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Si me dejas arrancarte los ojos

Autora: EliceaRoj2, mexicana

40 min. Partes 1,2,3 y 4

- ''Si me dejas arrancarte los ojos, amor mío, me harías feliz.

Quisiera quemarte el corazón, sellarte la memoria.

No quiero que me ames. Quiero dejarte la boca para que me hables y para que me beses. Y todo lo demás de tu cuerpo, que es delicioso. ‘‘

Recitaba frente a un público de veinte personas, me sentía segura de mí, no tenía ninguna duda: ganaría.

Terminé y me aplaudieron con ganas. Pasé a sentarme con el público mientras esperábamos el último recital de una tal África, así la presentaron. Me encontraba cansada y exhausta, cerré los ojos mientras esperábamos… Me relajé en la espera. Y escuché una voz que me fascinó, me dejó encantada, ‘’abrir los ojos sería perder el encanto’’ pensaba.

- ‘’Me gusta cuando callas porque estás como ausente,

y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.

Parece que los ojos se te hubieran volado

y parece que un beso te cerrara la boca. ’’

Y sí, no abrí los ojos en ese lapso.

- ‘’… Eres como la noche, callada y constelada.

Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo. ’’

¡Qué voz! Un tanto grave, seductora.

- ‘’… Distante y dolorosa como si hubieras muerto.

Una palabra entonces, una sonrisa bastan.

Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto. ‘’

Dio por finalizado; me quedé con los ojos cerrados, sentada y sin hacer nada, pensando en la belleza de su voz, de su entonación, en su vocalización, la manera en cómo utiliza las pausas, su métrica… ¡Todo! ¿Aún he de ganar? Dudaba de mi triunfo, dudaba de mi voz. El público aplaudió con más ganas.

Abrí los ojos y observé a mi alrededor, ya todos estaban de pie, algunos me miraban, quizá pensaron que dormía o quizá no pensaron nada.

Me levanté y me encaminé a la puerta de salida. Ya los resultados los sabré de cualquier manera.

Sólo quería dormir; realmente no me importaba asistir a clases, pensé que lo mejor sería ir a descansar y ya mañana asistir normalmente. No pensaba nada, dejé de pensar en esa voz un tanto grave que me fascinó, mi mente estaba apagada, sólo pensaba en llegar a casa y recostarme.

Y así lo hice. Dormí todo lo que restaba de la tarde y toda la noche.

A la mañana siguiente desperté, tenía que llegar a mi primera clase, temprano. Ya tenía una advertencia en aquella clase: una falta más y estaba dada de baja. Me bañé, me cambié… En fin, lo que la mayoría de nosotros hacemos antes de salir a algún sitio.

Tomé el transporte público y al bajar sentí un gruñido en el estómago, no había comido nada desde ayer.

Pasé a la cafetería de la escuela y me compré un sándwich, pensé que el pan lo sentiría seco por lo que también me compré un agua. Y desayuné tranquilamente sentada en algún área verde (jardín) de la escuela, terminé de comer y aún tenía quince minutos antes de mi primera clase por lo que me encaminé a donde se juntan unos cuantos amigos, entre ellos Cristina, vaya… Cristina, era mi mejor amiga.

Tan difícil me es hablar de ella, de lo mucho que en algún momento me hizo sentir al mirarla, cuando me miraba con amor, sí, creo que me miraba con amor. Ya la he besado, sólo toqué sus labios ligeramente, sutilmente.

Me parecía tan hermosa, sé que sigue siendo hermosa, pero ya no me lo parece; creo que por ella dejé de ser cariñosa, no es que ella me hiciera algo, simplemente acabó con todo lo que sentía, con sus palabras, con su comportamiento, en unas ocasiones frío, distante, en otras ocasiones tan cariñosa. Comportamientos que de cierta manera me hacían sentirme más atraída, yo diría me enamoraba más con sus diferentes cambios; pero bien, todo termina en un momento y su momento y el mío ya terminó.



Caminaba con calma, ya de lejos lograba divisar a Cristina, platicaba con Jamel y otros cuantos amigos, decían algo y soltaban la carcajada, ‘’se deben estar divirtiendo’’ pensaba y con ese pensamiento me llegó un recuerdo, una conversación en la que por primera vez aceptaba que estaba estúpidamente enamorada de Cristina y digo estúpidamente porque no sabía estar sin ella, porque me dolía hasta el alma saber que dormiría con él, que la besaría con sus labios secos, que esos labios le rasparían la piel, que la tocaría sin ninguna delicadeza. Sabía que Cristina me gustaba, pero, ¿enamorada? Sí, lo terminé de entender aquella vez que hablé con Jamel.

