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:::FIEL LECTORA:::

El relato gira en torno a Lucy (a quien llamaremos de ese modo para proteger su identidad), una chica linda que conocí desde la infancia. Siempre la vi como una gran amiga, como una compañera y nada más. Nunca pasó nada entre nosotros debido a que éramos muy pequeños y todavía ninguno de los dos se había iniciado en el maravilloso mundo del placer. Crecimos casi juntos, compartiendo momentos lindos y divirtiéndonos como siempre. Pero muy pronto la infancia fue quedando atrás. Ambos comenzamos a crecer, y aunque nos seguíamos llevando igual, la situación comenzaba a ser diferente. Con el paso de los años ingresamos los dos a la preparatoria, pero para mala suerte mía estábamos en escuelas diferentes, por lo que dejé de verla frecuentemente, aunque no desperdiciaba la oportunidad de hacerlo. Siempre estuvimos en contacto, éramos buenos amigos y más de una vez salió a la plática el tema del sexo, pero como algo normal y común. Un día que fui a verla me percaté de que ya no era una niña, había crecido, y en verdad que había crecido bastante. A pesar de su corta edad tenía el cuerpo con unas curvas de mujer talladas a mano. A pesar de que me di cuenta del cambio en su cuerpo, la seguí viendo sin malicia y la trataba igual que antes, pero eso estaba a punto de cambiar.

Ya para ese entonces yo escribía con mucha frecuencia relatos eróticos, cosa que comencé a hacer desde muy chico. Escribir era y sigue siendo unos de mis mejores pasatiempos, y por eso estoy en este momento frente al ordenador escribiendo algo para ustedes. Su trato hacia mí comenzó a cambiar un día en el que ella encontró en mi mochila un relato que yo había escrito, y sin darme cuenta lo sacó y lo guardó. Al día siguiente me lo devolvió y me dijo con una sonrisa pícara que le había gustado mucho. No pude evitar sonrojarme cuando vi mi relato en sus manos, no quería que pensara que soy un pervertido, aunque ahora me doy cuenta que ya para ese tiempo ella sabía más de sexo que yo. Desde ese día su trato hac el que ella fuera la protagonista. Acepté, pues para mí era mejor eso que comprarle algo. Desde ese día comencé a escribir el más grande de mis relatos, lo puse lo más detallado que pude y traté de describir las escenas de sexo más ardientes que vinieron a mi mente. Al fin terminé mi trabajo un día antes de su cumpleaños, que por fortuna era un día sábado. Me fui a dormir, por que sabía que el día siguiente iba a ser bastante largo, pero nunca pensé que lo disfrutaría a como lo hice.

Al día siguiente me levanté muy temprano en la mañana y le hablé para felicitarla. Me dijo que sus padres le habían preparado una fiesta con sus familiares a medio día, para que en la tarde pudiera salir con sus amigos. Me puse de acuerdo con ella de ir a su casa a las 6 de la tarde. Todo el día estuve impaciente esperando la hora, me arreglé y fui a verla. Cuando llegué estaba sola, me dijo que sus padres se había ido para dejarla sola con sus amigos, los cuales no tardarían en llegar. Nos sentamos a platicar y al poco tiempo comenzaron a llegar sus amigos y amigas. No tuve ningún problema con ella debido a que ya conocía a la mayoría de ellos, por lo que no me sentía incómodo. La fiesta empezó. Rápidamente el alcohol se hizo presente en la mayoría de los invitados, sin respetar sexo o edad. Yo no probé ni una sola gota de alcohol pues quería permanecer sobrio, al menos por el momento, y noté que ella tampoco bebió nada. Cuando ya eran cerca de las diez de la noche, ella y yo éramos los únicos en aquél lugar que no estábamos bajo los efectos del licor. Me paré en la sala y miré a mi alrededor: habían unos tirados en la alfombra durmiendo, otros más viendo televisión, unas parejas metiéndose mano por todos lados e inclusive un tipo vomitando en la calle. No pude evitar reírme, cuando sentí que me abrazaron por atrás. Al principio creí que era una de las tantas borrachas de la fiesta, pero volteé a ver y era Lucy. Entonces la abracé y la apreté con fuerza. Me dio un beso en la mejilla y me dijo con una sonrisa pícara: ¿trajiste mi regalo? Sonreí y le dije que sí, que no podría haberlo olvidado. Me tomó de la mano y me llevó a su habitación, cerrando la puerta con llave apenas entramos. Saqué lo que había escrito para ella y se lo di. Lo agarró, lo hojeó un poco y me dijo: quiero pedirte una última cosa..., lo que quieras, respondí de inmediato. Hoy es tu cumpleaños así que tú eres la que manda, agregué. Quiero que...... lo leas tú. Me quedé inmóvil sin saber que responder, hasta que finalmente asentí con la cabeza. Se quitó los zapatos y se recostó sobre la cama, invitándome a hacer lo mismo. Admito que estaba bastante nervioso, nunca antes había leído un relato erótico a nadie, menos a una chica, menos a una amiga y mucho menos un relato escrito por mí mismo.

