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La Comadre

Me tomé como una hora frente al mostrador del almacén tratando de decidirme qué cosa podría comprar para una futura bebé. Eso es tarea difícil para nosotros los hombres. Por fin me decidí por adquirir un juego completo de elementos de aseo. Era muy curioso y bonito. Tenía en un empaque toallitas, cremas, aceites etc. Lo envolvieron delicadamente en un papel de regalo con motivos de bebé y por fin me marché a casa de mi comadre Mari.

Llegué a su casa cuya puerta de acceso estaba medio abierta. La empuje y grité un buenas noches para que alguien me contestara y desde la última alcoba escuché la voz dulce de Mari invitándome a que pasara. Estaba sola, sentada en la mecedora tejiendo un par de medias rosadas para su futura hijita. Estaba tranquila, sonriente y envuelta en una bata preciosa de color blanca bastante clara que contrastaba con su piel morena. Adiviné sin quererlo sus senos hinchados ya llenitos de leche como preparándose para alimentar a la futura bebita. Mari tenía siete meses de embarazo y la última ecografía había mostrado con cierta claridad el sexo de la criatura.

Me senté al borde de la cama y le entregué el regalo que había comprado. Ella se puso muy contenta y me dio un besito y un abrazo de infinito agradecimiento. La noté algo triste a pesar de su aparente tranquilidad. Empezamos a conversar lentamente. La conversación que fue mas un monólogo suyo fue decantando un desencanto hacia la figura de mi compadre Pablo, mi mejor amigo y marido suyo a quien ella sentía distante. Y es que era lógico, pues éste estaba a 300 kilómetros de distancia en otra ciudad trabajando y solo venía los fines de semana.

La habitación pulcra y cómodo confería un clima agradable e íntimo. Estaba ya atiborrada de las cosas necesarias para la venida del nuevo ser que reposaba en el vientre de Mari. Se escuchaba el sonido del silencio, apenas quebrantado dulcemente por un tic tac de un reloj viejo colgado en la pared y al fondo se oían algunos pajaritos enjaulados piando por la caída del sol.

Mari entonces empezó a hablarme de cuanto le hacía falta la compañía de un hombre sobre todo en ese estado de preñez. Me insistía en mencionar que sentía deseos fuertes de ser acariciada, de ser deseada. Tenía hambre de sexo. Ella me tenía mucha confianza, pues no en vano éramos amigos desde hacía una década. Yo la consolaba acariciando sus cabellos y su panza para sentir los movimientos de la criatura. A veces derramaba una lágrima y yo me arrimaba a ella tratando de arrancarle su tristeza. Le decía que tuviera paciencia y le daba besitos en la mejilla húmeda de sus lágrimas.

- “¿Quieres sentir a la beba de verdad verdad?”, me preguntó
- “Claro”, le dije animado

Se alzó el faldón de su bata corta desnudando sus muslos gruesos y morenos. Me dijo que metiera la mano para posarla en su panza piel con piel. Yo sentí algo de vergüenza, pero no le vi nada de malo a la cosa. Metí mi mano y rocé sin querer las tirantas de su calzón flojo. Subí un poco más y tenté por fin la tibieza de su barriga preñada. Era suave, tersa, muy complaciente con el tacto y se la acaricié como hablándole a la criatura. La barriga se le movía cada vez que la bebita daba pataditas. Yo esparcía mi mano por toda esa barriguita desde arriba hacia abajo y mi antebrazo rozaba los muslos abiertos de Mari. Empecé a sentir morbo. Mari cerraba los ojos y me exhortaba a seguirla acariciando. Me di cuenta que ella estaba disfrutando de mis caricias con cierto hálito de lujuria. El morbo se me subió a la cabeza y de un impulso irracional mi mano subió hasta tentar su teta izquierda. Le sobé el pezón gordo y amplio y ella musitó: “sigue así por favor, no pares”. Até cabos y recordé lo mucho que minutos antes me había insistido en la necesidad de sexo que tenía después de meses sin hacer el amor. Estábamos muy excitados. Sobre todo ella.

No me contuve. La ayudé lentamente a ponerse de pie y le despojé la bata. Quedó solo en sus calzones flojos de encajes que cubrían su bajo vientre inflado. Se veía tan bonita. Su rostro pedía sexo con evidente lujuria que demostraba con gestos eróticos de su boca hecha agua. La besé. Nos besamos como lo habíamos hecho algunas veces, diez años atrás cuando yo la pretendía como novia, pero ella no me prestó atención cayendo en los encantos de los ojos verdes de mi amigo Pablo.

Después de besarnos despacio mis manos acariciaban sus mamas con mucho cuidado y me resbalé luego hasta que mi boca devoró una a una ese par de masas que emanaban ya un poco de leche. Parecía un bebé pegado en esos pezones morenos hermosos. Mari gemía agradecida. Parecía desfallecer. Le fui bajando el calzón y su escondido chocho peludo por fin saltó a mi vista. Se sentó entonces muy excitada al borde de la cama con sus pies apoyados en el suelo. Colocó una almohada en su espaldar y se reclinó un poco. Abrió las piernas como si fuera a parir y me ofreció su sexo. Yo me arrodillé en el suelo y zambullí mi boca en ese mar de pelos negros y espesos. Le mordiqué la almeja y pude hallar su clítoris estimulado. Sus efluvios eran abundantes. Cerré los ojos y me entregué a lamer y a lamer. Le chupaba su pepita y ella casi estallaba. Yo no paraba de acariciarle su panza suavemente mientras me comía su vulva porción por porción.

