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Seducida x mi suegro

Seducida por mi suegro.


Nunca pensé que me pasaría esto, y mucho menos que lo escribiría. Pero hace apenas un par de semanas que descubrí su maravillosa página web y me siento en necesidad de devolver algo de lo que he recibido a través de ella, y tal vez también la necesidad de comunicar las experiencias que he tenido.


Empezaré diciendo que soy una chica gordita, pero me doy cuenta de algunos me consideran atractiva. Tengo 28 años, mido 1.52 y peso 67 kg. No soy bonita, pero tengo una carita simpática. Los hombres han admirado sobre todo mi boca y mis ojos café claro. Mi cabello es negro, lo uso largo un poco debajo de los hombros y lo cuido bastante. Tengo buenas piernas y bien macizas; mi colita no es precisamente mi punto fuerte, pero como tengo buena cadera (y un poquito de cintura, a pesar de mis varios kilitos de más), cuando me agacho o me pongo un pantalón o falda pegadita, mis nalguitas parecen más grandes y redonditas de lo que en realidad son. Lo más atractivo de mi cuerpo son mis grandes senos de 103 cm, con pezones grandes y oscuros que se ponen muy duros y erectos tan pronto como me excito. Para los que quieran verlos adjunto una de las fotos que me ha tomado mi marido. Es un poco calentona y me encanta, porque siempre he disfrutado muchísimo cuando su lengua acaricia mis senos. La foto ya tiene un poco de tiempo, pero no he cambiado nada desde entonces





Estoy casada desde hace un año con un hombre al que quiero muchísimo (el que me chupa los senos en la foto). Lo malo es que aunque ambos somos muy ardientes y querendones, somos aún más enojones. Tenemos un carácter muy difícil. Cuando nos enojamos hacemos y decimos cosas de las que luego nos arrepentimos y los corajes nos duran mucho tiempo... claro que las reconciliaciones son igual de apasionadas. Hacer el amor 7 u 8 veces al día no es nada excepcional para nosotros. Fue con él con quien verdaderamente empecé a disfrutar el sexo. Yo había tenido ya varios novios antes de conocerlo y me fui a la cama con algunos de ellos, pero salvo algunas ocasiones (en realidad, me bastarían los dedos de una sola mano para contarlas), nunca pude quedar a gusto con lo que sentía. Con él comencé a sentirme verdaderamente mujer y a ser consciente de mis encantos. La relación sería perfecta si no fuéramos tan enojones ni tan sentidos. Fue precisamente en uno de esos episodios de enojo muy fuerte donde empezó esto que les voy a contar. Le fui infiel a mi marido (aunque antes y sin que yo supiera él ya me había sido infiel a mí), y fue con la última persona que me hubiera imaginado: mi suegro.


Todavía me asombra cómo se dieron las cosas. Estoy segura que de no haber ocurrido la pelea que tuvimos jamás hubiera engañado a mi marido. Pero desgraciadamente encontré mensajes sospechosos en su celular. El no me dio explicaciones muy convincentes al respecto, en buena parte porque estaba bastante alterado por un incidente de su trabajo y también porque estaba extremadamente cansado por sus "actividades" de los días anteriores. Lo malo es que yo resentí mucho el tono de voz con que me contestó y acabamos gritándonos y diciéndonos cosas muy feas que no viene al caso platicar. Estuvimos casi todo el día sin hablarnos, pero teníamos cita para ir a comer con unos amigos en la tarde. Sin mucho entusiasmo y dirigiéndonos apenas la palabra acudimos a la cita, pero a última hora ellos cancelaron. Salimos del restaurante e íbamos caminando con intenciones de tomar un taxi e irnos a nuestra casa, pero la tarde estaba fresca y preciosa, y yo sentí muchos deseos de caminar un rato. Tragándome mi orgullo, le propuse a mi esposo caminar un rato por el bulevar. El casi siempre me da gusto, pero esta vez alegó que estaba muy cansado y que quería irse a dormir temprano. Esto me extrañó y me molestó bastante, porque su cansancio jamás ha sido impedimento para nada, y menos para pasear o hacer el amor conmigo. Empezamos a discutir, y la cosa hubiera ido a mayores de no ser porque en ese momento ambos sentimos una mano sobre nuestro cuello y escuchamos una voz grave y clara:


- ¿Por qué se pelean, muchachos?


Al voltear vi a mi suegro, que es un hombre alto, más o menos delgado y con cierto atractivo. El y yo no nos llevábamos muy bien hasta ese día (aunque eso iba a cambiar radicalmente en unas horas), pero lo saludé con la cortesía que correspondía. Mi esposo lo hizo muy efusivamente y se puso a platicarle la situación. Extrañamente, mi suegro se puso inmediatamente de mi lado:


- ¡Ay hijo! ¡No seas aguado, lleva a pasear a tu mujer! Si quieren, yo los acompaño un rato.


Y empezamos a caminar los tres. Al principio mi suegro caminaba al lado de mi marido y ellos platicaban, pero él traba de incluirme en la conversación y poco a poco me fui poniendo a tono con la situación. Mi marido hablaba poco y verdaderamente parecía cansado y enfurruñado. Muy poco tiempo después mi suegro y yo platicábamos animadamente, como nunca antes, y en un momento en que mi marido se detuvo a arreglarse la agujeta de su zapato, vino a quedar en medio de los dos. La plática y la caminata siguió, pero yo empecé a notar que mi suegro me veía con mucha insistencia. Aquél día llevaba un pantalón pescador negro ajustado y una blusita sin mangas. Las prendas resaltaban muy bien mis piernas, mis nalgas y mi busto, y era a esas partes de mi cuerpo precisamente a donde se dirigían sus miradas. Y yo, que ni ese día ni el anterior había recibido mi ración de "carne", me sentí bastante cachonda al darme cuenta. Y más porque recordé que mi marido me había dicho alguna vez que a él le hubiera gustado que su pene fuera del tamaño del de su padre: unos 19 cm.


