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Hola mi nombre es Jose, y tengo 18 años. Mi padre tiene 45 años, se llama Domingo y es sociólogo. Es una persona bastante esmirriada, y que siempre presume de que el no usa el físico, sino su cerebro. El hecho de creerse tan inteligente le hace bastante cabezota, y muchas veces arrogante. Mi madre Laura, de 39 años es una mujer muy bella, con carita de angel, rubia, muy blanca de piel y unos ojos verdes muy llamativos, y dicho sea de paso, también con un cuerpo angelical, de esos que sin llamar la atención excesivamente, hacen que cualquier prenda que se ponga vaya perfecta. Ella, al contrario que mi padre, es tremendamente humilde, y odia las confrontaciones, y es por eso que mi padre siempre gana las discusiones. A pesar de eso mi madre siempre le ha querido igual, y siempre ha sido una esposa y madre feliz.

Hasta ahora mi vida había sido normal pero todo cambió hace unos meses. Ocurrió un día que mi veníamos de ver una película y mientras volvíamos empezamos a tener hambre. Ya era bastante tarde, pasadas las dos de la madrugada y todos los restaurantes estaban cerrados, y por fortuna divisamos un pequeño local que aún seguía abierto. Estaba a punto de cerrar y fuimos corriendo. Al entrar a mi casi me entra una arcada. Era un local que se caía a pedazos, y la higiene no era lo más destacable. Además había un olor rancio que tumbaba, por no decir que el personal parecía de todo menos profesional. Decidimos entrar ya que teníamos mucha hambre y tampoco había nada más abierto, aunque pronto nos íbamos a dar cuenta de nuestro error.

Salió a recibirnos un camarero que era todo un personaje. La camisa por fuera, arrugada, y que no debía ser mucho más mayor que yo, y bastante delgado, casi como mi padre. Tenía cortado el pelo a lo militar, y una cara de chulito de las que más odio.

Antes de dirigirnos la mirada le echó un repaso de arriba abajo a mi madre que nos hizo sentir incómodos a los tres. Esa noche mi madre se había puesto un vestido beige de tirantes que le llegaba un palmo por encima de la rodilla, de escote recto que dejaba apreciar la perfecta redondez de sus senos sin resultar descarado, y un collar de perlas que le había regalado mi padre por su aniversario. En conjunto, mi madre denotaba mucha clase y elegancia, en contraste con la dejadez y suciedad del camarero que no se cortaba un pelo al mirarla.

-Buenas noches, señores y….señora – esto último lo dijo con un tono que hizo ruborizar a mi madre – Realmente a estas horas ya no servimos, pero por la señora haremos una excepción. Para tres, ¿no?

Antes de que dijéramos nada, el muy descarado tomó a mi madre de la mano, y apoyando su otra mano muy abajo en su espalda, nos condujo hasta nuestra mesa. Mi padre le miró con desprecio pero no dijo nada. Nos sentamos y vimos que la mesa aún no estaba ni servida.

-Enseguida les limpio la mesa – y cogiendo un trapo lleno de mierda se puso a limpiar la mesa, mientras no apartaba la mirada del escote de mi madre. Mi padre estaba observando el local en el que nos habíamos metido pero yo pude ver cómo se le caía la baba con una señora como mi madre.

En la sala había otro camarero, que tenía pinta de ser el encargado porque la camisa que llevaba era de otro color, a pesar de estar igual de sucia que la de su compañero. Era bastante alto y corpulento, con el pelo repeinado hacia atrás con 2 litros de gomina

-Lucio, para servirles. ¿Qué van a tomar? – dijo sin apartar la vista de mi madre, que con lo tímida que era ni siquiera se atrevió a levantar la mirada.

Los tres cogimos la carta y la verdad es que no había mucho que elegir, así que fuimos a por lo que menos malo parecía. Mi padre pidió un bistec con salsa barbacoa, mi madre una ensalada mixta y yo pedí unos macarrones. Tras tomar nota, se fue a la cocina, y desde la puerta gritó como un bruto lo que habíamos pedido. Lo que más me impresionó fue que desde la cocina contestó una voz ronca, grave, y con muy mala uva.

-¡Vale, coño!¡Como me vuelvas a gritar así te rajo con el cuchillo!

Mi madre agachó aún más la vista, mi padre hizo un comentario sobre el pésimo servicio de este local, y yo deseé comer rápido y salir de allí lo antes posible.

Al cabo de unos breves instantes vino el camarero con nuestros platos, y al irlos poniendo sobre la mesa se le cayó un poco de salsa de tomate sobre mi madre, justo encima de sus pechos. El muy desgraciado del camarero, ni corto ni perezoso, cogió con su dedo y tocándola con descaro, le quitó la mancha de tomate para meterse luego el dedo en la boca.

-¡Ñam, joder así si que sabe bien! Señora, eso es que está usted buenísima, jeje – dijo guiñándole un ojo. Mi madre se moría del asco por haber sido tocada así por el camarero, que encima se había metido el dedo en la boca para saborear el tomate que había caído encima de sus tetas, pero solo sonrió cortésmente, muy a su estilo, con tal de no montar movida.

Pero mi padre no se contuvo y le gritó:

-¿Pero qué coño cree que está haciendo? ¡No vuelva a ponerle un dedo encima! – gritó furioso.

-Eh, eh eh, tranquilo jefe, que lo he dicho en broma. Pues la próxima vez que se limpie ella solita – dijo ofendido.

