso de este personaje era que nunca nadie le vio sonreír, solo de sus labios salían palabras heridas de tristeza.

Esa noche Miguel surgió de la nada y acercándose a nosotros nos invito a escuchar una leyenda que según él le atormentaba desde su juventud, y que aunque resulte raro, él nunca contó, pero que ese día con esa mirada perdida nos relató.

-Chicos…, estos últimos días los he sentido diferente, algo o alguien me persigue, creo que la muerte me espera a la vuelta de la esquina, y presiento que…- hizo una pausa mirándonos a los ojos lentamente- dentro de poco ya no estaré con vosotros.

Su rostro estaba desfigurado y no era el de otros días, hoy realmente estaba raro.

Luis que era el más excéntrico de todos, le interrumpió.
– Miguel, hoy que demonios has bebido, deberías de tomarte en serio lo que te dice el médico y dejar de beber esos vinos de cartón que están formados de polvos químicos, que algo seguro que tiene que te afectan a tus neuronas-
-¡Calla, blasfemo!, -alzó la voz Miguel-.
-Eso que tu llamas polvos químicos, son para mi la sangre de cristo, que me purifican, limpiándome de mis pecados
-Además – llevándose la mano al pecho- juró por Dios que llevo muchos días sin beber ni un maldito vaso de vino y por ganas que no falte, pero es así, quiero estar lúcido para el momento que ese ente venga a por mi.
-Perdón Miguel no quería ofenderle, pero yo solo miro por su salud, y en ningún momento…
-Te entiendo chaval- alzando el viejo la mano temblorosa- No te preocupes, es normal, siempre me veis de un callejón a otro hablando solo y rebuscando de entre los contenedores de basura algo para echarme a la boca, pero no creáis que estoy loco, solamente busco razonar mi existencia, pues… después de unos tragos de vino, pero como os dije antes, llevo varias semanas sin beber.

Luis, no paraba de gesticularle y mofarse de sus comentarios cuando en un momento Miguel volvió su mirada amenazante hacia él.

- Chico, dicen que los ojos son el espejo del alma y por lo que veo en los tuyos, no aprecias la tuya, esencia de tu vida. Comentario que a Luis le fue indiferente, ya que él estaba muy orgulloso de sus ojos verdes.

-Y tu viejo, ¿tienes alma?, -le preguntó Luis con ironía-
-¿Alma? , pues tengo muchas, - haciendo una pausa eterna- lo que realmente no tengo es vida.

Aquello realmente nos desconcertó un poco, ya que Miguel hablaba palabras en clave y precisamente nuestra ignorancia no era la llave para descifrarlas.

-No entiendo muy bien –interrumpí con cara de querer saber mas- Miguel puso su mano sobre mi hombro, haciendo ademán de sonrisa-.
– Tranquilo muchacho, escucha y lo entenderás- .
Aun recuerdo su mirada, aunque fueron segundos, ahora me parecen minutos, pero lo que mas me intriga es que todavía siento su mano tan fría, no me explico como en pleno verano, su piel era gélida como un témpano de hielo.

-¡Ignorante! –frunciendo el ceño y dirigiéndose a Luis-.
-Te explicaré a través de esta historia como tu curiosidad y el no creer en lo no real, hace como en ocasiones el mal sesgue el cuerpo de las personas para separar de un golpe, el alma de sus cuerpos.
-Todo empezó hace mucho tiempo yo tenía mas o menos vuestra edad y llevado por una inocente curiosidad me adentre en la calle del Silencio, por el casco antiguo, cerca del hospicio, claro hace tanto tiempo que ahora no existe tal lugar, pero aun se conserva el viejo caserón, pero eso sí, ya no hay vecinos, por circunstancias obvias pues esa calle esta abandonada y aislada del reto. Resulta extraño pero aún se conserva en perfectas condiciones, no se sabe quien son los dueños, solo los mas viejos del lugar contaban que era de un viejo ermitaño que apenas se le veía por la calle, que no tenía buenas relaciones con los vecinos, solo se dejaba ver acompañado de un viejo perro. Creo que ya han cambiado el nombre de la calle, pero sigue deambulando ese mal misterioso por cada rincón de la casa, que hace que el lugar no cambie, es mas, sigue cautivando a todo aquel desaprensivo que transita por ese lugar a altas horas de la noche.