- Me duele cuando me habla de él, ¿sabes? De su novio, detesto hablar de él. Detesto que ella me diga que lo ama, que me repita que lo ama. Cristina sabe que no me gusta hablar de él, sé que lo sabe, porque le he dicho que no se bese delante de mí porque no me gusta y, no creo que sea tan estúpida para no darse un poco de cuenta de lo que me hace sentir – le decía a Jamel, mientras, estábamos sentados en el suelo viendo a la gente pasar, estábamos en la escuela, donde nos reunimos mis amigos y yo.

- Debe serlo, mira, viene con él caminando hacia acá.

- Sí…



No sabía qué hacer, a veces logro controlar perfectamente mis emociones, sólo a veces y ésta fue una de esas. Yo le hablo al novio de Cristina y es una lástima para mí que el tipo me agrade. Al verlos venir nos pusimos de pie y nos quitábamos con las palmas de las manos el polvo que seguro se pegó a nuestra ropa.

- Hola – dijeron los dos al unísono y tomados de la mano.

- Se ve que tuvieron una gran noche, ya les viste la cara – me dijo Jamel al oído con un cierto tono de broma y de ironía en la voz, era cierto, los dos tenían una enorme sonrisa en la cara. Me provocó una sonrisa la broma de Jamel y le solté un codazo.

- Hola – les di un beso a cada uno en la mejilla - ¿Cómo están?

- Bien, gracias – me contestó el novio de Cristina, ya sin ninguna sonrisa, más que nada serio, supongo que pensó que nos burlábamos de él, o mejor aún de los dos.

- Hola – ahora saludó Jamel.

- ¿Cómo están? – preguntó casi por costumbre Cristina.

- Igual bien, gracias – contesté por mi parte y la de Jamel.

Quedamos en silencio, de alguna manera incómodo y como era de suponerse la conversación no duró para más; ellos dos se sentaron en un par de rocas que es donde se juntan mis amigos, entre ellos, claro, Cristina. Se besaban, él le acariciaba la cara con dos de sus dedos, ella le sonreía para luego verse a los ojos, se quedaban mirando a los ojos con tanto a amor. Me sentí fatal.

Busqué a Jamel detrás de mí y se encontraba platicando con los demás; tiré de su mano y lo abracé, sólo lo abracé, no necesitaba nada más. Él me entendía.

- Ella me mira así, me mira como lo mira a él Jamel – le decía mientras lo abrazaba por la cintura, él es alto; si yo me considero alta, él todavía más.

Dejé de recordar porque ya me encontraba frente a mis amigos, saludé a uno por uno con un beso en la mejilla, Cristina estaba entre ellos, también le saludé.

- ¿Qué tal ayer? ¿Ganaste? – me preguntaba Alejandro, uno más del conjunto de amigos.

- ¿Sí? ¿Ganaste? – Me preguntaron los demás.

Cristina no decía nada, sólo me miraba, me miraba sin nada en la mirada. Estas últimas semanas ya no hay nada bien entre nosotras, nos perdimos en algún lugar del camino; ya no hablamos, ya no hacemos nada más que saludarnos. Ya no tenemos nada.

- Ah, no sé. No quiero saber – dije mirando a Cristina sin disimulo, me molestaba que no me prestara ni un mínimo de atención. Se puso de pie y se fue a saludar a no sé quién.

- ¿Por qué? – volvió a preguntar Alejandro, los demás me miraban.

''Curiosos'', pensaba.

- Me fui de ahí antes de que dieran los resultados, pero... Creo que esta vez no ganaré – me costó decirlo, siempre ganaba.

Me descontrolaba saber que alguien me podría ganar, no sabía quién era África, ni mucho menos había escuchado su voz antes.

- Bueno, los veo después, tengo que ir a clase y creo que ustedes también – dije con una pequeña sonrisa y me retiré antes que preguntaran más.

SI ME DEJAS ARRANCARTE LOS OJOS

ll



- Bueno, los veo después, tengo que ir a clase y creo que ustedes también – dije con una pequeña sonrisa y me retiré antes que preguntaran más.

No es que esperara que Cristina me hablara, hace tanto que no hablamos que he dejado de esperar algo de ella; pero por Dios, que se dé cuenta que su indiferencia aún me duele, quizá, sólo quizá podría ser la costumbre que hace que este tenue dolor siga presente.

Con este pensamiento me dirigía a mi clase. Entré y me coloqué en los últimos lugares del salón. Ingresó unos minutos después de mí la profesora e impartió la clase sin ninguna novedad para los ahí presentes. Yo pensaba, pensaba en Cristina, en sus labios, en su mirada, en sus manos, sus manos que no me gustaban más que sus labios, pero no me dejaban de gustar sus dedos, sus delgados y largos dedos. Muchas de las veces que nos sosteníamos de las manos y las entrecruzábamos pensaba: ‘’Tus dedos encajan perfectamente en el espacio de los míos’’. Y mis palabras se ahogaban en mí, no salían. En seguida pensé de nuevo en sus labios. He llegado a creer que siempre, aún no sé qué tanto implique siempre, pero siempre ansiaré sus labios ...
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