El camarero se marchó y nos dispusimos a probar la comida pero eso era asqueroso. Mis macarrones parecían trozos de plástico. La ensalada de mamá tenía la lechuga más pocha que había visto en mi vida, y el filete de mi padre era de todo menos filete. Además la salsa barbacoa olía agria desde donde yo estaba. Mi madre se empezó a comer su ensalada haciendo estómago, pero mi padre y yo nos negamos a comer esa mierda. Mi padre llamó al encargado, que se llamaba Julián, y le dijo que nos cambiasen la comida inmediatamente. Éste llamó de nuevo a Lucio para que recogiese los platos.

-¿Pero qué le pasa a la comida?

-Pues para empezar mi salsa está agria. Y la carne está como la suela de un zapato – dijo mi padre enfadado.

-¿La salsa? ¿Pero qué tiene de malo la salsa? Tío, no sea usted tan tiquismiquis. – y metiendo un dedo en la salsa se lo llevó a la boca.

-¡He dicho que nos cambie los platos! ¡Compórtese como un camarero, maldita sea! – le instigó mi padre.

-¡Coño, y usted deje de comportarse como un gilipollas! – le contestó el otro.

Justo entonces apareció el encargado y yo creía que le iba a echar la bronca al otro, pero éste era igual de maleducado.

-A ver, señor, cálmese que él no tiene la culpa de nada. A lo mejor es que es usted un poco refinadito comiendo, ¿no? – dijo con chulería. Mi padre le iba a contestar pero antes de eso el encargado cogió los platos y dijo – Ahora se los cambiamos, no se preocupe, "señorito".

Mi padre estaba que trinaba de rabia, pero mi madre le pidió por favor que se calmase, y que comiésemos rápido y nos fuésemos de allí. Yo opiné igual y mi padre se calmó. Lo que nos volvieron a traer estaba igual de malo, así que mi padre y yo dejamos los platos de lado, y mi madre se comió lo único que se podía comer de su ensalada, un poco de atún y los espárragos. Al ver a mi madre comer los espárragos pude oír las risas de los otros camareros, haciendo comentarios salidos de tono sobre cómo mi madre se los estaba comiendo. Mi madre también debió oírlo, porque enseguida dejó de comer. Por fortuna mi padre no lo oyó. Estaba pidiendo la cuenta, y cuando nos llegó mi padre flipó. Nos habían cobrado los platos que nos habían retirado.

-Bueno, esto es vergonzoso – dijo mi padre – Yo no pago para comer en un sitio así. Vámonos.

-¿Sin pagar? – pregunté yo, totalmente de acuerdo pues estos desgraciados no se merecían un puto duro. Mi padre asintió.

-Pero Domingo, eso no está bien. ¿Y si se dan cuenta? Oye, no seas tonto cariño, simplemente paga y vámonos de aquí – le rogó mamá.

-Cuando digo que no pago, es que no pago – dijo mi padre, y levantándose nos indicó que hiciéramos lo mismo. Mi madre y yo le obedecimos y nos dirigimos hacia la salida, cuando se oyó a Lucio:

-¡Ey! ¿No van a tomar postre? Señora, quédese a tomar postre que… - y vio que no habíamos pagado - ¡Eh! Que se van sin pagar.

-Pues claro que nos vamos sin pagar. Y deberías estar contento con que no os ponga una hoja de reclamaciones – le espetó mi padre.

-¡Julián! ¡Ven, que estos señores no quieren pagar! – llamó Lucio.

Entonces apareció no sólo Julián, sino que el chef salió también de su cocina alertado por los gritos. El chef iba vestido como tal, de blanco, pero su ropa estaba llena de manchas de comida. Era un tipo gordo, muy robusto, muy alto. De una ostia podría matarme si se lo propusiera.

-¿Qué coño pasa ahora? – preguntó Julián

-Resulta que se querían ir sin pagar – le informó Lucio.

-Y no tenemos intención alguna de pagar – dijo mi padre, haciendo ademán de irse.

-Lucio, cierra la puerta – ordenó Julián al camarero de las greñas, que cerró la puerta con llave.

-De aquí no se irán sin pagar – avisó Julián.

-Cariño, ya te dije que pagases y nos fuéramos – dijo mi madre fastidiada y asustada por la súbita encerrona.

-Laura, yo no tengo que pagar por un servicio como éste – contestó mi padre enfadado por que mi madre le dijese eso.

-¿Porqué no hace caso a su esposa, nos paga y se deja de problemas?

-Oiga no se preocupe, yo les pago ahora mismo. Domingo, dame mi cartera, que ya les pago yo a estos señores – dijo mamá pidiéndole la cartera a mi padre.

-No, Laura. Si yo no les quiero pagar, no les vas a pagar tú tampoco – dijo mi padre cada vez más enfadado por la actitud de mi madre.

-Señor, la señora ha dicho que nos va a pagar, y le hemos tomado la palabra, así que mejor que le de su cartera. Nos va a tener que pagar de una forma u otra, y es mejor que lo hagamos por las buenas.

-Dame la cartera, Domingo – suplicó mi madre.

-No, de nuestros bolsillos no va a salir ni un euro para pagarles – dijo mi padre mirando desafiante al personal.

-Está bien, no se preocupe – dijo Julián – Si usted no nos paga, lo hará su esposa.

-Yo…si…de veras que les quiero pagar, pero es que el dinero lo tiene mi marido – se excusó mi madre.

-Oh, no se preocupe, una mujer como usted nos puede pagar de otras formas – y diciendo esto miró a Lucio, que se acercó por ...
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