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ψ A voz escrita ψ

La guardiana...

El viento agitaba las puntas de los pinos, que se erigían afuera de La Academia de Guardianes. Era una enorme construcción de piedra gris y opaca, carente de adornos o distracciones hermosas y brillantes, para que los alumnos se concentraran todo el tiempo en trabajar. La meta de los aprendices era graduarse para entrar al servicio de la clase noble de las hadas. En el reino de Fatum, la posición social lo era casi todo.
En aquellos instantes justamente, una multitud de hadas formaban una cerca, alrededor de los últimos combatientes. Expectantes, tanto profesores como compañeros, observaban, esperando que uno cayera inconsciente. El murmullo de las apuestas estaba hirviendo ya sobre los dos bandos; aunque, a decir verdad, las dos terceras partes del alumnado se inclinaban por el hombre. Y, como apoyo a sus deseos, la joven cayó sobre la dulce y suave hierba por tercera vez.
Los mechones color avellana caían sobre su rostro y su boca estaba llena de trozos de hebras verdes, que tuvo que escupir con vehemencia. Arianna se maldijo por no haberse trenzado el cabello adecuadamente, cada hilo sobre sus ojos nublaba su visión y la entorpecía en sus ataques. Sus brazos temblaron, quejándose, cuando los obligó a levantarla. Detectó un desagradable sabor metálico en la boca: estaba sangrando. Apenas pudo asomarse un poco hacia el público y los escuchó; su grito ensordecedor y unánime: “¡Garrik! ¡Garrik! ¡Garrik!”.
Traidores. Ni siquiera por el hecho de que había dado buenas peleas anteriormente podía darle un poco de apoyo, no pedía mucho, aunque fuera unas falsas esperanzas y unos pequeños gritos de aliento. Sonrió un poco, por lo menos sabía que Siseil se estaba desviviendo en apoyarla, aún cuando su voz dulce fuera ahogada por el resto.
‑Espero que el resultado de este encuentro no afecte nuestra relación, Ari –dijo Garrik, con una sonrisa de suficiencia en su bronceado rostro.
Antes que pudiera llegar a ella, la joven hada logró levantarse.
-Sólo si tu ego soporta que tu mejor amiga te gane –soltó, antes de correr hacia él y lanzarle una patada en el rostro.
Garrik se tambaleó hacia atrás, sorprendido. La multitud jadeó. Arianna no desaprovechó la oportunidad, con otro impulso cerró su mano derecha en un puño y lo dirigió al rostro de su amigo, sin embargo, para su gran frustración, él lo detuvo.
-Ríndete –lo escuchó decir, intentando sonar indiferente, pero Arianna pudo ver su pecho subir y bajar de forma agitada.
Estaba tan cansado como ella. Tal vez sí tenía probabilidades de ganar, después de todo.
Cuando Garrik repitió la petición, ella, en lugar de responderle, lo golpeó en el abdomen. Mientras el hada la soltaba del brazo, Arianna brincó, girándose sobre sí en el aire y lo pateó con el talón en la curva del cuello. Ambos cayeron al suelo, uno sobre otro. La joven, esperando la respuesta de su oponente, se levantó de un salto pero, cuando se acercó a Garrik, notó que éste ya no se movía. Arianna se agachó un poco y colocó dos dedos sobre la vena de su cuello: latía fuertemente. Él había quedado inconsciente.
Las hadas mayores, al ver que uno de sus estudiantes no se movía, se acercaron y cuando sus ojos severos terminaron por inspeccionar a Garrik, estuvieron de acuerdo en el resultado.
-¡La ganadora! –exclamó la profesora Lionnely, levantando el brazo de la joven-. ¡Arianna Elleahl!
La primera en lanzarse a sus brazos, con un grito de alegría compartida, fue Siseil.
-¿Sabes lo que significa esto? –casi le gritó en el oído.
Arianna se rió del entusiasmo de Sise.
-¿Qué me convertiré en una de los guardianes de la familia real? –aventuró, aunque todo el mundo en la Academia lo sabía.
Sise negó con la cabeza, su cabello dorado se agitó sobre sus hombros.
-¡Mejor aún, podrás ver de cerca a Nathan!
La joven puso los ojos en blanco, con su tendencia a tener un corazón volátil y ojos pícaros, no le extrañaba que su amiga sólo pensara en el príncipe.

