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Recuerdos & Sed - Primera Entrega

Autora: VGallager, peruana

7 min. Parte I

María avanzaba trémula, un sábado por la mañana, entre la ferocidad insospechada de las calles Limeñas y sus habitantes. Podía oír aún el gatillo y la explosión por contacto del revólver antiguo, viejo y oxidado de su padre. Sentía aquellos susurros entrecortados, el aroma a pólvora y sangre fresca. El sabor de esta, a hierro. Los gritos desesperados de alguien a quién no alcanzaba a recordar; el flujo bajo sus labios, aquel sentimiento envolvente, ardiente, violento que le quemaba la garganta cruelmente. El deseo incontrolable, la sed. Aquel estremecimiento salvaje, la sacia continua, la capacidad de volar. El sentirse libre.

Hoy era un día diferente.

Esta vez, lo sabía, podría controlar a la bestia. Podría controlarse a sí misma.

Depositó una moneda sobre la estantería y, sacudiendo el diario matutino, se encaminó a casa. Una vez más.

Encontró la puerta quebrada, abierta de par en par con una cinta amarilla cruzada alrededor, prueba evidente de una visita inoportuna. Ingresó con pasos lentos hacia la sala principal, sin mostrar señal alguna de alarma o zozobra.

El contacto de sus botas negras y lustradas con el suelo de madera, la firmeza de sus pisadas, y aquel aire militar le daban un aspecto soldadesco, más que el de una dama.

El eco inevitable captó la atención de algunos presentes y, mientras ella dejaba caer bajo sus hombros aquella vasta cabellera lisa y cobriza, el inspector de turno, un hombre casi calvo, pequeño y de mostacho monumental, acudió con pesar hacia su encuentro.

María no se inmutó, por el contrario, continuó inmóvil e inanimada, como un verdadero soldado.

El inspector, al verla, sonrió.

-Inspector: ¿Es usted la dueña del domicilio? –Preguntó, cortésmente.

-María: Sí –Respondió, asintiendo firmemente y, manteniendo la postura, dejó caer el diario sobre la gaveta.

-Inspector: ¿Vivía alguien más aquí? –Dijo, mientras la observaba de pies a cabeza.

-María: No

-Inspector: ¿Está usted segura?

-María: ¿Cree acaso que, siendo este mi hogar, no sabría si vive alguien conmigo o no? –Inquirió.

-Inspector: No quise decir eso, señorita, es sólo que –susurró, observando hacia las escaleras –, encontramos ciertas cosas que indican lo contrario –soltó, mientras sonreía una vez más.

María se vio acorralada ante la mirada penetrante del inspector y aquel detalle minúsculo pero importante. Rodó los ojos y, observando fijamente al inspector, dijo.

-María: Si se refiere usted a la recámara recientemente amueblada, sería de mis padres en unos meses.

-Inspector: ¿Sus padres, dice? –Preguntó interesado, mientras tomaba nota en un arrugado y descolorido libro de apuntes.

-María: Sí, mis padres –Respondió.

-Inspector: Y, ¿qué sucedió con ellos, por qué no están aquí, ahora?

-María: Eso no es algo que deba importarle, señor inspector –Replicó

-Inspector: Pero claro que me importa, SEÑORITA –Soltó, enfatizando aquella última palabra, mientras estiraba las engomadas puntas de su bigote y la observaba desvergonzado.

-María: Pues repito, no es algo que deba importarle. Recuerde, además, que está aquí por un caso de vandalismo, y no uno de inspectoría.

-Inspector: Pero es mi deber…

-María: ¡Nada de deber! Dígame tan sólo lo que ha sucedido, y váyase si no tiene nada más que hacer aquí

-Inspector: ¡¿Acaso no sabe con quién está hablando?! Soy el…

-María: No me importa quién diablos sea. Si no piensa hacer nada productivo, le pido por favor que coja sus porquerías y se largue de una buena vez

-Inspector: Usted, señorita, déjeme decirle que no tiene modal alguno

-María: Y usted inspector, debería aprender a hacer su trabajo sin tener la necesidad de mirarme descaradamente –Soltó enfurecida. Acto seguido, se dirigió hacia las escaleras y desapareció entre el marco de la puerta.

