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ψ A voz escrita 2 ψ

Giselle..

Con el paso de los años, las hadas habían decidido desechar los accesorios innecesarios que distinguían a la realeza. Imre y Orlantha accedieron de buen grado dejar las coronas atrás; sabiendo que no era necesario un adorno sobre la cabeza para que sus súbditos distinguieran su poderío. Todo el reino de Fatum, desde las familias de clase alta, hasta el más desdichado de los clase baja conocían a la perfección los rasgos de toda la familia. Sin embargo, la reina no podía evitar la vanidad y, casi siempre, usaba una tiara de flores con pétalos blancos, cuyas puntas se coloreaban de un azul vistoso; el cual, por supuesto, podía cambiar a su antojo, dependiendo el tono de las vestiduras que llevara. Esa noche, una tela suave y ligera caía sobre su cuerpo, formando un hermoso vestido; se movía con tanta facilidad con ella que, cada paso que daba, la tela se agitaba a su voluntad, como si fuera agua lo que llevaba puesto. Su cabello ayudaba mucho al efecto marino; era tan rubio que podía pasar por un blanco brillante, que caía como espuma sobre sus hombros. Había elegido un azul suave para hacer un contraste armonioso con el rey, quien estaba vestido con un pantalón y camisa de un azul oscuro.
En las Leyes Naturales de Fatum, había algo que molestaba a Orlantha y es que, con los principios que se había forjado ella misma, le era inconcebible que alguien de clase baja o media pudiera llegar a aspirar al trono. Por supuesto, el reinado tenía que ser transmitido a los hijos de los reyes actuales o, en caso de no tener ningún descendiente, pasaba a los parientes más cercanos, los que siempre resultaban de alguna familia de clase alta. Sin embargo, si un soltero ascendía al trono, él podía elegir compañera entre todo Fatum, sin importar clase social. Por ello, Orlantha estaba ansiosa de que Nathan escogiera una cónyuge de alguna de las familias nobles del reino. Era cierto que el príncipe casi siempre escogía una pareja que agradaba a Orlantha, pero cuando ella se daba cuenta que el objeto de su “encaprichamiento”, como la reina lo llamaba, se trataba de un hada de clase inferior, se preocupaba porque su hijo tomara la relación en serio. Sólo el hecho de que Nathan cambiaba constantemente de pareja, la tranquilizaba un poco. Además, siempre había creído que su hijo compartía su forma de pensar y jamás aceptaría como cónyuge a una plebeya.
Sin embargo, esa noche, se molestó un poco más al encontrar a aquella chica en su casa. El rostro de la joven se ruborizó al verla, se alejó de un salto de Nathan y se sacudió el pantalón. Mientras les hacía una reverencia, un mechón largo se zafó de su peinado y cayó sobre su rostro, el color marrón destelló bajo las luces del candelabro. Los ojos de la joven brillaban como gemas, pero una sombra de angustia los cubrió, adornando adorablemente sus delicadas facciones. No culpaba a su hijo por que le gustara, pero esperaba que sólo fuera algo temporal.