Después de colgarse su bolsa de tela al hombro, Arianna estaba lista para salir de las paredes oscuras de la Academia. Sentada en el banco de madera, esperaba que Lionnely saliera de sus habitaciones para recibir las últimas instrucciones. Agotada, se recargó contra el respaldo y cerró los ojos un momento. No se dio cuenta que se había quedado dormida, hasta que alguien agitó gentilmente su hombro.
Era Garrik.
Arianna lamentó mucho ver su pómulo derecho enrojecido y el parche que cubría parte de la curva de su cuello.
-¿Qué dijo el sanador?
Su amigo se encogió de hombros y, después, sin poder evitarlo se rió.
-Nada grave, pero me quedará una marca por mucho tiempo para recordarte –contestó-. Además, creo que él dijo algo sobre que no le gustaría cruzarse en tu camino cuando estés enfadada.
Arianna hizo una mueca.
-Sólo te vencí y eso no me convierte en una asesina a sangre fría –soltó un profundo suspiro-. Lo siento.
Garrik la rodeó con sus brazos.
-Fue una pelea justa, deja de lamentarte –dijo-. En realidad yo soy él que te compadece, he escuchado ciertos rumores sobre el humor de la princesita…
Ella se liberó de su agarre y lo golpeó en el hombro.
-No juegues –dijo. Sin embargo, Arianna pensaba que tenía algo de razón, en todo Fatum no había una sola hada que no conociera a Giselle y su mal carácter. Y, a decir verdad, esperaba que fueran sólo exageraciones-. De cualquier forma, yo me encargaré de su seguridad, no de su educación.
-Tienes razón –coincidió Garrik, asintiendo-. Pero, si es como dicen, te hará tu trabajo más difícil.
-¿Señorita Elleahl?
Arianna se levantó sobresaltada, no había notado cuando la catedrática se había acercado a ellos.
-¿Sí?
Lionnely le lanzó a Garrik una mirada severa.
-De acuerdo, ya entendí –dijo el joven. Tomó la mano de Arianna y la acercó a sus labios a modo de despedida.
Cuando Garrik desapareció por el pasillo, Lionnely se giró hacia su alumna y alzó las negras cejas hacia ella.
-¿Cómo es que alguien a quién acabas de golpear de esa forma se porte así contigo? –preguntó. Arianna se dio cuenta que estaba más atenta a las trenzas negras que colgaban sobre los hombros de su profesora que de lo que estaba diciendo, sólo notó cuando el hada movía la cabeza de un lado a otro, en un gesto de confusión. Por fortuna, vagamente le llegaron las palabras de su cuestión.
-Somos buenos amigos –contestó ella, encogiéndose de hombros.
Por la mueca que se formó en los labios rosas de la catedrática, Arianna supuso que no estaba del todo convencida con la respuesta.
-Bueno –dijo, haciendo un gesto con la mano-, volvamos a los asuntos importantes. Como ya has terminado las pruebas de la Academia y has vencido a tus oponentes en la competencia de guardianes, puedo decirte que tus estudios aquí han terminado. Y, debo añadir, te tocó el mejor año para graduarte porque el rey Imre ha solicitado un nuevo guardián para su hija, Giselle.
Arianna, quién ya sabía esa información –al igual que el resto de los estudiantes- asintió.
-Antes de las pruebas –prosiguió Lionnely- hablé con él y con su consorte y están de acuerdo en recibirte mañana en la noche, bueno, al ganador, porque aún no saben quién eres.
-Pero… ¿Les enviará la información? –el nerviosismo se comenzó a apoderar de Arianna. Si ellos no la conocían… quizás ni siquiera la dejarían entrar a la mansión real…
-No es necesario –la tranquilizó con una sonrisa. Le extendió un papel con el sello grabado de la Academia-. Con esto será más que suficiente.
Un tanto insegura, Arianna tomó el papel y se lo guardó en el bolso.
-Gracias.
-Mañana en la noche. No lo olvides –le recordó.
-¡Sí! –exclamó, mientras caminaba, rodeada de los muros de piedra grisácea y las docenas de puertas de madera oscura; el lugar al que ya no volvería, por lo menos en el plan de aprendizaje.

Sobre el camino de tierra, las huellas de Arianna dejaban un rastro sutil; el sonido de sus pasos se perdía con el bullicio del resto de las hadas. Las casas de madera se alineaban a sus costados, con los techos en forma de A luciendo sus múltiples colores vistosos. Giró en la esquina de Sheill y Haishy, esperanzada por llegar a su casa cuanto antes. Caminó apresuradamente al distinguirla: pequeña, de madera oscura, con un lapacho adhiriéndose a ella con sus raíces fuertes y curiosas; dibujando espirales desde los cimientos hasta el techo. El hada sonrió al ver su casa espolvoreada con flores rosas, cubriendo la hierba y parte del pórtico.
Siguió su camino, sin darse cuenta que su vecina, Eleah, agitaba la mano para llamarla. Una ráfaga de viento tiró de su cabello, ya que ella, como todos los pobladores del reino y pertenecientes a la estirpe de las hadas, tenían la capacidad de manipular los elementos.
Arianna soltó un pequeño quejido en protesta, y se giró para buscar a su agresor.
-¿Por qué hiciste eso? –cuestionó, observando como el rostro moreno de Eleah se iluminaba en una sonrisa divertida.
-No me hacías caso –respondió el hada. Se inclinó un poco y Arianna pudo ver los espesos rizos oscuros cayendo sobre su rostro. Sus labios gruesos hicieron una mueca y empezó a agitar sus manos sobre una florecita amarilla; Eleah hizo otro movimiento con los dedos, como si tocara un piano invisible y dibujó un camino, a unos centímetros de la hierba. Una ristra de plantas, luciendo sus pétalos en distintos tonos de amarillo, surgió a sus pies.
-¿Querías decirme algo? –le preguntó Arianna, acercándose, teniendo cuidado de no pisar su creación.
-Quería saber cómo te ...
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