Tomé las hojas y me recosté a su lado. Me miraba fijamente, lo cual me ponía aún más nervioso. Tomé el valor necesario y comencé la lectura. Me concentré tanto en lo que estaba leyendo que por un momento me desconecté del mundo. De pronto reaccioné, hice una pausa en la lectura y me detuve. Volteé a verla y no pude creer lo que vi. Tenía los ojos cerrados, una de sus manos estaba debajo de su playera acariciándose los pechos mientras que la otra se perdía en el interior de su pantalón. Gemía y se mordía los labios rítmicamente. Si el relato que estaba mano que tenía posada en mi cuello se deslizó por mi pecho y comenzó a deshacerse uno a uno de los botones que mantenían unida mi camisa. Mi mano recorría sus pechos como si se moviese por si sola, acariciándolos y apretándolos suavemente, disfrutando de cada centímetro cúbico de su volumen. Eran dos montañas de carne perfectamente elaboradas con las dimensiones exactas que las convertían en un delicioso manjar indigno de un humano. La suavidad del algodón envidiaba la textura de su piel. En unos cuantos segundos mi torso se encontraba desnudo y mi camisa se hallaba a un lado. Nuestras bocas no se separaban un solo instante, como si una fuerza exterior las mantuviese unidas. Entonces me giró de tal forma que quedé acostado boca arriba sobre la cama y quedó encima de mí.

Mis manos se posesionaron de su cintura y descendieron hasta el comienzo de sus nalgas. Entonces dejó de besarme por un momento, abrió sus ojos marrones y me miró fijamente, hasta que finalmente dijo: hay algo que quiero preguntarte..., y antes de que yo pudiera articular palabra alguna prosiguió ¿Cómo puedes describir algo que no has visto?. no sé a que te refieres..., respondí tímidamente. Me refiero a..... que... en el relato... me describiste desnuda y... nunca me haz visto así. La verdad es que no supe que decir en ese momento, había escrito el relato pensando en ella, en cómo me la imaginaba porque en verdad nunca había visto más de lo que a veces su escote dejaba al descubierto, pero jamás imaginé que me preguntaría eso. no......... No lo se.... tartamudeé. Bueno...... pues de ahora en adelante solo vas a escribir de lo que ya has visto, y habiendo dicho esto tomó su playera con ambas manos y se deshizo de ella, quedando únicamente con el sujetador que apretaba sus pechos, dejando al descubierto su abdomen perfecto. La cosa apenas empezaba a ponerse buena, yo estaba completamente seguro que ella estaría dispuesta a todo, por lo que decidí proceder, pero muy lentamente para hacerla disfrutar de cada segundo. ¿Me ayudas con eso?, dijo dirigiendo su mirada hacia su sostén. De inmediato accedí a su solicitud y en cuestión de segundos logré deshacerme de la prenda que apretaba vigorosamente sus pechos, los cuales saltaron hacia mí agradecidos por su libertad. Aquel par de tetas estaban esculpidas a mano, con una textura suave y al mismo tiempo una firmeza que desafiaba a la misma gravedad. Mis manos los recorrían de principio a fin, apretándolos, acariciándolos, disfrutando de su textura, de su forma, de su belleza. Sus bellos pezones rozados se erguían majestuosamente; eran suaves al tacto y parecían un par de botones de algodón. No pude evitar dirigir mis labios hacia uno de ellos; jugueteaba con él con mi lengua mientras que mis manos seguían apretándolos y acariciándolos. De un pecho me dirigí al otro para repetir el procedimiento, mientras que ella jugaba con mi cabello. Hundí mi rostro en la línea que dividía esas dos montañas de carne y con mis manos apreté sus senos contra mi cara. Entonces bajé mis manos hasta su cintura y comencé a bajar lentamente sus pantalones. Entonces ella se apartó de mí, se hizo a un lado, se quitó los pantalones y de pasada también me quitó el mío. Acarició suavemente mi miembro por encima del bóxer, hasta que introdujo su mano por debajo de él y comenzó a masturbarme lentamente.

El calor de su delicada mano me hacía estremecerme con cada movimiento, era tan delicioso que no quería que dejara de hacerlo. Sin dejar lo que estaba haciendo, comenzó a besar mi abdomen y a bajar lentamente por un momento hasta que la aparté de mí, porque en verdad estuve a segundos de culminar. La recosté en la cama y me tendí sobre ella. Besé una de sus orejas y le dije suavemente: es mi turno princesa..., y antes de recibir respuesta la besé en los labios. El calor de su cuerpo debajo de mí y sus pechos desnudos apretados a mí elevaban mi deseo a la cima, estaba realmente ardiendo. A pesar del frescor de la noche, el ambiente que se respiraba en la habitación era tan cálido y la temperatura se elevaba cada vez más. Bajé por su cuello hasta llegar de nuevo a sus palpitantes pechos que subían y bajaban al ritmo de su respiración. De nuevo los besé, mordisqueé las suaves esferas de carne que los coronaban y los apreté con las manos, pero esta vez no me detendría mucho tiempo en ellos: me había fijado otro blanco. Hundí mi rostro en la línea que separaba esas dos montañas de carne y sintiendo los fuertes latidos de su corazón continué descendiendo hasta llegar a su ombligo. Muy cerca de mí se encontraba la última prenda que poseía, la cual protegía fervientemente su delicado monte de Venus. No pasé mucho tiempo en tomar aquél indefenso pedazo de tela y deslizarlo suavemente por un par de piernas blancas y firmes cual labradas en marfil. Sus muslos eran fuertes y perfectamente formados gracias al ejercicio diario, pero la piel que los cubría era tan suave que incitaba al tacto.

Finalmente me deshice de su última prenda íntima, y el embriagante olor de su sexo alteró mis sentidos. Comencé por besar sus rodillas, para subir lentamente por las columnas de sostenían su cuerpo, recorriendo cada una centímetro a centímetro, hasta que por fin llegué a su entrepierna. La ...


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