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/*-*/La Interioridad/*-*/



/*-*/La Interioridad/*-*/


Una vez un paciente me regaló esta muestra de sabiduría popular: "Ningún viento viene bien cuando no se sabe el rumbo". Análogamente, hay quienes cualquier viento les viene bien precisamente porque no quieren o no pueden encontrar rumbo alguno. Uno de los motivos por los que no lo hacen es por la falta de interioridad.
Algunos por momentos, otros en forma permanente, perdemos el contacto con nuestra interioridad. Desconectada de su vertiente, nuestra experiencia pronto alcanza una sequía emocional y motivacional que nos lleva a necesitar buscar algo para divertirnos.
Es así como podemos necesitar buscar estímulos externos que disimulen y calmen la vacuidad interior. Pero, como esta última, amenaza volver a la primera oportunidad en que alguno de estos incentivos se termina, se comienza entonces una carrera en la cual siempre habrá que estar buscando una nueva diversión, que reemplace a la anterior.
Cuando en alguno esta trayectoria se hace habitual, entramos entonces en el terreno de la frivolidad.
La frivolidad.
Hay quienes utilizan la palabra "frivolidad", como sinónimo del inocente estar al tanto de la moda o del legítimo y coqueto cuidado de la apariencia personal. Pero un recorrido por el diccionario vuelve a darnos pié para una reflexión. Descubrimos que el término alude a "ligereza", "veleidad", "inconstancia", "insustancialidad", "intrascendencia", "futilidad", "volubilidad" y "vanidad". Sorprenden los significados de algunos de ellos:
Ligereza: que pesa poco (¡lo light!), de fácil digestión, rápido, (tanto como el vértigo en que hace falta entrar para asegurarse un estímulo tras otro que no deje resquicios para reflexiones incomodantes).
Veleidad: capricho.
Inconstancia: sin perseverancia ni firmeza de ánimo.
Insustancialidad: sin sustancia (sin esto que da permanencia en el ser, que da sabor, algo con que otra cosa se alimenta y nutre y sin la cual se acaba).
Intrascendencia: que no trasciende, no se eleva por encima de un nivel o de un límite dados. En realidad tampoco profundiza más allá de un nivel epidérmico, como veremos.
Futilidad: de poca o ninguna importancia.
Volubilidad: tendencia a ser tornadizo, cambiante, irresponsable.
Vanidad: falta de sustancia o entidad, tendencia a ser hueco, vacío, sin solidez ni meollo, inútil, infructuoso, arrogante, presuntuoso.
Podemos ahora entender la avidez del frívolo por encontrar nuevos estímulos, "resbalando" a gran velocidad sobre su realidad, evitando siempre detenerse o profundizar. Para enhebrar un estímulo tras otro, como un auto sin frenos que necesita ir evitando los callejones sin salida, muchas veces tendrá que tomar bruscos giros, mostrándose inconstante y caprichoso, necesitando asegurarse un constante aflujo de diversión.
La Diversión
La visión cultural vigente, como puede verse en la televisión y en revistas, parece tener en altísima estima "lo divertido". Quien así no lo vea, será un aguafiestas, un promotor de amargura. Se crea una falsa opción entre "lo divertido" y "lo verdadero o profundo". Sin embargo seguramente no fue un aguafiestas el Señor, cuando en las bodas de Caná garantizó la sana alegría del festejo, testimoniando como la alegría y la interioridad no tienen por qué ser contradictorias.
Es que en sus connotaciones positivas, "divertido" se relaciona con lo festivo, lo alegre, lo grato y placentero, lo que produce buen humor, lo que es animado y movido, (lo opuesto a "aburrido"), y obviamente, no hay nada de malo en todo esto.
Pero también hay otro sentido en esta palabra que proviene del latín "divertere": imponer un giro que aparta de la dirección que se llevaba para orientarla (distrayéndola) en una dirección diversa, o desviar a un sitio diverso. Incluso el uso militar de "divertir" significa llamar la atención del enemigo a varias partes, para debilitar sus fuerzas.
Es así como el sitio de donde se huye es de la interioridad y la profundidad, y adonde nuestra atención es llamada, debilitando nuestras fuerzas vitales, adonde todo se desvía es a la superficie y lo externo.
Viviendo de esta manera, es como las cuestiones epidérmicas pasan a tener la máxima importancia: la ropa y el arreglo personal (propios o ajenos), el color de piel, "el qué dirán", el formalismo y los valores de la cultura dominante, etc.