Arianna se había quedado sin palabras, el rostro de la reina lucía frío, sus ojos la miraban despectivamente; no podía creer que en su primer día hubiera causado tan mala impresión. Escuchó que Imre le preguntaba algo y, estaba tan sumergida en su vergüenza, que tardó un momento en contestar.
-Vengo de la Academia de Guardianes, su majestad.
El rey la observó unos instantes, con el ceño fruncido; no parecía muy convencido de su versión. Recordó, entonces, que traía una recomendación de la Academia. Desesperada, se la buscó en la ropa y se dio cuenta que aún la traía el príncipe. Su mirada cayó en Nathan, quien todavía seguía en el suelo; su mirada se elevó hacia ella, con evidente diversión. Riendo, el príncipe se puso de pie y le extendió la hoja (que ahora estaba arrugada y maltratada) a su padre.
-Eso responde a una de mis preguntas –asintió Imre, mientras le cedía el papel a su consorte-. Sin embargo, aún tengo curiosidad de saber que hacía en el suelo, encima de mi hijo.
Las mejillas de Arianna se calentaron más (si es que eso era posible) y tuvo que agachar la mirada unos instantes. Sabía que nunca tendría que haber accedido a la provocación del príncipe, por muy ansiosa que estuviera por demostrarle que podía ser una buena guardiana. Abrió la boca para explicar todo y disculparse profundamente, cuando la voz del príncipe se adelantó a la suya:
-Fue mi culpa.
Arianna estaba tan sorprendida por eso, que tardó un momento en volver a cerrar la boca. Tanto Imre como Orlantha parecían igual de sorprendidos, sin embargo, ellos habían conservado su elegancia; sólo sus ojos mostraban su consternación, mientras que el resto de su cuerpo se mostraba impasible.
-Le hice creer a la señorita Elleahl que tu, padre, habías ordenado una prueba para el hada que se presentara como guardián de Giselle y que tendría que vencerme para pasarla.
Esa era una versión completamente distinta a la real, pero Arianna fue lo suficientemente inteligente como para no contradecir a Nathan.
Los reyes la observaron un momento; Imre desvió la mirada rápido y se volvió hacia su hijo, con los ojos oscurecidos en desaprobación, Orlantha, por su parte, parecía mucho menos tensa que antes.
-¿Es eso por lo que te encuentras aquí? –le preguntó, casi con una sonrisa.
Arianna asintió.
-Lo único que me importa es la seguridad de la princesa.
-De acuerdo –aprobó el rey-. Bienvenida, guardiana. Lamento mucho las molestias que le causó mi hijo.
-No… no hay problema, su majestad –replicó ella.
Imre tomó la mano de su esposa y observó a su hijo.
-Llévala a sus habitaciones, después quiero que te reúnas con nosotros en el gran salón.
Orlantha parecía querer protestar, pero después de observar a su cónyuge cambió de opinión.
Nathan hizo una inclinación de cabeza hacia sus padres y le indicó a Arianna que subiera por las escaleras. La guardiana hizo una última reverencia, levantó sus pertenencias del suelo e hizo lo que el príncipe le indicaba.
-Me debes una –dijo Nathan, una vez que llegaron a la planta alta.
Arianna apretó los labios, decida a ignorarlo; nada bueno resultaba de escuchar sus provocaciones.
Un pasillo amplio se extendía ante ella; las puertas eran todas iguales y por un momento Arianna pensó que sería difícil (los primeros días, por lo menos) encontrar su habitación. Sin embargo, mientras avanzaban distinguió un gran cambio; una puerta pintada de rosa se erguía al fondo del pasillo. No necesitaba preguntarle a Nathan para saber que ésa debía ser la habitación de la princesa. Para su sorpresa, el príncipe no se detuvo ante ella, sino que giró a la izquierda y abrió una puerta más pequeña. Lo primero que los ojos de Arianna registraron fue el fulgor de la luna plateada entrar por el ventanal. Los rayos iluminaban la cama (una bastante grande) arrastrándose por el suelo de madera hasta llegar el edredón verde. Ese lugar debía ser el triple de la sala que tenía en su casita, en la zona de clase media.
Con cuidado, dejó sus cosas en el suelo y se paseó un rato por la habitación. Unos círculos se dibujaban en el suelo, sobre una alfombra pequeña, sus colores iban en los tonos del tinto hasta terminar con un centro de un color rojo suave. Un gran armario estaba al fondo, junto al cristal de la ventana, Arianna lo abrió y el olor a sauce inundó sus pulmones.
Sintiéndose observada, la guardiana se giró, sólo para encontrar a Nathan, sonriente, recargado en el marco de la puerta con los brazos cruzados sobre el pecho.
-¿Aún sigues ahí? –cuestionó, molesta. No sabía que tenía ese príncipe que la exasperaba a tal grado, que le hacía comportarse terriblemente, a pesar de saber perfectamente que se trataba de alguien de la realeza.
-¿Cuántos años tienes? –preguntó él, a su vez, ignorando sus últimas palabras y su ceño fruncido.
Arianna se mordió el labio, le avergonzaba terriblemente contestar a eso, pues ni siquiera había cumplido los cincuenta años, de hecho, estaba algo lejos de cumplirlos… Era precisamente por su juventud por lo que todos sus compañeros habían creído que no llegaría si quiera a las finales de los exámenes, ni mucho menos que resultaría vencedora en todos ellos.
-Veinte –musitó, intentando quitarle importancia a las cejas arqueadas de él.
-¿No eres muy joven para…?
-Lo sé, lo sé –lo interrumpió, entre dientes-. Pero estoy bien calificada para el trabajo, si no las hadas mayores de la Academia no me habrían enviado.
Nathan asintió, divertido.
-Yo tengo doscientos diez.
Había algo en los genes de las hadas que las hacía tan longevas, que difícilmente, con el paso de los años, su rostro o cuerpo sufría algún cambio importante. Debido a esto (que era bastante conocido por todos los habitantes de Fatum), Arianna no se sorprendió que el príncipe apenas se viera unos años mayor que ella.
-Sólo te queda una prueba más.
Arianna frunció el ceño.
-Ni creas que voy a caer en tus juegos otra vez.
-¿Mis juegos? –el príncipe arqueó las cejas. Salieron de la habitación y se detuvieron ante la puerta color rosa.
-Sí…
Nathan negó con la cabeza.
-Yo quería decir que conocer a Giselle, es como una prueba, la peor de todas, debo decir. Te compadezco.
Arianna no tuvo tiempo de averiguar si su mirada era sincera, porque él golpeó la madera con los nudillos.
Casi al momento, la puerta se abrió y una figurita pequeña apareció. Con sus ojos avellana, inspeccionó a Arianna de pies a cabeza. Los rizos dorados de la niña caían sobre sus hombros, cubriendo parcialmente el bordado brillante sobre la tela rosa de un hermoso vestido. Debía de tener seis años, pues las hadas, durante los primeros años de vida, presentaban algunos cambios en tamaño y proporción. Su evolución terminaba iba disminuyendo hasta que se estancaba durante la veintena.
-Giselle Carrye´ll ...
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