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La de la cebellera color sexo

Autora: Gabrielle Basoalto, mexicana

7 min. Lucía despertaba, como cada mañana, con la resaca de un amor perdido que duró seis años. Priscila. Entre dientes pronunciaba mientras sus ojos se despejaban lentamente hacia la luz de un nuevo día que le anunciaba que había tenido un sueño erótico con ella, puesto que el asombroso rayo de luz que cruzaba las cortinas le hacía ver que su mano posaba en su sexo como cuando Priscila lo hacía. Deslizó su mano hacia arriba para quitarse las lagañas acumuladas por tanto llorar y de paso disfrutar de su propio aroma a… ¿cómo decía Priscila?... ¿a arándano con un toque de naranja y una mesera sexi sirviéndolo? Algo así.

En-el-hoyo. Así le decían sus amigas: Adriana y Ariadna –casualidad de nombres y conspiración de sus padres–, al estado en el que se encontraba ella. La molestaban seguido por poner en su estado de Facebook: «Ojalá fuera un Dugtrio para no estar sola». En fin, eran sus amigas y tenían que sacarla de ese pequeño manicomio llamado: recuerdos.

La visitaban cada viernes y sábado irrumpiendo con un sonoro toc-toc-toc que parecía más un crash-crash-crash que retumbaba en la cabeza de Lucía, a lo que ella respondía con un: «Ya voy» muy apagado como cuando no tienes ganas de vivir.

—¿Qué quieren?

—Venimos cada viernes y sábado y sigues haciéndonos la misma pregunta.

—Es que estoy esperando que algún día se cansen y sólo quieran hacer una visita normal como la gente normal y no quieran sacarme de aquí.

—¿Normal? ¡Ja! Nosotras no andamos comparando la soledad con Dugtrio— ambas rieron y se dieron una nalgada en señal de haber hecho una buena broma.

—¿Jamás se cansarán, verdad?

—Jamás— a unísono contestaron.

La obligaron a vestirse como cada viernes y sábado y a que les preparara el desayuno, pero en esta ocasión la empujaron a hacer otra cosa. Al terminar el desayuno, tomaron varias cajas y la sometieron a que tirara todas las fotos que tenía con ella. Ella, la que le derrumbó el mundo y se fue sin avisarle.

—No quiero tirarlas, ¿qué tal si vuelve? Se enojará conmigo si no las ve.

—Se fue hace diez meses. ¿En verdad crees que volverá?

—Sí— su voz se apagaba mientras su cabeza descendía y sus conductos lagrimales comenzaban a emanar pequeñas gotitas que escurrían hasta el suelo.

—Sabes que no volverá. Ya es tiempo de que vuelvas a ser tú. Te dejaremos sola unas cuantas horas, pasaremos por ti en la noche y nos iremos de antro, ¿ok?

Lucía asintió con la cabeza a pesar de que nunca le ha gustado ir de antro. Siempre ha sentido que no es lo suyo, quizá es porque prefiere estar detrás de la barra sirviendo bebidas y tener estilo, porque sólo eso necesita: estilo, no bailar. Ella odia bailar.Pero aun así acepta ir por el hecho de que quizá Priscila, la de la cabellera de luna de miel, aparezca como aquella primera vez que se vieron.

Las horas pasaron y Adriana y Ariadna la recogieron para irse a The other side –único antro gay de la zona. Te podías dar cuenta de eso porque ya todas y todos se conocían. Pasabas y te saludaban con un amistoso o a veces forzado hola; o si eras nuevo todas las miradas se posaban en ti desvistiéndote hasta sentirte violado–.

Entraron y todos saludaron a Adriana y Ariadna –no era para menos–. Los holas que se depositaban en Lucía venían acompañados de un tono muy peculiar como cuando vas pasando cerca de una construcción llena de albañiles en minifalda y un peinado elegante –tampoco, era para menos–. Sus años detrás de la barra le dejaron una buena reputación. Era la intocable. La que llegaron a creer que era buga porque no a cualquiera prestaba atención. Su sonrisa blanca como comercial de pasta dental brillaba a kilómetros, acompañada de una frescura y galantería que sólo ella poseía. Priscila lo notó aquella noche que la conoció.

—Dinos quien te gusta y te la conseguiremos.

—No quiero a nadie… al menos de aquí.

—¡Ash!, no seas antipática— la sincronía que tenía «doble A» era de espanto—. Recuerda la regla: No woman, no car.

—Eso no rima ni tiene sentido.

La dejaron hablando sola con los pensamientos de que era una estúpida regla que solo tenía una solución: comprarse un carro.

Lucía veía a «doble A» embarrársele a una mujer que era nueva en el lugar. Claro, es la única que no las conoce. Las horas pasaban y se hacía más tarde. Lucía sólo miraba el reloj y le daba el segundo sorbo a la cerveza que le habían traído desde hace unas dos horas.