La verdad es que esos pensamientos me hicieron avergonzarme un poco de mí misma, así que intenté alejarlos de mi mente. Pero yo me había ruborizado un poco, y según me dijo después mi suegro, esa fue una señal que le indicó que yo no sería indiferente a sus insinuaciones. El se había percatado perfectamente de que las cosas no iban bien entre nosotros en ese momento, y comprendió que podría ser mucho más atrevido conforme se le presentaran oportunidades.


Pronto nos sentamos a descansar un momento. Mi marido dijo que tenía ganas de un raspado, e inmediatamente lo fue a buscar. Yo y mi suegro nos quedamos un momento sentados platicando. Comentábamos que yo había empezado a hacer ejercicio y que me sentía mucho mejor que antes, e incluso que sentía mi cuerpo más firme y había empezado a bajar un poquito de peso. Mi suegro me dijo: "sí, mi hijo ya me lo había comentado. Aunque lo que él me dijo era que te estabas poniendo bien buena". Yo me sonrojé por un momento y solamente atiné a reírme y decirle: "Ay suegro, creo que su hijo le exageró". El se rió conmigo. Después se levantó y me dijo que había que ayudar a mi marido con los raspados. Yo me levanté y me sacudí la cal que había impregnado el área del trasero de mi pantalón. Mi suegro observaba atentamente la operación y me dijo:


- Pero si es cierto lo que me dijo mi hijo: te estás poniendo bien buena – y acto seguido, me dio una nalgada. Yo me sorprendí, no tanto por la nalgada, sino porque sentí que me había gustado. No pude evitar sonreírle y él lo hizo a su vez. Luego, empezó a caminar como si nada y yo me quedé un poco confundida. Llegué a pensar que todo había sido algo así como una broma o accidente, aunque pronto descubriría que no.


Nos pusimos a caminar nuevamente mientras nos comíamos los raspados. Mi marido iba despacio, como si le dolieran los pies. Mi suegro sugirió que compráramos unas sandalias en una tienda cercana y así lo hicimos, pero eso no le ayudó mucho. Yo me empecé a preocupar un poco, pero mi suegro empezó a contar chistes y esta vez hasta mi marido se rió. En una de ésas, mi suegro me abrazó y a mi marido, diciéndonos que nos quería mucho y le dio un beso en la mejilla a él, y luego me besó a mí, pero en la boca. Yo me sorprendí mucho otra vez: Me sorprendí de que mi marido no se diera cuenta de lo que hacía su padre, pero ambos reían, y yo tenía que reconocer que aquel beso me había gustado e incluso excitado. Caí en cuenta de que nada de eso era casualidad, mi suegro me mandaba señales muy claras. Y sobre todo cuando mi marido, ya muy cansado, dijo que deseaba irse a casa. Y aunque protesté débilmente, estaba dispuesta a hacerlo por él. Pero mi suegro nos propuso otra cosa.


- Parece que Doris todavía tiene ganas de pasear, hijo. Si quieren, yo la paseo y la voy a dejar a su casa en la noche.


Mi marido volteó a verme y le dijo a mi suegro.


- Sí, vayan si ella quiere. La verdad es que yo ya no aguanto mis pies.


Yo vacilé un momento. La verdad, me daba un poco de temor quedarme con mi suegro a la vista de todo lo que había pasado en ese rato. Pero otra parte de mí, muy resentida todavía con mi marido y deseosa de pasear, me impulsaba con más fuerza.


- Bueno, mi vida –dije al fin-. Si quieres vete a descansar y yo te alcanzo en la noche.


Mi marido dijo que estaba bien, me dio un beso y se despidió de su padre antes de irse en un taxi.


Así fue que me quedé sola con mi suegro. Creo que en el fondo yo esperaba que se me lanzara enseguida. Pero él, hombre paciente y experimentado, no se apresuró. En ese momento tan sólo me dijo:


- Bueno, ¿a dónde te gustaría ir, Doris?


Como estábamos muy cerca de la zona del zócalo de la ciudad, le dije que tenía ganas de ir por allí y ver los bailes regionales, si los había. A mi suegro se le iluminaron los ojos y me dijo:


- Precisamente hoy se pone un grupo muy bueno que toca diversos ritmos. Vamos.


Y fuimos. Y el grupo de verdad era tan bueno que atrajo gran cantidad de gente. Muchos bailaban. Al oir algunas piezas, empecé a moverme inconscientemente al ritmo de la música. El me propuso que bailáramos, y enseguida le respondí que sí. Me tomó de la cintura y comenzamos a bailar. Mientras bailábamos mi suegro, hábilmente, me frotaba contra su entrepierna o a veces, como al descuido, dejaba que sus manos tocaran mis caderas y mis nalgas. En un momento en que dimos una vuelta, yo quedé de espaldas a él y me apretó, con lo que mis nalgas tocaron su entrepierna, en la cual ya comenzaba a erectarse su pene. Di un respingo de sorpresa, pero también de placer. Sentir su verga endurecida y con las ganas que traía ya desde hacía rato me empezó a excitar demasiado. Tanto, que yo misma advertí que tenía la panocha mojada.


El sólo me sonrió, comportándose como si nada. Tan sólo me dijo:


Te noto un poco acalorada. ¿Te gustaría tomar una nieve por la plaza?


...
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