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Las noches de Perséfone - 2

Autora: Joliene, mexicana

11 min. Los siguientes días, no supe nada de Perséfone, la casa siempre estaba sola, por decirlo así, estaba yo y una señora de servicio, que era el ama de llaves y la voz de mando de esa casa… el siguiente día me limite a estar encerrada en el cuarto, ella tocaba y me dejaba fuera la comida, pero yo no quería comer, no me sentía con ningún tipo de apetito.

Al día siguiente por la mañana, toco la puerta de manera muy firme.

-Buen día – dije al abrir la puerta un poco asustada.

-Buen día, señorita, ¿se siente enferma? – me pregunto con un genuino interés y una voz de lo mas maternal.

-Hummm, no, me siento bien – repetí apenada.

-Entonces venga a comer a la mesa como la gente – dijo en un tono maternal, mientras daba la vuelta por el pasillo –tiene 5 minutos para estar en la mesa – dijo mientras se alejaba.

Así que yo, regrese al cuarto y me cambie rápido para ir a desayunar.

Al salir de la habitación me di cuenta que solo había visto dos cuartos, la sala grande donde me habían recibido y el cuarto donde Perséfone me había alojado, nada más…

Camine por un pasillo viendo que fuera, todavía seguía la seguridad, varias camionetas negras, con los vidrios polarizados, pensaba para mis adentros que aquí estaba lleno de matones o narcotraficantes, pero había sobrevivido dos días y no planeaba desistir.

Caminaba sin rumbo por la casa cuando escuche, la voz de la señora que me llamaba – Señorita, venga que se enfría – di la vuelta y había puesto la mesa para un regimiento, pero estaba yo sola.

Me senté y ella empezaba a retirarse cuando la detuve, tenía que conseguir algunas respuestas.

-Disculpe – dije con voz bajita.

-Dígame señorita – dijo firme.

- ¿Podría acompañarme? Estoy cansada de estar sola – mi petición la puso muy confusa, me miro fijo y me dijo – Eso no le va a gustar a la señora -.

La mire a los ojos y casi con una súplica le dije – Por favor… yo no diré nada y si ella dice algo yo diré que yo lo pedí –me miro fijo un poco más, con la duda clara si podía confiar en mi o no. Al final se sentó a mi lado.

-¿Cómo se llama? – le pregunte

- María, Señorita – me dijo sonriendo

-Mucho gusto, yo soy Joliene, no tiene por qué llamarme señorita – dije tratando de crear un nexo.

-Es mi trabajo – repitió, despacio.

- Bueno, por favor solo llámeme Joliene – dije de nuevo.

- Es usted muy diferente a la Señora…y a las Señoritas que han venido antes a quedarse – dijo sorprendida.

-¿En que soy diferente? – dije tratando de obtener información.

- No sé, es usted más gente – dijo (después me entere que eso hace referencia a que una persona es mas cálida o mas cercada).

-Gracias – me limite a decir – ¿Dónde está la Señora? – me atreví a preguntar.

- Bueno, en sus cosas, se fue ayer, me dijo que la cuidara – dijo muy seria.

-¿Cuándo regresara? – pegunte de nuevo.

- Nunca se sabe – dijo moviendo la cabeza – Dios la proteja, ya sabe señorita, cuando uno está metido en esas cosas, no se sabe si uno va a regresar- dijo al tiempo que se percinaba.

-¿Qué hace la señora? – pregunte curiosa.

- Ya sabe – dijo seria – “negocios”, lo que toda gente con dinero hace,” negocios”…- dijo tratando de justificar – pero ella no es mala, a veces la vida sola te lleva a la mala vida, a hacer cosas que uno no cree capaz, pero ella no es mala-.

-No, no es mala –dije sonriendo, al final era verdad, si seguía viva era porque se había compadecido de mí. Así que no podía decir que fuera una mala persona, así fuera, una persona “de negocios”.

La señora María, termino por contarme que ella vivía cerca en un pueblo antes que Perséfone se mudara aquí, en medio de la nada, que sus hijos trabajaban para la Señora desde hace años, que ella se encargaba que los niños del pueblo fueran a la escuela, que había gente que no la quería, pero bueno, al final con toda la gente era así, existe gente que te quiere y gente que no.

Era más que obvio que algo de todo esto era ilegal, pero tenía que olvidarme de mis ideas de moral, solo quería sobrevivir en este punto.

Al terminar de desayunar, me levante de la mesa con el plato en la mano, vieja costumbre que me impuso mi mama.

-Noooo Señorita, deje ahí que yo levanto la mesa –me dijo María deteniéndome.

-Platos sobra – dije señalándole la mesa - si me llevo el mío no pasa nada, aparte, yo no le voy a decir nada a la señora, y si mi mama se entera que no levanto mi plato este yo donde este viene y me mata, así que déjeme María – dije riendo.