Al poder avanzar sólo horizontalmente, en superficie, el frívolo ni sueña con detenerse, echar raíces, profundizar, por lo que virtudes como la constancia, la perseverancia, la firmeza, los momentos contemplativos o de introspección, las capacidades tales como reflexionar, tener paciencia, y estados como estar a solas, en sereno silencio o en paz le son totalmente ajenos. Necesita mucho ruido, luz, color y movimiento, una numerosa y permanente compañía, muchos afectos fugaces e intensos, incontables vínculos sociales pasajeros, todo esto para que lo animen ("animar": infundir ánimo, energía, o un alma) y le aporten una ilusión de vitalidad y de plenitud de vida. De esta forma se hace lugar aquí para todos los excesos: la sensualidad vacía y aislada, la gula, la avidez material, los estímulos culturales (televisión, recitales, fiestas "rave"[1]), químicos (medicamentos, alcohol, drogas) o sexuales (masturbación, sexo comprado, pornografía), la provocación social y familiar (¿"piercing", modas punk?), las conductas adictivas (búsqueda de fama o poder, "workoholismo", tabaquismo, adicción al café o a la computadora), los comportamientos riesgosos (al volante, en los deportes extremos), los fanatismos ideológicos o religiosos y las cruzadas filantrópicas, políticas o ecológicas. No rara vez, esta vorágine buscadora de estímulo, de ánimo y de energía, termina trágicamente.
El superficial, en realidad necesita "escapar de sí mismo", de sus dolorosos sentimientos de futilidad, de su angustia, de su sentimiento de vacío, porque intuye (sin querer verla ni buscarle solución) su falta de sustancia. Sin esta, la vida es infructuosa, chata, opaca, carece de auténtico sabor (no puede "disfrutarse" -sacársele el jugo: "sabiduría" alude a la capacidad de encontrarle sabor a la vida), está privada de verdadero atractivo, de auténtico entusiasmo y de trascendencia.
Además, cualquier cosa que frene el ritmo vertiginoso (una reflexión, un comentario serio, un problema concreto, una caritativa corrección fraterna), es algo "aburrido", "mala onda", "un plomo", "un comentario amargo", "un pensamiento estructurado", "ideas autoritarias", "algo de viejos, para otro momento" (que nunca llega).
Todo esto es consecuencia de la imposibilidad que tiene el inconsistente de estar en contacto con aquello que podría alimentar su vida emocional y espiritual. Ni de querer estarlo, tampoco, porque previamente se deberían enfrentar inconsistencias y contradicciones, tomando algún partido y asumiendo los sacrificios que conllevan determinadas decisiones.
Por otro lado, tampoco se podrá vivir toda una vida escapando de sí mismo, porque más tarde o más temprano habrá momentos donde la confrontación con algo tan inevitable y definitivo como lo es la muerte, pondrá en evidencia que la búsqueda de estímulos distrayentes, (más allá de intoxicarse hasta el último estertor), no garantiza formas exitosas de fuga.
El verdadero drama en todo esto es la ironía de estar buscando en el lugar equivocado: se busca estimular la piel pero se querría encontrar el corazón. Buscando ser animado, no toma conciencia que, desde el momento mismo de su concepción, al inicio de su existencia, un alma ya le fue infundada. Esta pizca de divinidad, de infinitud, de invitación a la amistad y a la filiación divinas, comunicada personalmente por Él en cada uno, hace que no haya nadie que con justicia pueda sentirse vacío o muerto si no es únicamente porque ignora y/o vive en total desconexión con su propia interioridad. En ella, todos tenemos un centro personal donde un anhelo de verdad, de belleza, de justicia, de bien, de infinitud, nos predispone a buscar un contacto con Aquel que dejó así Su marca en Su creatura. Por eso San Agustín escribió: "Nos has hecho para Ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en Ti", (Confesiones 1,1,1).
Quien, aturdido por el ruido exterior, desoye sus exigencias más auténticas, deambula por la vida, hambriento, sin regar esta semilla ya sembrada por su Creador. Queda así despojado del regocijo de cosechar y nutrirse con los sobreabundantes frutos que le esperaban.
Aún así, la búsqueda de "diversión", puede ser reemplazada por la de "conversión" que, contrastando con la primera, (sustituyendo ahora "divertere" por "convertere"), hace referencia a hacer un giro, orientándose, dedicándose o consagrándose a una nueva dirección y un nuevo Destino.
Porque nada le falta a quien quiera pedirle a Él, la Fe necesaria para descubrir y experimentar en sí mismo, en su propia interioridad, la posibilidad de vincularse con "la fuente de la Vida" (sacramentos, oración), en compañía de otros en la misma situación (comunión eclesial).
Nada más lejos del vacío, del aburrimiento, de la apatía, de la amargura y de la desvitalización que descubrir en sí mismo la gracia de entrar en diálogo con el Señor, "el Camino, la Verdad y la Vida" (Jn 14,6), quien prometió la Vida, "y Vida en abundancia" (Jn 10,10). Nada más generador de sustancia, de felicidad. Nada más vitalizante, entusiasmante y apasionante que pasar a tener familiaridad con el "Autor de la Vida", aceptando la invitación a la filiación divina, sintiendo por ello un gusto de vida nueva, y empezando así a disfrutar el prometido "ciento por uno aquí en la tierra" (Mc 10,30). Nada más generador de obras que no solo ...


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