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La Soberanía Divina

Un sermón predicado el 4 de Mayo de 1856, En la capilla de New Park Street, Southwark, Inglaterra, P



¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? (Mateo 20:15).
El padre de familia dice: "¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?"
Y esta mañana, el Dios de cielos y tierra os hace la misma pregunta: "¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?"


No hay un atributo de Dios más consolador para sus hijos que la doctrina de la soberanía divina. Bajo las más adversas circunstancias, en los más graves contratiempos, ellos creen que esa soberanía ha ordenado sus aflicciones, que las gobierna y que las santifica. No hay otra cosa por la que los hijos de Dios deban contender más firmemente que por el dominio de su Señor sobre toda la creación, trono suyo -la realeza de Dios sobre las obras de sus mano-, y el derecho a sentarse en ese trono. Por otra parte, tampoco hay doctrina más odiada por los mundanos, ni verdad convertida en semejante pelota de fútbol, como la de la grande, maravillosa y ciertísima soberanía del infinito Jehová. Los hombres permitirán a Dios estar en cualquier sitio menos en su trono. Consentirán en hallarlo en el taller formando los mundos y haciendo las estrellas. Accederán a que esté en su casa de caridad repartiendo limosnas y otorgando mercedes. Le tolerarán mantener firme la tierra y sostener Sus pilares, o iluminar las lámparas del cielo, o gobernar al inquieto océano; pero cuando Dios sube a su trono, sus criaturas rechinan los dientes. Y cuando proclamamos un Dios entronizado y su derecho a hacer según le plazca con lo suyo, a disponer de sus criaturas como le parezca sin consultar con ellas, entonces somos silbados y despreciados, y los hombres cierran sus oídos a nuestras palabras, porque un Dios en su trono no es el Dios que ellos aman. Les agradaría contemplarle en cualquier sitio menos en su solio con su cetro en su mano y la corona en sus sienes. Pero es un Dios entronizado el que a nosotros nos gusta predicar, en quien confiamos, de quien hemos cantado y de quien hablaremos en esta plática. Sin embargo, haré hincapié solamente sobre una parte de la soberanía de Dios, y es la que toca a la distribución de sus dádivas. En este aspecto creo que, no solamente tiene derecho a hacer lo que quiera con lo suyo, sino que, en realidad, lo hace. Antes de comenzar nuestro sermón, debemos reconocer como cierto que todas las bendiciones son regalos de Dios, a los que no tenemos derecho por nuestros propios méritos; y creo que toda persona que piense un poco debe reconocerlo así.
Una vez admitido esto, nos ocuparemos en demostrar que si hace lo que quiere con lo suyo es porque tiene derecho a quedárselo todo si le place, a repartirlo si así lo prefiere, a dar a unos y a otros no, o bien a no dar a nadie o dar a todos, según parezca bien a sus ojos.

"¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?"


Dividiremos los dones de Dios en cinco clases: Temporales, salvadores, honoríficos, útiles y consoladores. De todos ellos debemos decir: "¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?"