-Comentan –a la vez que Miguel bajaba la voz y mirando con ojos desencajados a su alrededor- que ese viejo tenia muchas almas, que le visitaban como castigo en vidas anteriores, era como un transito que había después de la muerte, sobre todo de aquellos que eran ignorantes de aquello que no se explica con palabras, sino todo lo contrario que necesitan ver para creer de las cosas irreales. Se decía que en ocasiones se oían voces, lamentos, ruidos extraños y sobre todo ese maldito aullido del perro.

Las caras que teníamos al escuchar a Miguel eran totalmente atemorizadas, notábamos como sin mirarnos los unos a los otros intentábamos taparnos los oídos para no seguir escuchando, pero nuestros brazos temblorosos no se dejaban mover.
Luis mientras tanto se tapaba la boca con las manos, ocultando una sonrisa y sobre todo no volver a hacer un comentario que desquiciara al viejo, pero tras unos minutos relatando esos sucesos, éste les dejó claro una cosa.

- Hijos, nunca os arriméis a ese lugar, nunca comentéis esto con nadie, y sobre todo nunca miréis los ojos de aquellos que no creáis, ya que vuestra incredulidad os devolverá un castigo que nunca conseguiréis quitaros.
Esto hizo levantarse a Luis en ira, dándose por aludido, y mirando de manera retadora al anciano.
-Viejo borracho, son estupideces las que dices y estoy cansado que con estas tonterías te acerques a nosotros para intentar de algún modo u otro sacarnos dinero para tus vicios. ¡Márchate! y déjanos en paz.

El viejo con una sonrisa irónica, se alejó lentamente. Poco a poco su silueta se difuminaba con la oscuridad de la noche, hasta que desapareció tras unos arbustos. Fue la primera vez que le vimos reír aunque fuese de esa manera y también fue la última que vimos al viejo Miguel, nunca mas se supo de él.

-Luis no tienes ningún derecho a hablarle de ese modo. has sido un grosero.
-Grosero.- ¿tu no te das cuenta de que ese estúpido viejo no está en sus cabales?-.
-Ya lo se, pero debes de entender que es una persona mayor que vive solo y necesita compañía, y no solo para beber, no me gustaría estar en su piel cuando tenga su edad.
-Mira Juan, tu siempre tan comprensivo, tan bueno, pero no te das cuenta que en esta vida si te portas así, nunca serás nadie, solo un memo al que se la pegarán cada vez que se enfrente a los problemas. –Luis parecía mi padre, dándome lecciones de cómo hay que comportarse en la vida, pero yo le dejé que descargara su rabia, creo que en el fondo era él, el que más miedo tenía metido en el cuerpo, pero su arrogancia y cabezonería le impedían demostrar sus temores.

Ese día nos fuimos a nuestras casas con el miedo en el cuerpo, y no era para menos, la historia de Miguel, aunque era descabellada, la forma que la contó y su rostro aterrador, nos hizo que a partir de esa noche, mirásemos de reojo hacia cualquier hueco donde la oscuridad no dejase ver mas allá, esperando a ese ente o ser maligno para atraparnos.

Pasaron un par de semanas cuando un día recuerdo que exaltado desperté en mitad de la noche, estaba aturdido me notaba algo raro, muy intranquilo, lo achaqué a un mal sueño, me asomé a la ventana de mi habitación y no se veía mucho, estaba todo a oscuras, volví a la cama para intentar reconciliar el sueño, pero antes me senté unos instantes, para tratar de serenarme, alargué el brazo para mirar la hora en el móvil cuando…. La habitación se iluminó… alguien me estaba llamando, mi estómago se encogió, me preguntaba quien era a esas horas. Por unos instantes dudé en cogerlo, estaba en modo silencio, motivo por el cual me tomaba el tiempo de aclararme si era un sueño o era real. Cuando fui al teléfono la luz se apagó, la llamada se cortó, busqué quien era y me quedé atónito cuando vi que era Luis, tenia tres ...


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