El sabor de su chocho era suave, rico, muy íntimo y silvestre. Me alentaba a seguir y seguir hasta embriagarme. La suavidad de las carnes de su vulva me ataba con una fijación oral fuerte. Ella estalló entonces en un orgasmo fuerte contrayendo sus gruesos muslos y aferrándose a las sábanas blancas con sus manos con fuerte desesperación. Descansé entonces unos minutos contemplándola desnuda y gozosa derramada toda sobre la cama matrimonial. La dejé disfrutar así un rato. Luego la ayudé a incorporarse tomándola de los brazos hasta que quedó otra vez sentada en la cama. Su mirada agradecida todavía brillaba de goce. Nos sonreímos y con mis ojos le hice un ademán señalándole mi sexo y ella se echó a reír.

- “¿Quieres que te la chupe, verdad?” - observó mi mirada pícara y agregó – “Tu eres ese tipo de hombres que considera que el sexo no es sexo sino hay chupaditas” - me acarició la barriga y continuó diciendo – “pero, esta bien, a mí, particularmente; me fascina mamar”


Por toda respuesta me bajé el pantalón que cayó hasta la altura de mis pantorrillas. Ella hizo el resto después de contemplar fascinada por un minuto el bulto agreste que hacía mi pene por debajo de la tela de algodón del mi calzón blanco tipo boxer corto. Le resultó muy sensual a sus ojos.

Me lo bajó con parsimonia como si desenvolviera un regalo. Y mi verga saltó gruesa, hambrienta y dura. No hizo tanta antesala y de un golpe se tragó medio palo. Chupó con disciplina y constancia. Hacía sonar sus chupadas cuando se tornaba violenta. Su boca se sentía tan suave y calienta cuando envolvía la cabeza y el tronco de mi verga que yo sentía que iba a llegarme pronto. Pero Mari sabía bien manejar los ritmos del sexo. Paraba a menudo para preguntarme bobadas: Que si me gustaba, que si la sentía suave, que sabía muy rico, que le fascinaba mi palo, que su marido no la tiene tan sabrosa y gruesa, que hacía muchos meses no mamaba una buena verga, que ahora se daba cuenta que había perdido el tiempo, que estaba muy excitada, que estaba muy agradecida con migo, que le prometiera que esa no iba a ser la última vez, que le jurara que nos haríamos el amor por siempre, etc. etc. Mamaba y mamaba, lamía, succionaba, mordisqueaba, etc. Hacía todo tipo de malabares con mi verga en su boca sacudiendo sus cabellos que se le enredaban en su rostro bello.

Luego se cansó de mamar y me dijo que ya no aguantaba más. Que la quería dentro. Se volvió a acomodar en pose de parto reclinándose en el almohadón. Se echó un poco más atrás para darme algo de espacio en donde apoyar mis rodillas. Puse mi cabecita morada justo en la entrada de su rajita y con mucho cuidado y tremenda sutileza siempre cuidándome de no apoyar mi vientre sobre su barriga preñada, fui hundiendo con suavidad mi palo. Su vagina estaba hecha un verdadero horno. El calor fue tan intenso que supe que no demoraría en llegarme si me soltaba a embestirla. La suavidad de esa chocha me embelesó tanto que empecé a gemir más fuerte que Mari. Se la metía y se la sacaba con suavidad y luego me fui acomodando a sus ansias hasta que el mete y saca se puso rítmico. Gocé infinitamente mirándola con su rostro relajado, lujurioso, su mirada clavada en la mía invitándome a seguir con los gestos sensuales de su boca rica, seguí disfrutando con la visión de sus tetas morenas, abundantes y desparramadas con pezones aumentados rodeados de las aureolas amplias y ovaladas. Seguía gozando mirando su barriga preñada y su chucha con ese triángulo negro espeso quebrantado por mi verga que salía y entraba.

No aguanté mas y casi gritando le anuncié que me corría. Ella quería mi semen en su panza redonda. Se la saqué en el último instante y derramé todo el líquido del mundo en la redondez de su panza. Nos divertimos viendo los hilillos de blanca espesura correr cuesta abajo formando meandros azarosos hacia sus tetas o hacia su vulva peluda y hacia sus costados.

Nos tomamos respiros gozosos y volvimos a vestirnos después de que ella limpiara toda evidencia de sexo reciente. Minutos después llegó su marido que venía de viaje cansado. Era viernes por demás y viajaría el lunes madrugado. Ni sospechó nunca que su esposa había satisfecho sus ansias escondidas de sexo en la preñez con el compadre de toda la vida. La visité más a menudo como tres veces por semana hasta pocos días antes del parto de una linda bebita. Pocas veces he gozado tanto haciendo el amor como cuando se lo hice a Mari en su preñez. Mi compadre Pablo no supo de lo que se perdió. Hemos seguido como siempre siendo buenos muy buenos amigos.


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