1. Empezaremos, pues, con LOS DONES TEMPORALES. Es un hecho indiscutible que Dios, en las cosas temporales, no ha repartido a todos por igual; no todas sus criaturas han recibido la misma cantidad de ventura y posición en este mundo. Existe una desigualdad. Notadla sobre todo en los hombres, porque de ellos nos ocuparemos principalmente. Unos nacen como Saúl, que "del hombro arriba sobresalía a cualquiera del pueblo"; otros serán toda su vida como un Zaqueo, hombre de corta estatura. Unos tienen un cuerpo musculoso y son físicamente atractivos; otros son débiles y distan de tener una figura hermosa. Cuantos encontramos cuyos ojos nunca han gozado de la luz del sol; cuyos oídos jamás han escuchado el encanto de la música y cuyos labios en la vida han pronunciado palabras inteligibles o armoniosas. Id por el mundo y hallaréis hombres superiores a vosotros en vigor, salud y figura; y otros inferiores en todas estas mismas cosas. Algunos de los que están aquí son preferidos por su aspecto exterior al resto de sus semejantes, mientras que otros son dejados a un lado y no tienen nada de que puedan gloriarse en la carne. ¿Por qué ha dado Dios belleza a un hombre y a otro no? ¿A uno todos sus sentidos y a otro sólo parte de ellos? ¿Por qué ha despertado en unos el sentido del entendimiento, mientras que otros se ven obligados a tener una mente obtusa y terca? Digan lo que digan los hombres, no puede haber otra respuesta que esta: "Así, Padre, pues que así agradó en tus ojos". Los antiguos fariseos preguntaron: "Rabí, ¿quién pecó este o sus padres, para que naciese ciego?" Sabemos que no fueron los pecados de los padres ni los del hijo la causa de que éste naciera ciego, como tampoco es por eso por lo que otros han sufrido desgracias parecidas; sino porque Dios ha actuado según le ha placido en el reparto de sus beneficios terrenales, diciendo de este modo al mundo: "¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?" Notad, también, la desigualdad que existe en la distribución de los dones intelectuales. No todos los hombres son como Sócrates; hay pocos como Platón; los hombres como Bacon aparecen muy de tarde en tarde; no se da muy frecuentemente la ocasión de poder hablar con algún Isaac Newton. Algunos tienen maravillosa inteligencia con la que pueden desentrañar grandes misterios, sondear las profundidades de los océanos, medir la altura de las montañas, analizar los rayos del sol y pesar los astros. Otros no tienen sino pocos alcances. Podéis educarlos y educarlos, que nunca lograréis hacer de ellos grandes hombres. Es imposible mejorar lo que no tienen. Carecen de genio y vosotros no podéis impartírselo. Cualquiera puede ver que hay una diferencia inherente en el hombre desde su mismo nacimiento. Algunos, con poca instrucción, aventajan a aquellos que han sido concienzudamente preparados. Tomad dos muchachos, educadlos en el mismo colegio, por el mismo maestro; los dos se aplicarán en sus estudios con la misma diligencia, pero uno de ellos dejará rezagado a su compañero. ¿Por qué es esto? Porque Dios hace sentir su soberanía tanto sobre la inteligencia como sobre el cuerpo. Él no nos ha hecho a todos iguales; sino que ha dado variedad a sus dones. Un hombre es elocuente como Whitefleld, y otro tartamudea aunque sólo tenga que hablar tres palabras en su propia lengua. ¿Qué es lo que establece estas marcadas diferencias entre hombre y hombre? Tenemos que responder que debemos atribuirlo todo a la soberanía de Dios, quien hace lo que quiere con lo suyo. Reparad de nuevo en las diferentes condiciones de los hombres en el mundo. De vez en cuando han surgido preclaras inteligencias entre hombres cuyos miembros han arrastrado las cadenas de la esclavitud y cuyas espaldas han sido ofrecidas al látigo; hombres de piel negra, pero de entendimiento inmensamente superior al de sus brutales amos. También en Inglaterra es frecuente encontrar a sabios que viven en la pobreza, y ricos no pocas veces ignorantes y vanos. Unos vienen a este mundo para ser ataviados con la púrpura imperial, otros no llevaran más que sus humildes ropas de campesino. Unos tienen un palacio para morar y colchón de plumas para descansar, mientras otros no tienen sino un duro catre y nunca les cobijará más suntuoso techo que el de paja de su cabaña. Si de nuevo preguntásemos la razón de todo esto, la respuesta seguiría siendo la misma: "Así, Padre, pues que así agradó en tus ojos". A vuestro paso por la vida podréis observar de otras muchas maneras la manifestación de la soberanía de Dios. Da a algunos hombres una salud recia durante toda su vida, de forma que apenas saben lo que es una indisposición; mientras que otros se arrastran vacilantes por el mundo esperando encontrar la tumba abierta a cada paso, viviendo miles de miles de muertes al temer constantemente a una. Hay personas, como Moisés, que aun en los últimos días de una vida extraordinariamente larga tienen una vista aguda y que, aunque tengan el cabello blanco, se mantienen firmes sobre sus pies, como cuando eran jóvenes. Nuevamente preguntamos: ¿cuál es la causa de esta diferencia? Y otra vez aparece la única respuesta adecuada: La soberanía de Jehová. Encontraréis también que, mientras a unos se les quita la vida prematuramente -en la flor de su vida-, a otros les es dado llegar más allá de setenta; unos parten antes de haber cubierto la primera etapa de su existencia, mientras otros prolongan sus días hasta convertirse totalmente en un estorbo. Estimo que necesariamente debemos atribuir la causa de todas estas diferencias de la vida a la soberanía de Dios. El es Rey y Soberano y, ¿no hará lo que quiera con lo suyo? Vamos a dejar este extremo de la cuestión; pero antes de hacerlo, debemos recapacitar un poco más sobre él. ¡Oh!, tú que has sido dotado de una noble figura, de un cuerpo hermoso: no te enorgullezcas de ello, porque tus dones proceden de Dios. No te gloríes, porque si lo haces, desaparecerá en un momento toda tu apostura. Las flores no presumen de su belleza ni los pájaros cantan su plumaje. Hijas, no os envanezcáis con vuestra hermosura; hijos, no seáis engreídos de vuestra gallardía. Y vosotros, ¡oh! hombres, poderosos e inteligentes, recordad que todo cuanto tenéis os ha sido concedido por un Soberano Señor: El creó, El puede destruir. No hay mucha diferencia entre la más preclara inteligencia y el idiota más desvalido: las mentes penetrantes rayan en la locura. Vuestros cerebros pueden ser trastornados en cualquier momento, y en adelante estar condenados a vivir en la demencia. No os jactéis de vuestro saber, porque aun el más pequeño conocimiento que poseéis os ha sido dado. Por lo tanto, yo os digo, no os enaltezcáis sobremanera, sino emplead para Su gloria los dones que Dios os ha dado, porque son dádivas reales que no podéis rechazar. Si el Soberano Señor os ha dado un talento, y no más, no lo guardéis en vuestra faltriquera, sino haced buen uso de él y quizá os será aumentado. Bendecid a Dios porque tenéis más que algunos, y dadle gracias, también, porque os ha dado menos que a otros, porque así no es tanto lo que ...


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