María se hecho a reír, negándolo con la cabeza pero me dejo llevar mi plato a la cocina mientras ella terminaba de levantar todo lo demás, me quede todo el día con ella en la cocina, mientras me hablaba de sus hijos, de su nieto que recién había nacido y como la vida en el campo era dura pero feliz, yo, trate de escucharla todo lo que pude, sabia bien que no había nadie mas, al cabo de unas dos o tres horas hablando, le pregunte.

-¿No te da miedo María?, todos esos encapuchados afuera, mal encarados con pistolas.- dije mientras reía para que no sintiera mi estrés.

-No se preocupe Señorita – dijo entre risas - esos son los perros de la Señora, y como los perros, nunca entran a la casa, si alguno le dice algo me dice a mí y yo los pongo a raya – dijo sonriendo para darme confianza.

- ¿y que haces aquí tu sola María?, si la Señora nunca esta, supongo que la casa no se ensucia – dije de verdad extrañada.

- Cuando la Señora esta, hago comida, veo que coma, le arreglo la tumba a su mama, limpio la casa. Pero es verdad – dijo pensativa – cuando no esta ella, no hay nada que hacer, veo la tele y cuido a los perros – dijo con un gesto de desprecio mientras apuntaba a los hombres armados que estaban fuera.

-Bueno, pues supongo que yo estaré aquí un tiempo, ¿puedo? – le dije para que sintiera que la tomara en cuenta.

-Usted es muy gente señorita, me da gusto... que la Señora por fin… - dijo deteniéndose de golpe al hablar –

-¿Por fin que? María- dije extrañada.

-Nada señorita, cosas que uno piensa – dijo tratando de corregir la imprudencia.

-Bueno – dije tratando de interrumpir para hacerla sentir mas cómoda – La Señora me dijo que podía estar en la casa… ¿me la puedes mostrar?- dije para aliviar el estrés y porque me daba curiosidad una casa tan grande en medio de paredes.

María sonrió y me dio el tour de la casa, era una casa enorme… no existe otra palabra ni forma para describirla, 5 habitaciones, una piscina interna, 2 salones de fiesta,2 salas tipo recibidor, 2 oficinas, algo parecido a un cine con 12 butacas, un comedor de enorme y una cocina gigante. Después de pasearme por toda la casa, me fue imposible no preguntar – María ¿tu limpias este monstruo gigante de casa? – le dije extrañada.

-Nooo – se limitó a decir – yo cuido a la Señora y me encargo de que todo este como a la Señora le gusta.

-Hummm- dije pensativa – entonces tu eres la Nana de la Señora – dije riendo.

- Si – dijo riendo – Alguien tiene que cuidarla -.

Pasamos el resto del día juntas, hablando de todo y de nada, entre las muchas cosas que María me conto, fue que siempre había querido aprender a leer y nunca había podido, antes no se usaba que las mujeres estudiaran, al menos en su pueblo, ella se lleno de hijos muy rápido y le fue imposible. Yo le explique que mientras yo estuviera ahí, yo podría enseñarle, fue la primera vez que vi que a María sele iluminaron los ojos, quedamos que ella tendría que conseguirme un libro un cuaderno y un lápiz. Al inicio pensé que mi opción para huir mas fácil era esa, hacer que María fuera mi amiga y eventualmente o me liberara o convenciera a Perséfone de dejarme libre… pero bueno, era una opción y había que tratar.

Cuando llego la noche, María mando a uno de “los perros” como ella les decía a conseguir lo que yo había pedido.

A la mañana siguiente había en la mesa, el libro de 100 años de soledad, de García Márquez, un cuaderno un lápiz y 2 cartas de sus hijos, que era lo que María en verdad quería leer.

Después de desayunar en la cocina, por petición mía, porque honestamente me parecía muy exagerado el hecho de poner la mesa para comer sola, le leí las cartas de sus hijos a María. Vivian lejos, uno en California, otro en Carolina del Norte, habían migrado por necesidad antes de que la Señora la contratara por así decirlo.

Así que empezamos por el inicio, a dibujar las letras una por una…y en eso estábamos cuando no notamos que Perséfone había entrado en la cocina y nos miraba desde el marco de la puerta, a María dibujar las letras torpemente y a mi obligando a que la repitiera, para que aprendiera cada una, su sonido ..

-Esta es una A, y suena A como en abeja, esta es una B y suena b como en burro, esta es una C y suena ce, como en cielo- repetía cada letra haciendo el sonido y dándole un ejemplo, para que entendiera el concepto.

Perséfone espero hasta que llegáramos a la letra E y dijo – Esta es la E, de dE quE Estan haciendo –dijo remarcando todas las E, con un tono mas fuerte.

María se asustó y se puso de pie – nada Señora, ¿necesita algo? –

-María y yo estamos leyendo – dije despacio para hacer que María se sentirá ...
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