El inspector que, aún se encontraba parado en el mismo lugar, sin mover músculo alguno, refunfuñó –Niños insolentes, ¡habrase visto!

Parte II

Ya dentro de la habitación y, extendida sobre la enorme cama, completamente desnuda; María, observaba absorta el techo, pensando una vez más en lo sucedido la noche anterior. Esta vez se sentía saciada, saciada y extremadamente aliviada. Mantenía la vista fija en un pedazo de pintura blanca que empezaba a desprenderse lentamente, como esperando algo inminente.

Mientras las pequeñas luces amarillas de la ciudad se extinguían con el pasar de la noche, ella reconstruía lentamente cada escena con minuciosidad, esperando encontrar alguna pista que la encubriera con el crimen.

–Pisos pulidos, sábanas limpias…– Repitió mentalmente– espejos… ¡¿espejos?! Oh, mierda –Susurró. Levantó la vista al cielo y sonrió. Avanzó con una velocidad monstruosa hacia la planta baja, en el salón. Pasó entre un corredor estrecho que comunicaba la cocina con la parte posterior de la casa y, deteniéndose de golpe, gruñó.

–Esto debe ser una broma…

Se encontró en medio del invernadero con los cabellos enmarañados; el rostro completamente enrojecido, haciendo contraste con su piel de mármol y sin prenda alguna. Frente a ella, sentada sobre la estantería central, Moriel la observaba fascinada y sonriente, con un aire de perversión que bien podría sobrepasar los límites permitidos.

–Vaya, vaya. ¡Pero miren qué cosa para más bonita me vine a encontrar!

– Demonios…

–Los que hay en el infierno

–Moriel… –Balbuceó, mientras dirigía la vista al suelo

–Sí, yo entiendo–Dijo, sin borrar su amplia sonrisa– Apuntó con el índice hacia María y gritó – ¡Camisa! –Haciendo que ésta apareciera mágicamente sobre su torso desnudo.

–Gracias.

–Uhu, de qué.

Ambas se observaron fijamente y un silencio sepulcral inundó aquel espacio por escasos segundos que parecieron hacerse eternos. Moriel mojó sus labios color carmesí con la punta de la lengua, colocó hacia atrás parte de su flequillo revoloteado y parpadeó lentamente mientras rozaba su pulgar contra el borde de la gorra militar que traía puesta.

– ¿No deberías estar en la Academia? –Preguntó María, entre susurros

– Sí…

– ¿Sucedió algo?

–…

– ¡¿Ahora qué, Moriel?!– Gruñó, levantando ambos brazos en señal de claro enojo– No me digas que te han sancionado

–No…

– Y, ¿entonces?

– No puedo decírtelo…

– ¿Por qué?

– ¡Es contraproducente!

– ¿Para quién?

– Yo… –Murmuró– Yo… encontré a tu padre… atrapado en el espejo… –Soltó, con un hilo de voz casi inaudible

Los sentidos de María se agudizaron, y por un momento se vio humana. Podría jurar haber sentido cómo su corazón se detenía una milésima de segundo, y un escalofrío la recorrió de pies a cabeza.

–Puedo explicarlo

–No, no puedes.

–Pero puedo intentarlo

–Si el consejo se entera de esto, tú…

–Shh–Susurró, mientras se acercaba hacia Moriel y la tomaba por ambas manos– No se enterarán. Lo prometo

– ¿Y si lo hacen, eh? No quiero que te suceda lo mismo que a Aleve…

–Confía en mí– Dijo, aferrando a Moriel contra sí– Todo va a salir bien, pequeña. Créeme.

–Yo te creo, pero…

–Pero nada–Murmuró entre dientes, tomando el rostro fino de Moriel bajo sus manos y acercando sus labios a los suyos, sintiendo la calidez de su respiración, aceptando la corriente eléctrica que le incitaba a arquearse y suspirar ferozmente– Moriel, yo…

– No… No, no… –Soltó Moriel, mientras se alejaba a pasos agigantados

– ¿No?

–No… no puede ser que seas tan descuidada…

–Lo lamento… Prometo…

Un pitido resonó en el invernadero, seguido de un “ufsh” que se llevó consigo a Moriel, quien acababa de tele-transportarse, dejando a María con media palabra entre los labios y un sentimiento que hasta hace unas semanas atrás desconocía.

–Me lleva…


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