—No estés triste— una voz le decía. Lucía volteó rápidamente a ambos lados para ver quien intentaba consolarla. —Soy yo— la bartender del momento volteó la cara de Lucía hacia ella, a lo que Lucía respondió con un movimiento brusco en señal de que la dejara.

—No muerdo— la intentó convencer de que no era una amenaza. —No hay nada mejor que sacar tus penas con una desconocida.

Lucía no soportó más y se largó de aquel lugar que tanto la llenaba de recuerdos:

—Otro whiskey, por favor— la desconocida de la cabellera de puesta de sol le pidió a Lucía mientras agitaba sus dedos como si esperara a alguien.

—Señorita, éste es su quinto whiskey y no ha querido pedir botana, ¿quiere que le pida un taxi?

—No, estoy bien— se levantó de su asiento y volvió a sentarse porque el agitar del suelo fue muy brusco para la salida de pasarela que quería hacer.

—Creo que no está bien— Lucía le dijo. La desconocida la miró fijamente con un lento parpadear.

—¡Qué bonita sonrisa tienes!

—Jeje, gracias— la modestia de Lucía fue muy grande puesto que se reservó el comentario de que no era la única que se lo decía.

La desconocida miró de nuevo a Lucía por diez segundos, diez segundos que Lucía creyó que habían sido horas.

—¿Por qué me observa tanto?

—Porque no quiero que el efecto del alcohol me haga olvidarte.

—¿Espera usted a alguien?

—Hace dos horas dejé de esperarla…

Esa noche fue larga. Lucía y la desconocida de la cabellera de marca Ferrari hablaron hasta que se acabó el turno de Lucía de atender la barra. Jamás se había oído conversación tan interesante. Hegel ni Dragon Ball Z habían tenido tanto en común como en esa conversación. Jamás.

La oscuridad aún sometía al día cuando salieron del antro. Lucía invitó a la desconocida a pasar lo que restaba de noche en su departamento. Lucía no solía hacer eso. La desconocida aceptó porque la, ahora favorita, bartender la había salvado en el momento en el que le suspendió la ración de alcohol y la atascó de frituras para que se alentara el recorrido del alcohol a su cerebro. Ambas se sentaron en la pequeña sala conformada por puffs beige que combinaban perfecta y únicamente con el elevador comunal. Sólo se miraron. Lucía fue la primera en despertar del trance y se levantó del puff cuando una mano, repentinamente, la detuvo. La desconocida se elevó hasta rozar con su boca la boca perfecta de la residente de aquel lugar. Hubo un silencio que permitió oír el tiiiiiiiii del vacío retumbar en los oídos de ambas. Lucy no aguantó más y la besó. La besó como nunca antes había besado a alguien. Sus cuerpos se estrecharon como si hubiesen querido fundirse. La iniciadora del beso la condujo hasta su cuarto si despegarse de ella. Ambas se tendieron en la cama azarosamente ya que no había la suficiente luz como para delinear la ubicación completa de la cama. La de la caballera de luna llena de octubre se montó en Lucy tomando sus manos y obligándola a que las dejara quietas. Reanudó lo besos y las caricias. Le comenzó a besar el cuello que la respiración agitada de Lucía no se hizo esperar. Ambas querían darle placer a la otra cuanto antes pero la desconocida era más fuerte. La playera de ambas fue lo primero en desaparecer. Luego el brasier y el pantalón de Lucía. Los gemidos eran escuchados por los vecinos; algunos se deleitaban, otros se tapaban los oídos y ponían música sobrepasando los decibeles establecidos.

La desconocida dejó un camino de besos desde el mentón hasta el vientre de Lucy. La desprendió de la ropa interior y le abrió las piernas de una manera delicada y llena de ansias por probar.

—¡Hazlo ya!— exigió Lucy.

La de la cabellera de tango introdujo su lengua todo lo que pudo hasta que su anfitriona gritó. La sacaba y metía repetidas veces; eso sólo era el preludio, la quería preparar. Su lengua pasó al botón mágico que se encuentra en aquella zona y lo presionó seguido de un espasmo en la espalda de Lucía.

—Me vengo—.

Al escuchar estas palabras, la desconocida subió rápidamente hasta la boca de aquella mujer recostada en la cama que estaba a punto de tener el orgasmo más grande de su vida. Lucía estaba desesperada, no podía terminar así, era injusto, frustrante, molesto; pero no contaba con que su invitada bajaría la mano y prepararía los cinco dedos para introducirlos en ese lugar tan expandible.

—Espera, antes de que lo hagas, ¿cómo te llamas?

—Priscila—. Y le introdujo toda la mano.


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